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Felicidad y Etica

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“¿Y qué gano si me porto bien?” Cuando un adolescente o un joven pregunta esto, quiere que le demos un motivo para portarse bien, para vivir éticamente, para ver si realmente vale la pena no seguir sus gustos sino lo que le dicen o ya sabe   que es correcto. Cuando es un adulto quien hace esta pregunta, quizá lo hace porque los golpes de la vida le llevan a pensar que actuar honestamente no siempre produce felicidad. Incluso, porque cree que los malos, con su aparente victoria y su sonrisa de triunfo, muestran que es posible ser felices en medio del vicio y la injusticia.  Necesitamos demostrar que no hay verdadera felicidad sin vivir éticamente. Lo cual implica tres cosas. Primero, tener una idea clara de lo que es la felicidad. Segundo, comprender bien lo que es la ética. Y tercero, ver que el único camino para ser felices es vivir éticamente.

QUE ES LA FELICIDAD?

La felicidad es algo mucho más profundo y más noble que simplemente satisfacer cualquier deseo o capricho.Definir así la felicidad no evita, sin embargo, un serio problema: cualquier vida humana está continuamente sometida a imprevistos, en todos los niveles, personal y social, corporal y espiritual.Este problema nos hace mirar más allá de la muerte, y preguntarnos por lo que pueda haber detrás de la frontera. De lo contrario, tendríamos que aceptar trágicamente que muchos hombres honestos han sufrido enormes desgracias, mientras muchos malhechores presumen de aparentes “alegrías”. Y que luego, unos y otros se pierden en la nada, como si no hubiese ningún juicio que pusiese las cosas en su sitio, como si no existiese ningún Dios que llene de gozo a los buenos y que “castigue” a los criminales irredentos.No basta, desde luego, con suponer y “esperar” que exista otra vida para completar la idea de felicidad: sobre un punto tan importante hace falta la máxima certeza posible. La misma filosofía ha ofrecido buenos argumentos para mostrar que el hombre es un ser inmortal, que la muerte no absorbe a quienes llegan a la tumba.

Argumentos, hay que reconocerlo, que no todos aceptan, pero eso no les priva de validez. También hay quienes piensan que la violencia puede ser usada cuando a uno le beneficia, y no por ello la idea contraria deja de ser verdadera y defendible desde un punto de vista simplemente racional. Podríamos decir, como una primera conclusión, que la felicidad consiste en la plenitud integral del hombre. Una plenitud que le permite desarrollar armónicamente sus distintas dimensiones, sea como persona individual, sea como persona en sociedad, sea en el tiempo, sea en la eternidad. Cuando la plenitud se consigue, somos felices. En el cuerpo y en el alma, con los bienes materiales y con los amigos verdaderos, con las satisfacciones de una vida plena que pone orden a tendencias no siempre orientadas a lo bueno, y que acrecienta las potencialidades espirituales de quienes buscan lo noble, lo bello.

QUÉ ES LA  ETICA?

Si la felicidad consiste en lograr esa plenitud integral a la que todos estamos llamados, la ética no podrá ser un conjunto de normas, leyes o costumbres que nos aparten de ese objetivo, sino que tiene que orientarnos necesariamente a conseguir ésa meta tan valiosa.   Por desgracia, a lo largo de los últimos 300 años se han elaborado teorías sobre la ética que han dejado de lado un profundo y serio estudio sobre el hombre. En vez de reconocer las dimensiones fundamentales que componen la naturaleza humana, se han limitado a analizar deseos, sentimientos, estados psicológicos de las personas.

En este contexto, algunos han afirmado que es bueno aquello que nos llena de una satisfacción más o menos profunda, que es malo aquello que nos provoca inquietudes o sentimientos de fracaso. Si aceptásemos esto, habría que reconocer que hay tantas visiones éticas como ideas pasan por las cabezas y los corazones de millones de seres humanos que viven de modos muy distintos entre sí.

