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SABER CALLAR, SABER HABLAR

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  I  El silencio de Jesús.                                                                                                                                                                                     

Durante treinta años, Jesús llevó una vida de silencio; solo María y José   conocían el misterio del Hijo de Dios.  Cuando vuelve de nuevo al pueblo donde había vivido, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de sus milagros,  pues solo habían visto en Él una vida ejemplar de trabajo.

 Durante los tres años de su ministerio público vemos cómo se recoge en el silencio de la oración, a solas con su  Padre Dios, se aparta del clamor y del fervor superficial de la multitud que pretende hacerle rey, realiza sus  milagros sin ostentación y recomienda frecuentemente a los que han sido curados que no lo publiquen…

El silencio de Jesús ante las voces de sus enemigos en la Pasión es conmovedor: Él permaneció en silencio y nada respondió1. Ante tantas acusaciones falsas aparece indefenso. Jesús calla durante el proceso ante Herodes y Pilato, y lo contemplamos en pie, sin decir palabra, ante Barrabás y delante de enemigos clamorosos, excitados, vigilantes, sirviéndose de falsos testimonios para tergiversar sus palabras. Está en pie ante el procurador. Y aunque le acusaban los príncipes de los sacerdotes, nada respondió. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo3.

El silencio de Dios ante las pasiones humanas, ante los pecados que se cometen cada día en la Humanidad, no es un silencio lleno de ira, ni despreciativo, sino rebosante de paciencia y de amor. El silencio del Calvario es el de un Dios que viene a redimir a todos los hombres con su sufrimiento indecible en la Cruz. El silencio de Jesús en el Sagrario es el del amor que espera ser correspondido, es un silencio paciente, en el que nos echa de menos si no le visitamos o lo hacemos distraídamente.

El silencio de Cristo durante su vida terrena no es en modo alguno vacío interior, sino fortaleza y plenitud. Los que se quejan continuamente de las contrariedades que padecen o de su mala suerte, quienes pregonan a los cuatro vientos sus problemas, los que no saben sufrir calladamente una injuria, quienes se sienten urgidos a dar continuamente explicaciones de lo que hacen y lo que dejan de hacer, los que necesitan exponer las razones y motivos de sus acciones, esperando con ansiedad la alabanza o la aprobación ajena…, deberían mirar a Cristo que calla. Le imitamos cuando aprendemos a llevar las cargas e incertidumbres que toda vida lleva consigo sin quejas estériles, sin hacer partícipes de ellas al mundo entero, cuando hacemos frente a los problemas personales sin descargarlos en hombros ajenos, cuando respondemos de los propios actos sin excusas ni justificaciones de ningún tipo, cuando realizamos el propio trabajo mirando la perfección de la obra y la gloria de Dios, sin buscar alabanzas…4.

Jesús callaba. Y nosotros debemos aprender a callar en muchas ocasiones. A veces, el orgullo infantil, la vanidad, hacen salir fuera lo que debió quedar en el interior del alma; palabras que nunca debieron decirse. La figura callada de Cristo será un Modelo siempre presente ante tanta palabra vacía e inútil. Su ejemplo es un motivo y un estímulo para callar a veces ante la calumnia o la murmuración. En el silencio y en la esperanza se fundará vuestra fortaleza, nos dice el Espíritu Santo, por boca del Profeta Isaías5.

II   Hablar cuando sea necesario, con caridad y fortaleza.   Huir del silencio culpable.

Pero Jesús no siempre calla. Porque existe también un silencio que puede ser colaborador de la mentira, un silencio compuesto de complicidades y de grandes o pequeñas cobardías; un silencio que a veces nace del miedo a las consecuencias, del temor a comprometerse, del amor a la comodidad, y que cierra los ojos a lo que molesta para no tener que hacerle frente: problemas que se dejan a un lado, situaciones que debieron ser resueltas en su momento porque hay muchas cosas que el paso del tiempo no arregla, correcciones fraternas que nunca se debieron dejar de hacer… dentro de la propia familia, en el trabajo, al superior o al subalterno, al amigo y a quien cuesta tratar.

