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Clamor de Justicia

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OCLOCRACIA

1.- Anhelo de justicia y de mayor paz en el mundo. Vivir las exigencias de la justicia en nuestra vida personal y en el ámbito donde se desarrolla nuestra vida.

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa… Tú eres mi Dios y protector1, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.En gran parte de la humanidad se oye un fuerte clamor por una mayor justicia, por «una paz mejor asegurada en un ambiente de respeto mutuo entre los hombres y entre los pueblos»2. Este deseo de construir un mundo más justo en el que se respete más al hombre, que fue creado por Dios a su imagen y semejanza, es parte muy fundamental del hambre y sed de justicia3 que debe existir en el corazón cristiano. Y esta justicia comprende el no robar  a todos los demás, tal cual sucede  con las distintas modalidades de  corrupción que existen tanto en nuestro país y como  en muchos otros del  mundo,  v.g. los  negociados en  las obras públicas,  aquellas que justamente por su naturaleza y magnitud nos afectan a todos, es decir afectan al  “bien común”.

En nuestro  caso, este clamor es mucho  más potente y  dramático, porque ésta realidad de corrupción,  existe   en casi todos los niveles de la  administración  nacional es decir en casi todos los niveles de los gobiernos regionales y municipales  del  país.

Toda la predicación de Jesús es una llamada a la justicia (en su plenitud, sin reduccionismos) y a la misericordia. El mismo Señor condena a los fariseos que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones 4. Y es el Apóstol Santiago quien dirige este severo reproche a quienes se enriquecen mediante el fraude y la injusticia: vuestra riqueza está podrida (…). El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a oídos del Señor de los ejércitos 5.

La Iglesia, fiel a la enseñanza de la Sagrada Escritura, nos urge a que nos unamos a este clamor del mundo y lo convirtamos en una oración que llegue hasta nuestro Padre Dios. A la vez, nos impulsa y nos urge a vivir las exigencias de la justicia en nuestra vida personal, profesional y social, y a salir en defensa de quienes –por ser más débiles– no pueden hacer valer sus derechos. No son propias del cristiano las lamentaciones estériles. El Señor, en lugar de quejas inútiles, quiere que desagraviemos por las injusticias que cada día se cometen en el mundo, y que tratemos de remediar todas las que podamos, empezando por las que están a nuestro alcance, en el ámbito en el que se desarrolla nuestra vida: la madre de familia, en su hogar y con quienes se relaciona; el empresario, en la empresa; el catedrático, en la Universidad…

La solución para instaurar y promover la justicia a todos los niveles está en el corazón de cada hombre, donde se fraguan todas las injusticias existentes, y donde está la posibilidad de volver rectas todas las relaciones humanas.
«El hombre, negando e intentando negar a Dios, su Principio y Fin, altera profundamente su orden y equilibrio interior, el de la sociedad y también el de la creación visible. »La Escritura considera en conexión con el pecado el conjunto de calamidades que oprimen al hombre en su ser individual y social»6. Por eso no podemos olvidar los cristianos que cuando, mediante nuestro apostolado personal, acercamos a los hombres a Dios, estamos haciendo un mundo más humano y más justo. Además, nuestra fe nos urge a no eludir jamás el compromiso personal en defensa de la justicia, de modo particular en aquellas manifestaciones más relacionadas con los derechos fundamentales de la persona: el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la buena fama… «Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad»7 .

En nuestro ámbito personal, debemos preguntarnos si hacemos con perfección el trabajo por el que cobramos, si pagamos lo debido a las personas que nos prestan un servicio, si ejercitamos responsablemente los derechos y deberes que pueden influir en el modo de configurarse las instituciones en las que nos encontramos, si trabajamos aprovechando el tiempo, si defendemos la buena fama de los demás, si salimos en justa defensa de los más débiles, si acallamos las críticas difamatorias que pueden surgir a nuestro alrededor… Así amamos la justicia.