Otros autores, más que fijarse en el sujeto que actúa, han elaborado sus teorías éticas con la mirada puesta en la sociedad. Según estas teorías, son los demás, los otros, esa “mayoría” que aprueba o condena lo que hacemos, quienes imponen costumbres y normas, quienes dicen lo que es bueno o lo que es malo. Lo cual lleva a un sinfín de problemas, pues a lo largo de los siglos y a lo ancho del planeta, las normas han sido y son sumamente diferentes.

Para los antiguos griegos y romanos era algo aceptable el eliminar a los niños defectuosos, el hacer esclavos a los vencidos, el ver a la mujer como alguien inferior y sometido.   Para muchos modernos, el aborto es visto como un “derecho”, e incluso un deber, cuando se trata de evitar el nacimiento de hijos no deseados. Y los ejemplos se podrían multiplicar casi hasta el infinito.

Ni el subjetivismo ni el sociologismo nos llevan a comprender lo que es la ética. Entonces, ¿qué es la ética? En su definición más profunda, es una disciplina que nos ayuda a orientar nuestros actos libres en orden a conseguir, en la medida de lo posible, la realización completa de nuestra humanidad. Aunque tengamos que sacrificar algún deseo no muy loable, aunque tengamos que enfrentarnos a las ideas de los que viven a nuestro lado.

Esta definición se apoya en una antropología integral: una antropología que no deje de lado lo corpóreo, como en ciertas corrientes “angelistas”. Ni tampoco lo espiritual, como en los materialismos que han querido sofocarnos durante más de 200 años, y que no acaban de desaparecer en las cabezas de algunos pensadores que se declaran “iluminados” en medio de la oscuridad de sus dudas y sus errores…

Con las definiciones de ética y de felicidad que acabamos de esbozar en cierto modo ya estamos en vías de entrever el nexo entre ética y felicidad. Si la felicidad consiste en la plenitud del vivir humano, y si la ética nos ayuda a orientar nuestros actos hacia esa plenitud, entonces la ética nos debería llevar a ser felices. Es decir, quien vive éticamente se pone en marcha para vivir plenamente su condición humana, y en la medida en que lo logra alcanzará la deseada felicidad.

Aquí, sin embargo, hay que reconocer de nuevo que algunos obstáculos nos separan de ésa meta. De modo especial, podemos fijarnos en dos aspectos ya en parte mencionados anteriormente.

El primero consiste en la fragilidad de nuestro cuerpo. Vivimos una existencia temporal en la que la enfermedad, los imprevistos, los peligros de todos los días, ponen en juego nuestra integridad física y nuestras posibilidades de llevar a cabo aquello que desearíamos hacer.                                                                                                    En segundo lugar, constatamos la fragilidad de nuestra voluntad. Hay momentos en los que vemos con claridad que un acto nos conviene, que es bueno, que beneficia a otros. Luego, el cansancio, la pereza, el miedo al fracaso o a las críticas, nos acorralan, y no hacemos aquello que deberíamos y que nos habíamos propuesto.

Los casos son infinitos. Un señor que se había comprometido a visitar a un amigo enfermo termina la tarde en el bar junto a otros  amigos. Un joven que estudia medicina y tiene que pasar un examen vuelve a suspender porque prefirió ir a la discoteca en vez de dedicar la tarde para hacer sus deberes universitarios.                    Un político sabe que determinada decisión le quitará votos pero que ella beneficiaría al país, y al final prefiere ceder al miedo y opta por otra decisión más cómoda que le permita mantenerse en el poder aunque a la larga provocará muchos males sociales. Estos y otros miles de ejemplos muestran la debilidad que nos asalta, sea por miedo, sea por intereses turbios, sea por otros factores.