La Palabra de Jesús está llena de autoridad, y también de fuerza ante la injusticia y el atropello: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócrita!, porque exprimís las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones…6. Jamás le importó ir contra corriente a la hora de proclamar la verdad.

San Juan Bautista, era voz que clama en el desierto. Y nos enseña a decir todo lo que deba ser dicho, aunque nos parezca alguna vez que es hablar en el desierto, pues el Señor no permite en ninguna ocasión que sea inútil nuestra palabra, porque es necesario hacer lo que debe hacerse, sin preocuparse excesivamente de los frutos inmediatos, ya que si cada cristiano hablara conforme a su fe, habríamos cambiado ya el mundo. No podemos callar ante infamias y crímenes como el del aborto, la degradación del matrimonio y de la familia, o ante una enseñanza que pretende arrinconar a Dios en la conciencia de los más jóvenes… No podemos callar ante ataques a la persona del Papa o a Nuestra Señora, ante las calumnias sobre instituciones de la Iglesia cuya verdad y rectitud conocemos bien de sobra… Callar cuando debemos hablar por razón de nuestro puesto en la sociedad, en la empresa o en la familia, o sencillamente por la condición de cristianos, podría ser en ocasiones colaborar con el mal, permitiendo que se piense que «el que calla, otorga». Si los católicos hablasen cuando han de hacerlo, si no contribuyeran a la difusión de la prensa o de la literatura que causan estragos en las almas, esas empresas difícilmente podrían sostenerse.

Hablar cuando debamos hacerlo. A veces, en el pequeño grupo en el que nos movemos, en la tertulia que se organiza espontáneamente a la salida de una clase, o con unos amigos o vecinos que vienen a nuestra casa a visitarnos; entre los amigos o clientes…, ante un vídeo indecente en el autobús en el que viajamos…, y desde la tribuna, si ese es nuestro lugar dentro de la sociedad. Por carta cuando sea preciso para animar con nuestro aliento o para agradecer un buen artículo aparecido en un periódico o manifestar nuestra disconformidad con una determinada línea editorial o un escrito doctrinalmente desenfocado. Y siempre con caridad, que es compatible con la fortaleza (no existe caridad sin fortaleza), con buenas maneras, disculpando la ignorancia de muchos, salvando siempre la intención, sin agresividad ni formas cerriles o inadecuadas que serían impropias de alguien que sigue de cerca a Jesucristo… Pero también con la fortaleza con que actuó el Señor.

III  Valentía y fortaleza en la vida ordinaria. Ser coherentes con nuestra fe y con la vocación recibida.

Si en los momentos en que el Bautista vio en peligro su vida hubiera callado o se hubiera mantenido al margen de los acontecimientos, no habría muerto degollado en la cárcel de Herodes. Pero Juan no era así; no era como una caña que a cualquier viento se mece. Fue coherente con su vocación y con sus principios hasta el final. Si hubiera callado, habría vivido algunos años más, pero sus discípulos no serían quienes primero siguieron a Jesús, no habría sido quien preparara y allanara el camino al Señor, como había profetizado Isaías. No habría vivido su vocación y, por tanto, no habría tenido sentido su vida.

A nosotros, muy probablemente, no nos pedirá Jesús el martirio violento, pero sí esa valentía y fortaleza en las situaciones comunes de la vida ordinaria: para cortar un mal programa de televisión, para llevar a cabo esa conversación apostólica que debemos tener y no retrasarla más… Sin quedarse en quejas ineficaces, que para nada sirven, dando doctrina positiva, soluciones…, con optimismo ante el mundo y las cosas buenas que hay en él, resaltando lo bueno: la alegría de una familia numerosa, el profundo gozo que produce realizar el bien, el amor limpio que se conserva joven viviendo santamente  la virtud de la pureza…

Existe un silencio cobarde, contra el que debemos luchar: el del que enmudece ante quien Dios ha puesto a su lado para que le ayude y le fortalezca en su caminar hacia Dios. Difícilmente podríamos ser valientes en la vida si no lo fuéramos en primer lugar con nosotros mismos, siendo sinceros con quien orienta nuestra alma.