2. Los deberes profesionales son un lugar excepcional para vivir la virtud de la justicia.

El dar a cada uno lo suyo, propio de esta virtud, significa en este caso cumplir lo estipulado. El patrono, el ama de casa con el servicio, el jefe, se obligan a dar la justa retribución a las personas que trabajan a sus órdenes de acuerdo con las leyes civiles justas y con lo que dicta la recta conciencia, que irá en ocasiones más allá de las propias leyes. Por otra parte, los obreros y empleados tienen el deber grave de trabajar responsablemente, con profesionalidad, aprovechando el tiempo. La laboriosidad se presenta así como una manifestación práctica de la justicia.
El mismo principio se puede aplicar a los estudiantes. Tienen un deber grave de estudiar –es su trabajo– y han contraído una obligación de justicia con la familia y con la sociedad, que les sostiene económicamente, para que se preparen y puedan rendir unos servicios eficaces.
Los deberes profesionales son, por otra parte, el cauce más oportuno con el que ordinariamente contamos para colaborar en la resolución de los problemas sociales y para intervenir en la construcción de un mundo más justo. El cristiano, en su anhelo de construir este mundo, ha de ser ejemplar en el cumplimiento de las legítimas leyes civiles, porque si son justas son queridas por Dios y constituyen el fundamento de la misma convivencia humana. Como ciudadanos corrientes que son, han de ser ejemplares en el pago de los impuestos justos, necesarios para que la sociedad pueda llegar a donde el individuo personalmente sería ineficaz. Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor. Y lo hacen –dice el mismo Apóstol–, no solo por temor, sino también a causa de la conciencia10. Así vivieron los cristianos desde el comienzo sus obligaciones sociales, aun en medio de las persecuciones y del paganismo de los poderes públicos. «Como hemos aprendido de Él (Cristo) –escribía San Justino Mártir, a mediados del siglo II–, nosotros procuramos pagar los tributos y contribuciones, íntegros y con rapidez, a vuestros encargados»11 . Entre los deberes sociales del cristiano, el Concilio Vaticano II recuerda «el derecho y al mismo tiempo el deber (…) de votar para promover el bien común»12. Desentenderse de manifestar la propia opinión en los distintos niveles en los que debemos ejercer estos derechos sociales y cívicos sería una falta contra la justicia, en algunas ocasiones grave, si ese abstencionismo favoreciera candidaturas (ya sea en la configuración de los parlamentos, en la junta de padres de un colegio, en la directiva de un colegio profesional, en los representantes de la empresa…) cuyo ideario es opuesto a los principios de la doctrina cristiana. Con mayor razón, sería una irresponsabilidad, y quizá una grave falta contra la justicia, apoyar organizaciones o personas –del modo que sea– que no respeten en su actuación los fundamentos de la ley natural y de la dignidad humana (aborto, divorcio, libertad de enseñanza, respeto a la familia…).

3. El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, no puede adherirse, sin contradecirse a sí mismo, a sistemas ideológicos que se oponen a su fe y a su concepción del hombre.

No es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera como esa ideología entiende la libertad individual de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales, y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social»13 . Hoy nos unimos a ese deseo de una mayor justicia, que es una de las principales características de nuestro tiempo14.
Pedimos al Señor una mayor justicia y una mayor paz, pedimos por los gobernantes, como siempre se hizo en la Iglesia15, para que sean promotores de justicia, de paz, de un mayor respeto por la dignidad de la persona. Nosotros, en lo que está de nuestra parte, hacemos el propósito de llevar las exigencias del Evangelio a nuestra propia vida personal, a la familia, al mundo en el que cada día nos movemos y del que participamos. Junto a lo que pertenece en sentido estricto a la virtud de la justicia, cuidaremos aquellas otras manifestaciones de virtudes naturales y sobrenaturales que la complementan y la enriquecen: la lealtad, la afabilidad, la alegría… Y, sobre todo, la fe, que nos da a conocer el verdadero valor de la persona, y la caridad, que nos lleva a comportarnos con los demás más allá de lo que pediría la estricta justicia, porque vemos en los demás hijos de Dios, al mismo Cristo que nos dice: lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis

