¿Casarse? ¡La gran decisión!

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MATRIMONIO

 

La boda dura un día y el matrimonio toda la vida ¿Cual es la clave para tomar adecuadamente esta decisión fundamental en la vida?

El matrimonio visto a través de los siglos 
“En el siglo II dijeron los gnósticos: no os caséis porque la carne, que es materia, es mala. En el siglo III dijeron los maniqueos: el matrimonio es invención del demonio. En el siglo IV dijeron los priscilianistas: el matrimonio es incentivo de la concupiscencia. En el siglo V dijeron los pelagianos: el matrimonio es malo porque propaga el pecado original” (Torres, A.) Pero ya en el sexto día de la creación dijo Dios: “Procread y multiplicaos” (Gen. 1, 28), y Dios fundó el matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gen. 2, 24).

Tomó Jesús este matrimonio y, en los días de su convivencia con los hombres, lo elevó a la categoría suprema de sacramento. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC canon 1055, 1). El matrimonio es un sacramento instituido por Cristo y como tal es una llamada a vivir con El y en El. De tal forma al ser un llamado, una vocación, es la manera de llegar a El a través del esposo si se es mujer y de la esposa si se es hombre. El matrimonio es un camino cuya meta es llegar al Cielo y presentarse ante Dios siendo responsables uno de la salvación del otro.

Casarse es darse
La boda dura un día y el matrimonio toda la vida, parece que muchos ni lo piensan. Se prepara la Iglesia, el coro, las flores, el automóvil, el jardín o salón, el grupo musical, el fotógrafo, el video, el vestido, se piensa en todo y se cuida hasta el detalle más pequeño… todo debe estar listo con anterioridad para ese gran día, y vaya que lo es. Pero ¿qué pasa con los preparativos para los días, meses, años, décadas después de la boda? ¿Qué acaso los novios, futuros esposos no son realmente conscientes de que el matrimonio requiere aún mucha más preparación para hacer frente a todas las situaciones que se presentaran y que consigo lleva?

¡Cuántos jóvenes piensan al salir de la Iglesia: “En fin, ya nos hemos casado, ya conseguimos nuestro propósito, se acabó todo, ya sólo nos toca cosechar alegría!” No saben que todo empieza entonces, que no han llegado sino que parten. Ignoran que deberán casarse cada día para lograr ser “uno”. No creen que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no se ofrecen, en Dios y por Dios, un amor infinito.

¡Cuántos y cuántos problemas surgen cuando no se tiene en claro lo que es el matrimonio! Este, al igual que la vida es lucha, sacrificio, entrega. Responder al llamado del matrimonio no es nada fácil, no se trata de jugar a la casita, se trata de edificar un hogar que con el fuego del amor moldeé los corazones y la vida de los seres que lo habitan de tal manera que encuentren el camino verdadero de la felicidad. Casarse es aceptarse mutuamente, unirse a otro, en los tres planos del ser: el físico, el sensible, el espiritual; es convertir al otro en el centro de su vida y juntos convertir a Dios en el centro de su matrimonio. La palabra clave del matrimonio es “donación”, darse, entregarse por completo, sin reservas de ninguna especie. Pero para darse es preciso poseerse, poseer el propio cuerpo, el corazón y espíritu. El amor es infinito por lo que nunca acabarás de amar, ni de darte, ni de poseerte, pues la conquista del espíritu nunca termina; por tanto, nunca habrás acabado de casarte.

No es fácil conquistarse, poseerse, darse, amar… de verdad, pero al casarte tendrás junto con la persona que elegiste, toda la vida para ayudarse mutuamente a amar.

Es triste… si vemos a nuestro alrededor,  encontramos muchas parejas, muchos matrimonios y pocos amores. Como menciona Michel Quoist “Encuentras muchas parejas, que caminan – la mano en la mano- porque es fácil unir los cuerpos; encuentras menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura; encuentras muchísimas menos uniendo estrechamente lo más íntimo que en ellos hay, puesto que poquísimos casaron su alma”.

Amar es dialogar, es abrirse al otro
Y es que casar el alma es comunicarse confidencialmente, todas las ideas, reacciones, impresiones, dudas, arrepentimientos, proyectos, sueños, alegrías, desánimos… todo el mundo interior de cada uno; es ser un libro abierto para el otro: es mediante la confidencia sincera como podrán unirse: Quien permanece cerrado en sí mismo, no podrá amar.
Cuesta trabajo, sin embargo, has de entregar cuanto está en ti y no se ve desde fuera. Decidirse a amar es decidirte a romper tu autonomía individual, es aceptar la invasión de tu soledad.

¡Qué difícil! Abrir el corazón y desnudar el alma, permitir que otro descubra nuestro yo, que llegué hasta ahí donde no todo es hermoso, donde se encuentran nuestros miedos, dudas, defectos. ¡Qué difícil! Sobretodo si no nos damos cuenta de que es así donde el otro empieza a amar de verdad pues descubre, conoce y acepta al otro como ser humano y decide amarlo así como es y como puede llegar a ser.
Si quieres amar has de resignarte a tu transformación, pues el amor te da una nueva manera de ver, sentir, obrar, comprender, rogar; una manera totalmente distinta y complementaria que te enriquece y que enriquece a quien has elegido amar para la eternidad.

Cásate con toda la persona 
Es la donación cotidiana de amor la que fecunda al hombre y a la mujer, no en el plano plenamente físico sino en todos los planos. No podemos olvidar que la ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Del mismo modo, afirma Michel Quoist, tu amor debe elevarse progresivamente en calidad ya que si te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo; si te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro; pero si te casas con “un hombre” si eres mujer y con “una mujer” si eres hombre, más aún con “un hijo o hija de Dios” entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito que se coloca más allá de ellos mismos lo que permite a un hombre y a una mujer a eternizar su amor y así cada uno será apto para el amor y serán para el otro inagotables.

Casarse es un acto de voluntad
“El consentimiento matrimonial consiste en “un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”: “Yo te recibo como esposa” – “Yo te recibo como esposo”. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos “vienen a ser una sola carne” (CIC no.1627)
“El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento” (CIC no. 1628)

Si casarse y amarse es una decisión, es un acto de voluntad ¿por qué no tomar esa decisión diaria? y renovar así el compromiso de amor dado.
Amar es una aventura, quien decide y compromete en un instante todo su futuro para vivir y amar a otro ser humano por siempre ha contraído la gran tarea de amar y amar hasta que duela como afirma la Madre Teresa; no se vale “amar” mientras sienta bonito, se trata de la decisión de AMAR siempre, pase lo que pase, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Es el amor verdadero el que dará paz, alegría, tranquilidad, seguridad, confianza y felicidad verdadera. Si sientes el llamado a formar una familia con aquel o aquella a quien Dios a puesto en tu camino y con quien tu has elegido, no tengas miedo, hazlo, pero sé consciente de que es una decisión de amor para toda la vida.

 

Autor  María  del Rosario G. Prieto Eibl