Por eso, el camino hacia la felicidad está lleno de baches, de accidentes, de fracasos. Unos, que escapan a nuestro control. Nos llegan, previstos o imprevistos, y parecen truncar proyectos profundamente acariciados. Otros, que pudimos haber evitado, y no lo hicimos porque no quisimos o no supimos vencer perezas, deseos de placer o ambiciones de poder, porque nos dejamos esclavizar por un “triunfo” aparente.                                                                                

 Quien es capaz de orientarse siempre hacia el bien, quien forma su conciencia y la sigue gustosamente, quien antepone la verdad y la justicia a cualquier interés egoísta, podrá quizá no realizar algunos de sus sueños… Pero sentirá en su corazón que, a pesar de todo, ha querido hacer el bien, y ello produce una felicidad profunda, que permite brillar en una cama de dolor, en un campo de exterminio, en una casa mientras se vive abandonado por familiares y amigos, con una luz que es propia de almas grandes.
Autor:      Padre Fernando Pascual L.C. Church Forum
Adaptado por Editor COEC
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APRENDER DEL FRACASO

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Me invitaron a participar y fui. Todos emprendedores digitales. Uno más exitoso que el otro. Se llenaron la boca de logros durante la hora y media que duró la reunión. Los yernos perfectos. El sueño de cualquier madre para una hija. Era como ver un perfil de Facebook o LinkedIn, pero en vivo y en directo.

Me pregunté por qué no mencionaron los fracasos, ¿acaso en todo les fue tan bien? Lo triste es que veo el mismo fenómeno en los apoderados cuando preguntan en el WhatsApp del curso por la tarea de sus hijos para evitarles cualquier problema. El mundo 2.0 nos enseña que siempre debemos mostrar nuestra mejora cara. No lo dice explícito, pero nos obliga a esconder cualquier atisbo de fracaso. Y nosotros adoptamos la cultura exitista. Nos preocupamos tanto que incluso le enseñamos a nuestros hijos que debemos hacer sus cosas antes que ellos fracasen.

Ese es el problema. ¿Cómo una persona puede aprender del otro o hacer algo mejor si NUNCA le va mal? Nosotros no cambiamos cuando todo está bien. En el mundo 2.0 la imagen –el cómo nos ven- es tan relevante que nos está robando nuestra identidad –el cómo nos vemos-. Y para mejorar no es suficiente saber cómo nos vemos. Tenemos que enfocarnos en nuestra identidad. Debemos educar para convivir con fracasos, no a esconderlos.

La tecnología nos lleva hacia esa dirección. Intenta facilitar lo que se nos hace difícil. Tiene a evitar en lo que tenemos más posibilidades de fracasar. Piense en Tinder, el sistema perfecto para conocer a alguien sin antes tener que pasar por la posibilidad que nos digan NO. Tinder elimina el sudor, el temor del invitar a salir y el posterior rechazo… es decir, el cara a cara a veces tan duro y estresante del encuentro personal. Además si la persona es rechazada, el golpe al ego es muchísimo menor que recibirlo en directo. Fue solo un mensaje. Una solicitud. Pero por otra parte si no hay rechazo, ¿cómo cambiamos?

Hay cientos de historias de personas que lograron crecer y desarrollarse solo después de un fracaso. Emprendedores que nunca hubieran logrado prosperar de no ser por las caídas anteriores. Cuando alguien fracasa se da cuenta que no siempre tiene razón, y en ese espacio de entendimiento, comienza a validar y aceptar las ideas de terceros. Y al incorporar las ideas ajenas, también crece. No es el centro del universo. Se hace humilde.

Hay muchos ejemplos en los que puede observarse un crecimiento personal tras la derrota. Pero hay uno que es universal. Épico. Es una historia bíblica. Habla sobre la formación del primer líder de una nación. Es la historia de Moisés, que increíblemente rechaza la palabra de Dios por temor al fracaso. La Biblia cuenta que Dios se le aparece a través de una zarza milagrosa, que se quemaba pero sin combustión, y le pide que rescate al pueblo judío que había sido esclavizado por el Faraón en Egipto. Moisés se niega. Él estaba seguro que no sería capaz de lograr su liberación. Estaba seguro que fracasaría. Primero le dice que no es capaz. Luego que no habla bien. Después que no le van a creer. Posteriormente que no lo van a escuchar. Finalmente le pide que mande a otro. Pero Dios en cambio, después de un proceso de “coaching divino”, termina convenciéndolo. Le asegura que él lo va a acompañar, sube su autoestima y Moisés acepta.