Autor: Monseñor Francisco Fernández-Carvajal
Adaptación: Editor COEC
1 Sal 42, 1. — 2 PABLO VI, CARTA APOST. OCTOGESIMA ADVENIENS, 14-V-1971. — 3 CFR. MT 5, 6. — 4 MC 12, 40. — 5 SANT 5, 2-4. — 6 S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, INSTR. SOBRE LIBERTAD CRISTIANA Y LIBERACIÓN, 22-III-1986, N. 38. — 7 SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, AMIGOS DE DIOS, 171. — 8 IBÍDEM, 169. — 9 ROM 13, 7. — 10 CFR. ROM 13, 5. — 11 SAN JUSTINO, APOLOGÍA, 1, 7. — 12 CONC. VAT. II, CONST. GAUDIUM ET SPES, 75. — 13 PABLO VI, CARTA APOST. OCTOGESIMA ADVENIENS, 14-V-1971. — 14 CFR. S. C.r PARA LA DOCTRINA DE LA FE, LOC. CIT., 1. — 15 CFR. 1 TIM 2, 1-2. — 16 CFR. MT 25, 40.

SANTIDAD EN EL MUNDO

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 SANTIDAD

I. Llamada universal a la santidad.

Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero en el Evangelio de San Mateo nos lo dice específicamente: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos.2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos… El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle…, Cristo nos dice: Sed perfectos…, y nos da las gracias  que necesitamos para lograrlo.  «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» 4 LG39-40  « Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)» 3 No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre…, porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pidámoslo  cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes…

 II.  Ser santos allí donde nos encontramos.        

 No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el  metal es pulido  una y otra vez es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos… La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser… y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias.

Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.  No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo.                                                                Atengámonos a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

 III. Todas las circunstancias son buenas para crecer en santidad y realizar un apostolado   fecundo.

Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos…; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias… Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria… El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado. Siempre se nos ocurrirá como vencer los obstáculos y salir avante porque el amor es ingenioso. Habrá que poner más atención y empeño en la oración personal diaria, en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen…, pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Y así entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia.

En una época donde  lo inútil ocupa un gran espacio  en nuestras vidas, las  que a su vez se ven  agotadas por los imperativos de una  sociedad del rendimiento, es necesario y urgente continuar sembrando con mucha generosidad  y  constancia aunque por ahora no veamos  los frutos… solamente así habrá  más esperanza,  de que lo humano sobreviva a la devastación espiritual de un mundo tecnificado.

 Como dice el Apóstol Santiago: Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazonestened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía.  9

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; siempre será éste,  el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser…

 

 Autor : Francisco Fernández Carvajal
Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec
 
1 Mt 5, 48. — 2 Cfr Mt 7, 28. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 39. — 4 Ibídem, 40. — 5 Liturgia de las Horas, martes de la 11ª semana. Segunda Lectura. — 6 Jn 15, 2. — 7 San Pedro Damián, Cartas 8, 6. —  9 2 Tim 2, 6. — 
 

APRENDER DEL FRACASO

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equipo-de-trabajo

Me invitaron a participar y fui. Todos emprendedores digitales. Uno más exitoso que el otro. Se llenaron la boca de logros durante la hora y media que duró la reunión. Los yernos perfectos. El sueño de cualquier madre para una hija. Era como ver un perfil de Facebook o LinkedIn, pero en vivo y en directo.

Me pregunté por qué no mencionaron los fracasos, ¿acaso en todo les fue tan bien? Lo triste es que veo el mismo fenómeno en los apoderados cuando preguntan en el WhatsApp del curso por la tarea de sus hijos para evitarles cualquier problema. El mundo 2.0 nos enseña que siempre debemos mostrar nuestra mejora cara. No lo dice explícito, pero nos obliga a esconder cualquier atisbo de fracaso. Y nosotros adoptamos la cultura exitista. Nos preocupamos tanto que incluso le enseñamos a nuestros hijos que debemos hacer sus cosas antes que ellos fracasen.

Ese es el problema. ¿Cómo una persona puede aprender del otro o hacer algo mejor si NUNCA le va mal? Nosotros no cambiamos cuando todo está bien. En el mundo 2.0 la imagen –el cómo nos ven- es tan relevante que nos está robando nuestra identidad –el cómo nos vemos-. Y para mejorar no es suficiente saber cómo nos vemos. Tenemos que enfocarnos en nuestra identidad. Debemos educar para convivir con fracasos, no a esconderlos.