Muchos de nuestros amigos, al ver que somos coherentes con nuestra  fe, que no la disimulamos ni escondemos en determinados ambientes, se verán arrastrados por ese testimonio sereno, de la misma manera que muchos se convertían al contemplar el martirio –testimonio de fe– de los primeros cristianos.  Pidamos  a Nuestra Señora, que nos enseñe a callar en tantas ocasiones en que debemos hacerlo, y a hablar siempre que sea necesario.

1 Mc 14, 61. — 2 San Jerónimo, Comentario sobre el Evangelio de San Marcos, in loc. — 3 Mt 27, 12-14. —  5  Is  30, 15. — 6 Mt 23, 14. — 7 Mt 14, 1-12.

Autor : Francisco Fernández Carvajal

Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec

¿Casarse? ¡La gran decisión!

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MATRIMONIO

 

La boda dura un día y el matrimonio toda la vida ¿Cual es la clave para tomar adecuadamente esta decisión fundamental en la vida?

El matrimonio visto a través de los siglos 
“En el siglo II dijeron los gnósticos: no os caséis porque la carne, que es materia, es mala. En el siglo III dijeron los maniqueos: el matrimonio es invención del demonio. En el siglo IV dijeron los priscilianistas: el matrimonio es incentivo de la concupiscencia. En el siglo V dijeron los pelagianos: el matrimonio es malo porque propaga el pecado original” (Torres, A.) Pero ya en el sexto día de la creación dijo Dios: “Procread y multiplicaos” (Gen. 1, 28), y Dios fundó el matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gen. 2, 24).

Tomó Jesús este matrimonio y, en los días de su convivencia con los hombres, lo elevó a la categoría suprema de sacramento. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC canon 1055, 1). El matrimonio es un sacramento instituido por Cristo y como tal es una llamada a vivir con El y en El. De tal forma al ser un llamado, una vocación, es la manera de llegar a El a través del esposo si se es mujer y de la esposa si se es hombre. El matrimonio es un camino cuya meta es llegar al Cielo y presentarse ante Dios siendo responsables uno de la salvación del otro.

Casarse es darse
La boda dura un día y el matrimonio toda la vida, parece que muchos ni lo piensan. Se prepara la Iglesia, el coro, las flores, el automóvil, el jardín o salón, el grupo musical, el fotógrafo, el video, el vestido, se piensa en todo y se cuida hasta el detalle más pequeño… todo debe estar listo con anterioridad para ese gran día, y vaya que lo es. Pero ¿qué pasa con los preparativos para los días, meses, años, décadas después de la boda? ¿Qué acaso los novios, futuros esposos no son realmente conscientes de que el matrimonio requiere aún mucha más preparación para hacer frente a todas las situaciones que se presentaran y que consigo lleva?

¡Cuántos jóvenes piensan al salir de la Iglesia: “En fin, ya nos hemos casado, ya conseguimos nuestro propósito, se acabó todo, ya sólo nos toca cosechar alegría!” No saben que todo empieza entonces, que no han llegado sino que parten. Ignoran que deberán casarse cada día para lograr ser “uno”. No creen que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no se ofrecen, en Dios y por Dios, un amor infinito.

¡Cuántos y cuántos problemas surgen cuando no se tiene en claro lo que es el matrimonio! Este, al igual que la vida es lucha, sacrificio, entrega. Responder al llamado del matrimonio no es nada fácil, no se trata de jugar a la casita, se trata de edificar un hogar que con el fuego del amor moldeé los corazones y la vida de los seres que lo habitan de tal manera que encuentren el camino verdadero de la felicidad. Casarse es aceptarse mutuamente, unirse a otro, en los tres planos del ser: el físico, el sensible, el espiritual; es convertir al otro en el centro de su vida y juntos convertir a Dios en el centro de su matrimonio. La palabra clave del matrimonio es “donación”, darse, entregarse por completo, sin reservas de ninguna especie. Pero para darse es preciso poseerse, poseer el propio cuerpo, el corazón y espíritu. El amor es infinito por lo que nunca acabarás de amar, ni de darte, ni de poseerte, pues la conquista del espíritu nunca termina; por tanto, nunca habrás acabado de casarte.