Va a Egipto. Se reúne con los líderes. Llegan donde el Faraón ypide que los libere. Sin embargo pasa exactamente lo que él creía que iba a suceder: fracasa. Pierde. Se transforma en un looser para los ojos ajenos. Peor aún. El Faraón no solo se niega a liberar al pueblo, sino que además los explota aún más aumentando su cuota de trabajo diario. Terrible. Cualquier persona con baja tolerancia a la frustración habría dejado todo ahí. El Salvador aparentemente era un fiasco. La única tarea que tenía no solo deja de cumplirla, sino que además la empeora. Imaginen la reunión con los líderes después de eso. Sentados todos en el Directorio, los mira a los ojos y les dice: “Señores, el Faraón no los va a liberar. Y además dijo que ahora iban a tener que trabajar más. Lo siento”.

La historia posterior es conocida. Vienen las 10 plagas. Milagros para unos, castigo divino para otros. Y efectivamente el Faraón libera a los esclavos. Lo que no es tan conocido es que luego de su fracaso, la Biblia describe a Moisés como la persona más humilde que jamás haya existido. ¿Cuál es la relación? El liderazgo bíblico no se basó en la imagen. Moisés no lideró al pueblo con cientos de miles de seguidores en Twitter. Con millones de amigos en Facebook. Mostrando el ángulo perfecto en Instagram. Los intereses más adecuados en LinkedIn. El status más conveniente en WhatsApp. Los lideró después de haber conocido el fracaso más grande que una persona puede sentir. Y eso probablemente lo llevó a salir de su mundo. A empatizar con sus seguidores. A escuchar lo que el resto tenía que decir. A ser un líder, pero poniéndose en el lugar de los demás.

Del fracaso se aprenden muchas cosas. Humildad. Empatía. Tolerancia. Aceptación. Nos hace crecer. El mundo 2.0 es increíble. Tiene un potencial asombroso. Compartir lo que uno piensa. Organizar y movilizar a miles -sino millones- de personas. Pero si lo centramos solo en imagen, en el cómo me proyecto y no cómo soy, en vez de ayudarnos a salir de nuestro mundo nos encierra aún más. Tenemos la posibilidad de crecer, no la desechemos por un par de likes, followers o views. Cultivemos nuestra identidad, la imagen puede esperar, y el fracaso no es necesariamente negativo. Eduquemos a nuestros hijos para que ellos convivan con esa posibilidad, no con la imagen perfecta. Porque si les enseñamos a basar su autoestima en lo que los demáspiensan, lo más probable es que la pierdan.

Autor: Daniel Halpern, PhD en Información  y Ciencias de la comunicación

El autor es profesor de la Facultad de Comunicaciones e investigador del ThinktankTrenDigital. Sus artículos han sido publicados en prestigiosas revistas académicas como Computers in Human Behavior y Behaviour and InformationTechnology. Junto a TrenDigital, Halpern ha sido pionero en la investigación digital en Chile estos últimos años.

 

Los desafíos de la Humanidad ante el siglo XXI, I Parte

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¿Cómo se presenta el siglo XXI? ¿Cómo se ve el horizonte en la Iglesia y en el mundo? ¿Cuál debe ser nuestra actitud como cristianos?

PROBLEMÁTICA

Si tuviéramos que resumir en una palabra el gran desafío que tenemos en el siglo XXI, es lo que un autor español ha llamado la cultura light, es decir  inconsistente. Desde los años ochenta en el mercado se vienen  ofreciendo una serie de productos con las aparentes  ventajas de  lo “light”: comidas sin calorías, sin grasas, aparentemente  inofensivas, neutras,  inocuas,  mientras no se midan  sus efectos secundarios.