La tecnología nos lleva hacia esa dirección. Intenta facilitar lo que se nos hace difícil. Tiene a evitar en lo que tenemos más posibilidades de fracasar. Piense en Tinder, el sistema perfecto para conocer a alguien sin antes tener que pasar por la posibilidad que nos digan NO. Tinder elimina el sudor, el temor del invitar a salir y el posterior rechazo… es decir, el cara a cara a veces tan duro y estresante del encuentro personal. Además si la persona es rechazada, el golpe al ego es muchísimo menor que recibirlo en directo. Fue solo un mensaje. Una solicitud. Pero por otra parte si no hay rechazo, ¿cómo cambiamos?

Hay cientos de historias de personas que lograron crecer y desarrollarse solo después de un fracaso. Emprendedores que nunca hubieran logrado prosperar de no ser por las caídas anteriores. Cuando alguien fracasa se da cuenta que no siempre tiene razón, y en ese espacio de entendimiento, comienza a validar y aceptar las ideas de terceros. Y al incorporar las ideas ajenas, también crece. No es el centro del universo. Se hace humilde.

Hay muchos ejemplos en los que puede observarse un crecimiento personal tras la derrota. Pero hay uno que es universal. Épico. Es una historia bíblica. Habla sobre la formación del primer líder de una nación. Es la historia de Moisés, que increíblemente rechaza la palabra de Dios por temor al fracaso. La Biblia cuenta que Dios se le aparece a través de una zarza milagrosa, que se quemaba pero sin combustión, y le pide que rescate al pueblo judío que había sido esclavizado por el Faraón en Egipto. Moisés se niega. Él estaba seguro que no sería capaz de lograr su liberación. Estaba seguro que fracasaría. Primero le dice que no es capaz. Luego que no habla bien. Después que no le van a creer. Posteriormente que no lo van a escuchar. Finalmente le pide que mande a otro. Pero Dios en cambio, después de un proceso de “coaching divino”, termina convenciéndolo. Le asegura que él lo va a acompañar, sube su autoestima y Moisés acepta.

Va a Egipto. Se reúne con los líderes. Llegan donde el Faraón ypide que los libere. Sin embargo pasa exactamente lo que él creía que iba a suceder: fracasa. Pierde. Se transforma en un looser para los ojos ajenos. Peor aún. El Faraón no solo se niega a liberar al pueblo, sino que además los explota aún más aumentando su cuota de trabajo diario. Terrible. Cualquier persona con baja tolerancia a la frustración habría dejado todo ahí. El Salvador aparentemente era un fiasco. La única tarea que tenía no solo deja de cumplirla, sino que además la empeora. Imaginen la reunión con los líderes después de eso. Sentados todos en el Directorio, los mira a los ojos y les dice: “Señores, el Faraón no los va a liberar. Y además dijo que ahora iban a tener que trabajar más. Lo siento”.

La historia posterior es conocida. Vienen las 10 plagas. Milagros para unos, castigo divino para otros. Y efectivamente el Faraón libera a los esclavos. Lo que no es tan conocido es que luego de su fracaso, la Biblia describe a Moisés como la persona más humilde que jamás haya existido. ¿Cuál es la relación? El liderazgo bíblico no se basó en la imagen. Moisés no lideró al pueblo con cientos de miles de seguidores en Twitter. Con millones de amigos en Facebook. Mostrando el ángulo perfecto en Instagram. Los intereses más adecuados en LinkedIn. El status más conveniente en WhatsApp. Los lideró después de haber conocido el fracaso más grande que una persona puede sentir. Y eso probablemente lo llevó a salir de su mundo. A empatizar con sus seguidores. A escuchar lo que el resto tenía que decir. A ser un líder, pero poniéndose en el lugar de los demás.

Del fracaso se aprenden muchas cosas. Humildad. Empatía. Tolerancia. Aceptación. Nos hace crecer. El mundo 2.0 es increíble. Tiene un potencial asombroso. Compartir lo que uno piensa. Organizar y movilizar a miles -sino millones- de personas. Pero si lo centramos solo en imagen, en el cómo me proyecto y no cómo soy, en vez de ayudarnos a salir de nuestro mundo nos encierra aún más. Tenemos la posibilidad de crecer, no la desechemos por un par de likes, followers o views. Cultivemos nuestra identidad, la imagen puede esperar, y el fracaso no es necesariamente negativo. Eduquemos a nuestros hijos para que ellos convivan con esa posibilidad, no con la imagen perfecta. Porque si les enseñamos a basar su autoestima en lo que los demáspiensan, lo más probable es que la pierdan.

