Archivos de Etiquetas: mes de María

La Anunciación del Señor

Escuchar con webReader

La Anunciación del Ángel a la Virgen María

                                                                                                                                                       

Solemnidad de la Anunciación del Señor, cuando, en la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor anunció a María: Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, la Virgen, y se hizo hombre.                

La última fase de toda la apoteosis salvadora comenzó en Nazaret. Hubo intervenciones angélicas y sencillez asombrosa. Era la Virgen  la destinataria del mensaje. Todo acabó en consuelo esperanzador para la humanidad que seguía en sus despistes crónicos e incurables; se había entrado en la recta final. La iconografía de la Anunciación es, por copiosa, innumerable: Tanto pintores del Renacimiento como el veneciano Pennacchi la ponen en silla de oro y vestida de seda y brocado, dejando al pueblo en difusa lontananza. Gabriel suele aparecer con alas extendidas y también con frecuencia está presente el búcaro con azucenas, símbolo de pureza. Devotas y finas quedaron las pinturas del Giotto y Fra Angélico, de Leonardo da Vinci,  de fray Lippi, de Cosa, de Sandro Botticelli, de Ferrer Bassa, de Van Eyck,  de Matthias Grünewald, y de tantos más.     Pero probablemente sólo había gallinas picoteando al sol y gritos de chiquillos juguetones, estancia oscura o patio quizá con un brocal de pozo; quizá, ajenos a la escena, estaba un perro tumbado a la sombra o un gato disfrutaba con su aseo individual; sólo dice el texto bíblico que “el ángel entró donde ella estaba”.    Y ésta debió ser   la escena que la misma María  refiere  a  San Lucas, el evangelista,  en un en momento de intimidad.

Así fue como lo dijo Gabriel: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Aquel doncel refulgente, hecho de claridad celeste, debió conmoverla; por eso intervino “No temas, María, porque has hallado gracia ante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará por los siglos sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. La objeción la puso María con toda claridad: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” No hacía falta que se entendiera todo; sólo era precisa la disposición interior. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios”.

Luego vino la comunicación del milagro operado en la anciana y estéril Isabel que gesta en su sexto mes, porque “para Dios ninguna cosa es imposible”.

Fiesta de Jesús que se encarnó -que no es ponerse rojo, sino que tomó carne y alma de hombre-; el Verbo eterno entró en ese momento histórico y en ese lugar geográfico determinado, ocultando su inmensidad.

Fiesta de la Virgen, que fue la que dijo “Hágase en mí según tu palabra”. El “sí” de Santa María al irrepetible prodigio trascendental que depende de su aceptación, porque Dios no quiere hacerse hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.

Fiesta de los hombres por la solución del problema mayor. La humanidad, tan habituada a la larguísima serie de claudicaciones, cobardías, blasfemias, suciedad, idolatría, pecado y lodo donde se suelen revolcar los hombres, esperaba anhelante el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.

Los retazos esperanzados de los profetas en la lenta y secular espera habían dejado de ser promesa y olían ya a cumplimiento al concebir del Espíritu Santo, justo nueve meses antes de la Navidad.

¡Cómo no! Cada uno puede poner imaginación en la escena narrada y contemplarla a su gusto; así lo hicieron los artistas que las plasmaron con arte, según les pareció.

Oración a María de un hijo agradecido

Escuchar con webReader

Todavía existen quienes minusvaloran el papel y el genio de la mujer en la sociedad. Sí, desgraciadamente los hay; aun entre creyentes se dan casos. Pero no es exclusivo de varones, incluso entre las mismas mujeres se desestiman unas con otras. Y sin embargo el ser humano más perfecto, pleno de gracia y lleno de vida; la criatura más libre y liberada, la más valiente y generosa, la más noble, obediente, sencilla, serena, entera, amorosa, incansable… es precisamente una mujer.

Ahora que muchos se afanan en hacer ver la maternidad como una carga; hoy que tantos denigran la belleza del ejercer como ama de casa; en un presente en que se afrenta y minusvalora por aquí y por allá el derecho a una vida dedicada a los hijos, a la fidelidad matrimonial y a la donación magnánima en la vida consagrada; en una actualidad en que voces se desfogan contra la Iglesia, cómo no elevar la mirada a esa mujer perfecta digna de la más noble alabanza; cómo no rendirle un himno de gratitud por ser quien es.

Hay  una hermosa poesía, hecha oración del Padre José Luís Martín Descalzo. Por su belleza trascribimos algunos versos  que expresan  lo que todo buen hijo debe agradecer a la Santísima Virgen:

“Te doy gracias, María, por ser una mujer.
Gracias por haber sido mujer como mi madre
y por haberlo sido en un tiempo en el que
ser mujer era como no ser nada.
Gracias porque cuando todos te consideraban
una mujer de nada
tú fuiste todo,
todo lo que un ser humano puede ser y mucho más,
la plenitud del hombre, una vida completa.
Te doy gracias porque te atreviste a tomar
la vida con las dos manos.
Porque al llegar el ángel,
te atreviste a preferir tu misión a tu comodidad,
porque aceptaste tu misión sabiendo que era cuesta arriba,
en una cuesta arriba que acababa en un Calvario.

Gracias por ser alegre en un tiempo de tristes,
por ser valiente en un tiempo de cobardes.
Gracias por atreverte a ir embaraza hasta Belén,
gracias por dar a luz donde cualquier otra mujer
se hubiera avergonzado.

Gracias por aceptar la soledad de los años vacíos.

Gracias por seguir siendo madre y mujer en el cielo,
por no cansarte de amamantar a tus hijos de ahora.
Gracias por no haber reclamado nunca con palabras vacías
tu derecho de mujer en la Iglesia,
pero al mismo tiempo haber sido de hecho
el miembro más eminente de la Iglesia,la primera redimida,
por ser entre los hombres y mujeres todos de la tierra
la que más se ha parecido a tu Hijo,
la que más cerca ha estado y está aún de Dios”.

 

Autor: Jorge Enrique Mújica, L.C. 

Articulo adaptado de: Vocation.org/ Catholic.net