Pero, lo  grave de todo esto es que el “producto terminado” de esta fábrica del siglo XXI  esta reconvirtiendo  al hombre, formando una cultura light: un hombre sin valores, sin sustancia, sin contenido, con escasa educación humana, entregado a la superficialidad, a la ligereza, a lo banal. Sus afirmaciones lo dicen todo: “Todo vale…qué mas da…las cosas han cambiado”.
Las conquistas técnicas y científicas -impensables hace tan sólo unos años- nos han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los avances de la ciencia en sus diversos aspectos, etc. Pero frente a todo ello, esta cultura del siglo XXI ha penetrado en nuestra sociedad con diferentes rostros, o si se quiere, sostenida sobre los  pilares que comentamos a continuación.

1. La Permisividad: lo importante es siempre hacer lo que uno quiera, en todos los campos. Todo me es permitido; basta que yo pueda hacerlo. Todo lo damos por bueno y le restamos importancia. Esta permisividad se va colando dentro de nosotros y nos pone delante de los ojos la realidad de una libertad sin cortapisas, en la que lo importante es hacer lo que te apetezca, no ir contra las inclinaciones que piden paso, ya que eso puede ser nocivo para la salud mental. Su lema es: “Esto me apetece; esto no me apetece”. Esta permisividad también se ha colado en la Iglesia, y se ha querido filtrar en el campo moral y doctrinal, donde, por ejemplo, sacerdotes niegan el infierno, dan la comunión a divorciados vueltos a casar, permiten las relaciones prematrimoniales, dicen que el autoerotismo no es pecado, sino una fase normal de la adolescencia. Por tanto, la Iglesia no está exenta de este fenómeno.

2. El Relativismo: esta corriente es un aliado del punto anterior. Nada es absoluto, todo depende en última instancia del propio punto de vista, de lo que a uno le parezca. Esto nos conduce  hacia el escepticismo, la desvalorización del conocimiento, que se torna incapaz de acceder a sus cimas más altas. Si todo es relativo, si todo es bueno y malo, si nada es definitivo, ¿qué más da? Lo importante es hacer lo que quieras, aquello que te apetezca o dicte el momento. El relativismo es ese dios moderno y poderoso que reclama un punto de vista subjetivo para todo, ya que no existe una verdad absoluta. Defiende la utilidad, lo práctico, la idea de que el fin justifica los medios. Su lema es: “Según desde el punto de vista que se mire”.

3. Un Hedonismo y sexualidad rebajada y trivializada: lo fundamental es pasarlo bien sin restricciones. El placer por el placer; disfrutar sin privarse de nada; lo importante es disfrutar, pasarlo bien y sortear cualquier sufrimiento, porque para la sociedad que ellos quieren, proponer el sufrimiento es un sinsentido, es más, es un atentado al hedonismo. Su lema es: “Disfruta al máximo”.

4. Un Consumismo galopante: hijo directo del hedonismo. Nos lleva a comprar y acumular más y más cosas. El único horizonte de éste  ideal del consumo es  la multiplicación o  continua sustitución de unos objetos por otros mejores. Este consumismo se remata en el viejo dicho de “tanto tienes, tanto vales”. Su lema es: “Compra, usa, tira”.

5. El Materialismo: el ser humano se va convirtiendo en objeto, en materia; va dejando de ser alguien para ser algo. Y ese vértigo de sensaciones placenteras tiene un tono devorador. El escritor americano Lasch, en su libro La cultura del narcisismo, lo describe así: Cuidar la salud, desprenderse de los complejos, esperar las vacaciones: vivir sin ideal y sin objetivos trascendentes”. La enfermedad de Occidente es la de la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual. Es gente  repleta de cosas, pero sin brújula, indiferente por saturación. Su lema es: “Sólo lo material es lo aferrable, lo que cuenta”.