Autor: Daniel Halpern, PhD en Información  y Ciencias de la comunicación

El autor es profesor de la Facultad de Comunicaciones e investigador del ThinktankTrenDigital. Sus artículos han sido publicados en prestigiosas revistas académicas como Computers in Human Behavior y Behaviour and InformationTechnology. Junto a TrenDigital, Halpern ha sido pionero en la investigación digital en Chile estos últimos años.

 

REGALARNOS MÁS POLÍTICOS

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Nuestros Obispos católicos del Perú, suelen emitir mensajes interpretando el signo de los tiempos electorales del país. Desde que tengo uso de razón política, en esos mensajes la Iglesia ha sido insistente en orientar que el voto católico no se dirija hacia la ideología liberal, ni tampoco a los socialismos.

Pero, hay una sustancial diferencia en el mensaje episcopal para las próximas elecciones del 10 de abril. Se formula un diagnóstico sobre las deficientes y débiles bases de nuestra sociedad política.

Los Obispos advierten de la anomia social que padecemos. De la deficiencia por la que un inmenso número de peruanos no cumplen las normas sociales de convivencia: las reglas éticas, jurídicas, de urbanidad, de las costumbres, etc… Esta normatividad cuando es de eficaz acatamiento, permite vivir en paz respetando los derechos de los demás. Pero, en contraste, constatamos a diario que hay violencia en los hogares peruanos, contra los niños; así como hay una minoría audaz que decide proyectos de vida y perpetran actos públicos impúdicos por su libérrima orientación sexual; y como en la práctica se da la manipulación del inicio de la vida humana, mediante la facilitación para abortar y la abominable creación de vida humana artificial.

Sociedad en estado de descomposición, con grave pérdida de identidad. Que padece –afirman nuestros Obispos– una crisis de representación política, porque el sistema no satisface, no sirve. Es incapaz de prometer o garantizar la recuperación social para salir de la degradación moral.

Los Obispos del Perú repiten una feliz expresión del Papa Francisco: “¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” Frase que el mismo Francisco la complementa así: “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de (…) sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. (…) la caridad « (…) es (…) también (…) las relaciones sociales, económicas y políticas».

 

  Debemos suscitar la refundación republicana en el Perú, para que la política redima y transforme.

 


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Los desafíos de la Humanidad ante el siglo XXI, II Parte

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¿Cómo se presenta el siglo XXI? ¿Cómo se ve el horizonte en la Iglesia y en el mundo? ¿Cuál debe ser nuestra actitud como cristianos? 

SOLUCIONES DESDE LOS SECTORES RESPONSABLES  

1. Desde la realidad  política, económica y social:
Formar a los líderes políticos, sociales, económicos mediante congresos, cursillos, donde se expliquen los valores humanos, la doctrina social de la Iglesia.  Son ellos los que están en mejor posición para poder dar soluciones eficaces para remediar toda esta grave situación que hemos  descrito en la primera parte, en los campos que a ellos les conciernen. Para así comenzar a solucionar diversos problemas: el de las coimas, de la corrupción, de la malversación de bienes, de los hospitales para abortos; los problemas del capitalismo salvaje, del colectivismo despersonalizado, del desinterés por el pueblo. Pero mientras haya un gobernante megalómano, ambicioso, corrupto, deshonesto y aprovechado…tendremos guerras, fraudes, enjuagues, injusticias, tristezas, desesperanzas, y distintos tipos de protestas.

 

 Pero, ¿quién forma a estos líderes y dirigentes? Aquí tenemos un problema medular.  ¡Formación de dirigentes! Esta tarea de formar rectamente a los futuros dirigentes, ha de ser  uno de los deberes fundamentales del mismo Estado  y de los Gobiernos de turno.

 

También la Iglesia tiene que asumir esta tarea y muy seriamente. No puede sólo dedicarse a los pobres. Si quiere actuar de manera eficiente y eficaz, deberá formar a estos líderes que  puedan ayudar a solucionar el problema del hambre, de la vivienda, de las escuelas, de los hospitales.

 

2. Desde el ámbito educacional:
Las escuelas  y Universidades deben aspirar a la excelencia, pretender lo mejor. Así lograremos vidas ejemplares, coherentes, rotundas, llenas de sentido. Buscar siempre la verdad de todo: del mundo, de las cosas, del hombre, de lo divino. Implementar los programas de estudio, para que reciban una formación integral, completa, seria.