No es fácil conquistarse, poseerse, darse, amar… de verdad, pero al casarte tendrás junto con la persona que elegiste, toda la vida para ayudarse mutuamente a amar.

Es triste… si vemos a nuestro alrededor,  encontramos muchas parejas, muchos matrimonios y pocos amores. Como menciona Michel Quoist “Encuentras muchas parejas, que caminan – la mano en la mano- porque es fácil unir los cuerpos; encuentras menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura; encuentras muchísimas menos uniendo estrechamente lo más íntimo que en ellos hay, puesto que poquísimos casaron su alma”.

Amar es dialogar, es abrirse al otro
Y es que casar el alma es comunicarse confidencialmente, todas las ideas, reacciones, impresiones, dudas, arrepentimientos, proyectos, sueños, alegrías, desánimos… todo el mundo interior de cada uno; es ser un libro abierto para el otro: es mediante la confidencia sincera como podrán unirse: Quien permanece cerrado en sí mismo, no podrá amar.
Cuesta trabajo, sin embargo, has de entregar cuanto está en ti y no se ve desde fuera. Decidirse a amar es decidirte a romper tu autonomía individual, es aceptar la invasión de tu soledad.

¡Qué difícil! Abrir el corazón y desnudar el alma, permitir que otro descubra nuestro yo, que llegué hasta ahí donde no todo es hermoso, donde se encuentran nuestros miedos, dudas, defectos. ¡Qué difícil! Sobretodo si no nos damos cuenta de que es así donde el otro empieza a amar de verdad pues descubre, conoce y acepta al otro como ser humano y decide amarlo así como es y como puede llegar a ser.
Si quieres amar has de resignarte a tu transformación, pues el amor te da una nueva manera de ver, sentir, obrar, comprender, rogar; una manera totalmente distinta y complementaria que te enriquece y que enriquece a quien has elegido amar para la eternidad.

Cásate con toda la persona 
Es la donación cotidiana de amor la que fecunda al hombre y a la mujer, no en el plano plenamente físico sino en todos los planos. No podemos olvidar que la ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Del mismo modo, afirma Michel Quoist, tu amor debe elevarse progresivamente en calidad ya que si te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo; si te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro; pero si te casas con “un hombre” si eres mujer y con “una mujer” si eres hombre, más aún con “un hijo o hija de Dios” entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito que se coloca más allá de ellos mismos lo que permite a un hombre y a una mujer a eternizar su amor y así cada uno será apto para el amor y serán para el otro inagotables.

Casarse es un acto de voluntad
“El consentimiento matrimonial consiste en “un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”: “Yo te recibo como esposa” – “Yo te recibo como esposo”. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos “vienen a ser una sola carne” (CIC no.1627)
“El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento” (CIC no. 1628)

Si casarse y amarse es una decisión, es un acto de voluntad ¿por qué no tomar esa decisión diaria? y renovar así el compromiso de amor dado.
Amar es una aventura, quien decide y compromete en un instante todo su futuro para vivir y amar a otro ser humano por siempre ha contraído la gran tarea de amar y amar hasta que duela como afirma la Madre Teresa; no se vale “amar” mientras sienta bonito, se trata de la decisión de AMAR siempre, pase lo que pase, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Es el amor verdadero el que dará paz, alegría, tranquilidad, seguridad, confianza y felicidad verdadera. Si sientes el llamado a formar una familia con aquel o aquella a quien Dios a puesto en tu camino y con quien tu has elegido, no tengas miedo, hazlo, pero sé consciente de que es una decisión de amor para toda la vida.

 

Autor  María  del Rosario G. Prieto Eibl