6. Una  Religión y espiritualidad a la carta: ofrecida por las innumerables sectas que están pululando por doquier. Religión y espiritualidad que nos están conduciendo a un nuevo paganismo, con la aparición de dioses de la historia universal que conviven con otros nuevos dioses, como el sexo, el dinero, el poder y el placer. Su lema es: “Toda religión es buena”.

7. Medios de comunicación social, como fábrica de mentiras, que tergiversan la verdad, distorsionan la realidad, inculcan una cultura superficial, barata, chata, que da rienda suelta a los instintos más animales que tenemos, que destruyen los valores humanos y cristianos que nos alimentaban y formaban. Estos medios de comunicación social están promoviendo el hombre light, ese personaje sin mensaje interior. Tomen, por ejemplo, las telenovelas, las revistas del corazón. En esas parejas todo está preparado para la ruptura. Y todo es presentado con risas, sin seriedad, de manera superficial. Se presenta el modelo light sin drama.

 
II CONSECUENCIAS DE ESTA RECONVERSIÓN CULTURAL. 

Todos estos fenómenos dan como resultado una deformación de la vida, del matrimonio, del amor, de la sexualidad, de los valores humanos y cristianos, y trae  consecuencias desastrosas:

* Una ética light, inconsistente: sin peso, sin valores, donde todo es superficial, transitorio y fugaz, nada es profundo, nada es serio.

* Una vivencia Light de la religión, donde cada uno aplica a  su vida los criterios y valores  fundamentales del cristianismo como más le conviene.

* Falta de criterio moral, pues la mente no piensa ni razona; frivolidad, apatía, indiferencia, falta de ilusión en la vida, hastío, aburrimiento, depresión, pues la voluntad no reacciona, no se mueve por no tener motivos. Confusiones impresionantes, pues no se sabe discernir.

* Amor a la carta, inmadurez afectiva, pues el corazón se abandona a sus caprichos y gustos y no se apoya en la cabeza, es decir, en el criterio.

* Falta de compromisos serios, irreversibles.

* Mentalidad hipocondríaca: esa actitud ante el propio cuerpo que se manifiesta por una preocupación excesiva por la salud, lo que lleva a la observación minuciosa de cualquier molestia. Se está pendiente de cualquier manifestación física, por pequeña que sea, y pensar en lo peor.

Frente a todas estas realidades negativas, que conforman un complejo desafío, se hace necesario atender las necesidades  prioritarias:

1. Necesidad de interioridad, de espiritualidad para el alma

2. Necesidad de amor y afectividad para el corazón

3. Necesidad de principios sólidos, estables y duraderos para la mente

4. Necesidad de motivaciones convincentes para la voluntad

5. Necesidad de una justicia largamente esperada, de una política que busque el bien común, de una economía que no desvista a unos para enriquecer a unos cuantos privilegiados.

6. Necesidad de volver a sostener nuestra sociedad sobre esos valores humanos y sociales que soñaron nuestros próceres: amor a la patria, religiosidad, educación, respeto, etc.

Nota: El presente artículo continúa en el  Boletin  de Febrero 2015.

 Autor P. Antonio Rivero LC
Articulo adaptado por Editor COEC

La oclocracia

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En Octubre del año 2012, Richard Web, escribía  en El Comercio un articulo que titulaba  “¿Oclocracia a la vista?”. Hoy en día podemos ver   como ésta degeneración de la democracia ya se ha  manifestado   en  distintos ámbitos de la sociedad.