En tal sentido, hay una llamada muy seria  a los maestros, profesores, directores de colegios y de universidades. Tienen en sus manos el futuro del siglo XXI.

¿Qué quieren hacer con esos niños y jóvenes que pasan por sus aulas, recibiendo las herramientas con las que construirán esta  sociedad?  ¿Cómo entonces podremos hacer del  siglo XXI,  un siglo de paz, de fraternidad, de justicia y de valores? 

Comencemos por cambiar nuestras escuelas, elevarlas, llevar nuestras propuestas serias a la UNESCO y otros organismos pertinentes a los cuales tenemos derecho de  acudir en defensa de los valores de vida más preciados.
3. Desde la Familia: 
Acostumbrar a nuestros hijos a lo duro, a lo costoso. Que sepan que la vida es difícil, que hay que sacrificarse mucho. Que no todo es regalado. Darles motivaciones profundas, recias. Sentarse con ellos y “perder” un poco de tiempo para educarles, para charlar con ellos de lo que es verdaderamente la vida, el amor, la verdad, los valores humanos.

Papás, ocupémonos que en casa se respire un aire de armonía, de serenidad, de acogida, de simpatía mutua, de respeto, de sana alegría. Saber equilibrar los tiempos de trabajo y seriedad, con los de distensión y sana diversión. Equilibrar ahorro y generosidad. Y ayudar a los hijos a que vean con sus propios ojos las necesidades del prójimo para que se lancen a hacer algo por ellos. Que los papás cultiven en sus hijos la actitud de generosidad, para que al ver las necesidades del mundo y de la Iglesia se lancen a hacer algo concreto, serio y eficaz.

¡Qué hermoso sería que saliera de cada familia algún hijo o alguna hija que quiera colaborar un año o dos en los apostolados de la Iglesia, a tiempo completo, aquí o en otras partes del mundo! 

Los papás no podemos ser tan omisos  al permitir que nuestros hijos sean invadidos por esas propuestas que pretenden  justificar las uniones entre homosexuales, ahora  llamadas  “unión civil”. En este sentido los padres debemos  alertar a nuestros hijos para no dejarse influenciar por las nefastas propuestas de los movimientos homosexuales que buscan infiltrarse en la familia y cambiar los valores más preciosos bajo nuestra  custodia. Y  para colmo pretenden arrogarse la adopción de niños. Por toda esta terrible amenaza, resulta importantísimo  guiarlos a desarrollar un sentido correcto de su sexualidad.

Los papás somos los únicos responsables de sembrar en nuestros hijos los criterios católicos que les permitan enfrentar a un mundo donde se atenta contra la vida humana de los más inocentes, como son todas las propuestas abortistas. Así mismo para que sepan discernir el bien y el mal, el peligro y la tentación. Los papás debemos  educar  para que nuestros hijos no se contagien con los antivalores que saltan desde las pantallas del cine, de la televisión y desde muchas  otras fuentes de comunicación.

 

  4. Desde la Iglesia: 

La Iglesia tiene hoy en día una tarea ardua y difícil. No puede bajar la bandera ante las propuestas facilistas, relativistas, materialistas, hedonistas. Debe predicar íntegro el mensaje de Cristo sin cortapisas, sin recortes, sin glosas comodistas y acolchonadas. Pero debe predicarlo, no con tonos apocalípticos, pesimistas, amenazantes, oscurantistas, sino con la alegría y el gozo de quien predica la Buena Nueva, el Mensaje que da verdadera liberación interior. Debe predicarlo con el corazón en ascuas y con la convicción y resonancia de quien lo vive y ha hecho la experiencia del gozo de Cristo. La Iglesia no debe dar respuestas facilistas, emocionales, espectaculares, teatrales como para “ganarse adeptos”. Debe dar el mensaje íntegro de Cristo con la humildad y sencillez, pero con la convicción y pasión de la verdad.

 

 La Iglesia en el siglo XXI tiene que afrontar diversos frentes de batalla. Todos muy difíciles y hoy en día más fortalecidos que antes. No se trata de hacer una cruzada contra las sectas y otros sectores organizados sino más bien, apretar el paso en la transmisión del mensaje íntegro de Cristo, vacunando a la gente contra todas estas acechanzas, ya sea desde las homilías, ejercicios, retiros, cursos, misiones u otros medios. 

Por eso, la Iglesia debe promover mucho los diversos apostolados, donde los laicos se inserten y trabajen a fondo, para solucionar esos problemas y desafíos. Y para apoyar estos apostolados la Iglesia debe recurrir a  los medios  más eficaces para la nueva evangelización: Internet, televisión, radio, congresos, catequesis, centros de reflexión y estudio, misiones. Si en el siglo XXI la Iglesia no logra meterse a fondo en los medios de comunicación social, no será eficaz…irá a paso de tortuga. Y para esto necesita la ayuda de los profesionales, de los líderes en los campos económico y social que apoyen esta iniciativa.

La Iglesia, sí, debe ser un recinto de paz, cariño, acogida fraternal, pero también promover entre los laicos un trabajo serio, organizado y eficaz de apostolado.

Pero antes de encomendar a sus fieles a algún apostolado, la Iglesia debe formar bien a sus hombres porque hoy, más que nunca, los cristianos deben tener su fe bien asimilada, los principios morales bien definidos, porque se han levantado unas confusiones y una polvareda envolvente que pretende derribar la doctrina católica y crear en nosotros un hálito de superficialidad y ligereza, que dan mucho que pensar. Y para lograr esto, la Iglesia necesita de sacerdotes bien formados para orientar debidamente a los laicos.

Sin formación, podrá haber buena voluntad, pero no eficacia en llevar el mensaje de Cristo. Y este siglo XXI necesita ver que la Iglesia es eficaz, que no se queda en las sacristías, que se lanza a través de sus laicos a las calles, al campo político, social, económico, industrial, médico, obrero, pedagógico y otros campos fértiles para recuperar los valores que hayamos perdido.

 La Iglesia prestará mucha atención a la familia, que es la más atacada hoy día desde todos los lados. Preparará muy bien a los jóvenes, a los novios. Promoverá apostolados destinados a fomentar las convivencias de matrimonios, jornadas de reflexión con los papás.

 

Autor P. Antonio Rivero LC

Adaptado por  Editor COEC

 

Humanidades olvidadas

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Magdalena Merbilhaa: ”En el siglo XIX se creía necesario minimizar las humanidades, ya que de estas nacen la conciencia personal y la social, cosas consideradas peligrosas…”

El mundo actual pareciera solo valorar aquellas cosas que le entregan una utilidad inmediata. Teniendo en cuenta esa dinámica, ha dejado de lado todo aquello calificado como inútil y sumamente teórico, alejado de lo práctico. Es por eso que ha olvidado el valor de las humanidades y se ha enfocado en las disciplinas prácticas, que entregan beneficios inmediatos a quien participa en ellas.

Todo pareciera ser un círculo perverso, ya que un mundo sin humanidades es un mundo menos humano, menos habitable y sin duda menos feliz. Todos, por el hecho de ser seres humanos, somos humanistas. Nos han mentido al obligarnos tempranamente en el colegio a definirnos como “humanistas” o “científicos”. Fragmentar al ser humano no es una buena idea y tampoco es casual. Ya en el siglo XIX, tras las leyes de instrucción primaria obligatoria, el gobierno inglés se enfocaba en enseñar las tres R: Reading, Writing and Arithmetic (leer, escribir y aritmética). Todo el foco se ponía en la lectoescritura, ya que se quería formar gente útil, pero no pensante. Se aclaraba que era necesario minimizar las humanidades, ya que de estas nacen la conciencia personal y la social, cosas consideradas peligrosas.

Hoy, en un mundo ensimismado por medir todo, incluso lo inmedible, todo se enfoca en los resultados. Los colegios, para responder a las famosas pruebas estandarizadas, se centran, igual que ayer, en las matemáticas y lenguaje, lo medible, buscando buenos resultados. Las otras materias pasan a ser “el pariente pobre”.