Oclocracia – palabra fea para algo feo. Es el gobierno de la muchedumbre,  la turba, la amenaza, la corrupción. Lo más feo es que se confunde fácilmente con la democracia, el gobierno de todos para el bien de todos, el más bello de los gobiernos. Los signos exteriores de una democracia pulcra – su discurso y sus formas – son el manto que se pone el lobo feroz oclocrático para confundirnos. El despotismo y la oligarquía son los enemigos tradicionales de la democracia, y de eso se aprovecha el oclócrata, quien disfraza su interés económico o político levantando la bandera de defensor contra esos enemigos más conocidos.  El camino a la oclocracia termina siendo la degeneración de la democracia.
Pero allí donde la tiranía es descaradamente abierta, casi formal, la oclocracia es hipócrita e informal, y así termina siendo el enemigo más peligroso, por lo menos en un mundo moderno donde se ha impuesto la religión única de la democracia. Nos incomoda ponerle nombre a la oclocracia, no sólo por la fealdad lingüística, sino porque es manchar la sagrada democracia. Sin embargo, para Platón sí existía la mala democracia.

Lo que distingue la democracia buena de la mala es que no pierde de vista al conjunto. Es frecuente oponer los derechos del individuo al interés de la colectividad, pero se olvida que la vida colectiva en un país es parte integral del ser humano, una forma de realizarnos como personas. La defensa a ultranza del derecho humano individual necesariamente vulnera el derecho humano colectivo.

Ciertamente, lograr un balance es un reto nada envidiable. ¿Cuándo y hasta cuánto debe respetarse al individuo en contra del interés colectivo? No obstante esa duda teórica, el país es testigo hoy de una avalancha de desacatos de las reglas colectivas, motivadas por fines personales o de grupo. Muchos son fines legítimos y respetables, como el derecho de un campesino de saber que una mina no destruirá su medio ambiente, pero el desacato diario actual ha ido más allá, volviéndose casi una práctica normal de cualquier negocio y de cualquier acto político. Los costos para la colectividad son múltiples: días de trabajo, clases no dictadas, atenciones médicas no realizadas, impuestos no cobrados, prioridades legislativas y administrativas desatendidas, además de la injusticia de una economía  que termina funcionando en función del arrebato.

El desacato se impone por actos de fuerza, pero la explicación también se encuentra en el cableado de nuestra democracia, una combinación de normas, instituciones y cultura que nos discapacita defensivamente, y deja un ancho espació para el accionar de las turbas. Lo más fácil de constatar es la indulgencia penal, producto de una combinación de normas benevolentes, y de la corrupción tanto en Poder Judicial como en el sistema penitenciario. Otro componente de ese cableado es el alto desarrollo que ha logrado el sistema institucional de protección de derechos personales, en la que  se unen instituciones públicas como la Defensoría del pueblo con ONGs y hasta con entidades fiscalizadoras extranjeras, sin que exista una contraparte  institucional dedicada a la defensa de los derechos colectivos.

Los diez errores de un gerente que quiere ser líder

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10 erroresUn gerente o jefe que quiera ser líder, siempre estará expuesto a cometer errores al momento de dirigir a los empleados y colaborar juntos para el cumplimiento de los objetivos de la empresa. El jefe no es perfecto, él también forma parte del capital humano de la empresa y con ello, los errores forman parte de su aprendizaje.

De acuerdo a los expertos, la clave para que una dirección sea exitosa no radica en que el jefe no cometa errores, sino en que sepa remediarlos.

No escuchar: Saber escuchar lo que los colaboradores dicen es necesario para que la relación entre los directivos y los empleados se realicen de forma adecuada. Un jefe que no tiene tiempo para hacerlo o que simplemente no quiere puede perder el respeto y credibilidad de sus empleados.

No predicar con el ejemplo: Cuando un jefe tiende a contradecirse, los empleados también llegarán a hacerlo. Esto es necesario para que tus colaboradores participen en los reglamentos de las empresas. Si un jefe prohíbe una acción en las empresas y él lo realiza, tarde o temprano sus empleados harán lo mismo.

Jefe deshumanizado: Un jefe que no trata con respeto a su capital humano crea antipatía y resistencia de sus colaboradores. Cuando no existe identificación entre las empresas y sus trabajadores, las malas actitudes, descontentos e inadecuados ambientes laborales son el resultado.