Educamos ciudadanos sin conciencia, ya que no es posible enfrentar el presente, ni dimensionar el futuro, si no se conoce el pasado. La historia, la filosofía, la literatura, entre otras disciplinas, no tienen una utilidad inmediata, pero sí ayudan a quien las atesora a tomar mejores decisiones y, ciertamente, a ser más feliz. No es casual que G. K. Chesterton definiera la tradición como “la democracia de los muertos”. Es la forma de honrar, considerar y aprender de las experiencias pasadas para, exactamente, no errar.

Todo se enfoca en la utilidad, pero nos olvidamos de lo más útil, aquello que nos permite ser felices. Todos queremos ser felices, es lo que buscamos con toda el ansia y todo el ser. Y eso se logra no tan solo con los conocimientos útiles y prácticos, sino con lo que nos eleva más arriba, acercándonos a lo trascendente. La felicidad solo se encuentra en lo infinito, y a eso se llega con la razón mediante un proceso de autodeterminación que solo se logra desde el pensamiento acabado, que nace de eso que hoy se considera “inútil”.

Por Magdalena Merbilhaa

La nueva barbarie

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Sufrimos el brote de un movimiento cultural neopagano, en una civilización, como la nuestra, que ha sido cinco siglos cristiana. Esta eclosión de tendencia poscristiana se manifiesta en el rechazo a las convicciones  de nuestros padres sobre la vida, el matrimonio, la familia, la educación de los hijos, las relaciones de amistad y de amor, el trabajo y la solidaridad, el entretenimiento y la muerte. Es un suceso inverso al que se vivió en el imperio romano los primeros siglos de la cristiandad.

La “fe cansada” de la que habla Joseph Ratzinger  se resigna a perder el terreno que ha sido suyo medio milenio. No quiere defender sus creencias, porque advierte la agresividad del adversario. El cristiano no practicante pacta a favor del mal menor, día a día, hasta que a la postre lo sorprenda la derrota completa de la fe y se imponga la dictadura neopagana del relativismo.

Un fenómeno que ocupa la opinión pública con una virulencia inusitada es la estrategia para la destrucción del matrimonio como institución social, según el derecho natural. Una escalada   legal que sigue el mismo guión en todos los pueblos: 1) reconocimiento social de los sentimientos, afectos, expresiones y relaciones de homosexuales, de manera publica y publicitada; 2) legalización de la unión civil entre homosexuales; 3) consagración constitucional del matrimonio homosexual, con respaldo de viciados organismos desarraigados de extraño origen;4) permisividad legal para que los homosexuales adopten menores; 5) desprestigio del matrimonio natural, y 6) sexo libre a granel, como en los peores tiempos antes de Cristo.

Otro fenómeno similar: 1) negación de la vida humana dentro del vientre materno2) afirmación de la indignidad de la vida humana deteriorada por el paso del tiempo;3) difusión de dilemas irreales para sacrificar una vida en aparente defensa de otra; 4) introducción gradual de legitimidad de casos peculiares precisados por protocolos  ambiguos de libre interpretación;5) legalización del aborto y la eutanasia; 6) negocios lucrativos de explotación de la miseria humana, con clínicas abortistas y asesinatos de viejos enfermos.

Las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, dan paso a los “valores” de la sensualidad, el poder y el dinero. La cristiandad se despide de la  civilización  occidental, dando  paso a la cultura tiránica del pensamiento único, donde no caben la religión católica ni el derecho natural, como no sea para ridiculizarlos y desecharlos. ¡Es un dicho recurrente en la historia que las víctimas de la revoluciones son las ultimas en darse cuenta de que se les viene el huaico!

La ignorancia, la indiferencia y la ingenuidad son expresiones propias del “cansancio de la fe”.   No proselitismo. No apostolado. No defensa.  No testimonio.  No fidelidad.  Simplemente,  abdicación de la cultura y la civilización cristianas,      para dar paso a quienes vienen tocando trompetas a ídolos de barro, patrocinados por  irresponsables poderes internacionales,  que extienden sus tentáculos por el mundo.

¡Si no fuera  porque el Papa Francisco nos convoca en su última encíclica Evangelii Gaudium,  desde Roma – Ciudad Eterna – al gozo y la alegría del Evangelio!

En este debate ideológico cada ciudadano peruano debe asumir la responsabilidad de ser coherente con sus ideales; que la conducta individual y social exprese  lo que piensa, también sobre Dios.

 

Federico Prieto Celi, 10/04/14 – El Comercio (Perú)