Ser pasivo: El jefe es el volante de un auto, si carece de motivación, proyectividad e innovación, el auto nunca llegará a su destino. Es por ello que un jefe siempre debe estar pensando en nuevos alcances y metas para poder impulsar a sus empleados a también realizarlas.

Ser soberbio: La falta de humildad es uno de los errores más grandes que pude tener un jefe o líder. Saber compartir con tus empleados y reconocer tus aciertos y errores hará que la relación con tus colaboradores sea más placentera. Es importante recordar que todos forman parte de la organización y que tanto ellos como tú son importantes para el buen funcionamiento de la empresa.

Mandar y no dirigir: Llegar a ser una persona con decisión y mando no quiere decir ser una persona prepotente y autoritaria, es por ello que el saber dirigir de manera humanizada es necesario para que los colaboradores respeten al jefe por sus aptitudes y calidad humana, no por miedo o inseguridad. Hay que aprender a dirigir.

No saber hablar con tus empleados: Disfrazar las cosas no es una opción. Es importante aprender a hablar de manera directa, pero cuidando las formas.

No ser un ejemplo: Si un líder pierde la capacidad de inspirar, pierde la dirección de su equipo. Es importante llevar a los colaboradores hacia lo que se quiere alcanzar, pero con el mismo énfasis con el que líderes lo realizan, ser un ejemplo para tus trabajadores es fundamental para mantener el respeto y fidelidad de los mismos.

Carecer de perseverancia: Luchar por lo que se quiere es fundamental para el éxito personal y profesional, si un líder carece de ello, los resultados en las empresas serán mediocres. Mantener el espíritu de perseverancia es clave en una buena dirección.

Subestimar al capital humano: Nunca le digas a tus colaboradores que no crees en lo que ellos hacen, subestimar su trabajo es menospreciar sus capacidades. Una empresa con trabajadores inseguros y con baja autoestima es una empresa sin identidad.

 Si bien no es fácil comportarse de una forma perfecta, sí es posible evitar este tipo de actitudes que pueden perjudicar la calidad de vida de tus colaboradores y verse reflejado en los resultados de productividad en tu empresa.”

 

Tomado del Blog “Ser un gran líder”

El empresario camino a la perfección personal

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Es un encargo divino, que los talentos y capacidades personales fructifiquen en beneficio de los demás y propio.

El hombre creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra y cuanto en ella contiene, y de orientar a Dios la propia persona y en el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.

La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, responde a la voluntad de Dios, encontrándose la actividad empresarial dentro del proyecto de Dios para los hombres.

El empresario se desarrolla dentro de un contexto de competitividad y calidad, que supone un constante perfeccionamiento personal de sus capacidades para sobrevivir y conservar su presencia en el mercado. Esto requiere del empresario un exigente perfil de cualidades personales y de valores morales.

Disciplina, creatividad, capacidad de iniciativa y espíritu emprendedor: he aquí las herramientas con las cuales el empresario de hoy debe enfrentarse al trabajo. Siguiendo al Papa Juan Pablo II, el trabajo directivo debe ser mirado «con atención y positivamente», toda vez que en él se manifiesta la libertad de la persona en el campo económico.

«La diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales; la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, son necesarias para el trabajo común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de la fortuna».

Junto a estas cualidades, aún más importantes figuran la integridad, la transparencia, la honestidad en la palabra empeñada, la sinceridad en honrar los plazos y los pagos convenidos… los criterios cristianos, que originan el mayor valor agregado para hacer transacciones duraderas, fructíferas y rentables.

Perfeccionar estas cualidades y criterios cristianos -«Sed perfectos»- permitirá al empresario cumplir con la misión divina de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a la tierra y cuanto en ella contiene.

Entendida dignamente su misión en el campo laboral, como colaborador del Plan de Dios, puede el empresario disfrutar su vida y su trabajo como un adelanto del gozo prometido, porque entonces habrá fructificado los talentos recibidos.