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SANTIDAD EN EL MUNDO

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 SANTIDAD

I. Llamada universal a la santidad.

Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero en el Evangelio de San Mateo nos lo dice específicamente: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos.2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos… El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle…, Cristo nos dice: Sed perfectos…, y nos da las gracias  que necesitamos para lograrlo.  «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» 4 LG39-40  « Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)» 3 No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre…, porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pidámoslo  cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes…

 II.  Ser santos allí donde nos encontramos.        

 No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el  metal es pulido  una y otra vez es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos… La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser… y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias.

Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.  No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo.                                                                Atengámonos a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

 III. Todas las circunstancias son buenas para crecer en santidad y realizar un apostolado   fecundo.

Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos…; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias… Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria… El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado. Siempre se nos ocurrirá como vencer los obstáculos y salir avante porque el amor es ingenioso. Habrá que poner más atención y empeño en la oración personal diaria, en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen…, pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Y así entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia.

En una época donde  lo inútil ocupa un gran espacio  en nuestras vidas, las  que a su vez se ven  agotadas por los imperativos de una  sociedad del rendimiento, es necesario y urgente continuar sembrando con mucha generosidad  y  constancia aunque por ahora no veamos  los frutos… solamente así habrá  más esperanza,  de que lo humano sobreviva a la devastación espiritual de un mundo tecnificado.

 Como dice el Apóstol Santiago: Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazonestened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía.  9

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; siempre será éste,  el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser…

 

 Autor : Francisco Fernández Carvajal
Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec
 
1 Mt 5, 48. — 2 Cfr Mt 7, 28. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 39. — 4 Ibídem, 40. — 5 Liturgia de las Horas, martes de la 11ª semana. Segunda Lectura. — 6 Jn 15, 2. — 7 San Pedro Damián, Cartas 8, 6. —  9 2 Tim 2, 6. — 
 

La separación entre la Iglesia y el Estado

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Debate sobre el Estado laico

iglesia-catolicaUn peligro latente para la sociedad peruana es la barrera artificial que algunos progresistas y liberales intentan crear entre el Estado y la Iglesia, un tema que se trae torcidamente al debate electoral. Se trata, para la alianza liberal-progresista de una barrera infranqueable, sin caminos de contacto, sin puertas de comunicación, que busca dividir hasta la enemistad al Estado y la Iglesia. En el fondo, lo que este grupo pequeño pero bien organizado desea es destruir cualquier punto de contacto entre la política y el hecho religioso, sosteniendo que una y otra no solo no deben mirarse, también deben golpearse cuando entren en contacto.
Esto, por supuesto, no resiste el menor análisis jurídico ni científico. La realidad religiosa puede influir positivamente en la configuración de un Estado de Derecho donde la libertad sea un bien jurídico reconocido. La política no puede existir de espaldas a la sociedad. Mucho menos el Estado. Cuando un Estado vive de espaldas a la sociedad entonces vivimos en medio de una dictadura. La religión es un componente fundamental de toda sociedad, por lo tanto, el Estado no puede vivir de espaldas a la religión. Ninguna sociedad se explica sin el hecho religioso. Reconocer esto no implica imponer las creencias mayoritarias a las minorías. Pero tampoco es posible defender la visión radical y contraria que pretende que unas minorías impongan su particular visión del mundo en detrimento de una población mayoritaria que respeta y comparte la religión.
El Estado y la Iglesia deben de cooperar siempre. El Estado y la Iglesia no deben enfrentarse. La Iglesia tiene la misión de proclamar la verdad, no solo la verdad religiosa. La Iglesia tiene que defender TODA LA VERDAD y existe, ¡claro que sí!, una verdad política, una verdad jurídica y como madre y maestra, la Iglesia está en todo su derecho, el de la libertad religiosa, de pronunciarse sobre todo lo humano. San Agustín tenía razón cuando dijo que la Iglesia habla todas las lenguas y las que no habla las hablará. El lenguaje político, el lenguaje estatal es un idioma que los católicos debemos dominar porque la civilización nos interesa, la política nos atañe y el Estado nos preocupa. En realidad, la crisis moral que atraviesa el Perú se debe al olvido del idioma estatal, a la postergación del lenguaje político por parte de los cristianos. El Estado entregado a pseudo-tecnócratas que idolatran el mercado o a filo-marxistas que rinden pleitesía a la lucha de clases es un Estado amputado en su esencia valorativa. Solo el cristianismo es capaz de iluminar las realidades temporales de la política y precisamente por eso, la Iglesia tiene el deber de pronunciarse sobre el descarrilamiento de los políticos y la creciente inoperancia del Estado.

No nos engañemos. Los enemigos de la Iglesia quieren copar el Estado y convertirlo en un instrumento de sus fines temporales. El vacío de poder siempre es cubierto por los grupos mejor organizados. Precisamente por eso los cristianos tienen que organizarse libremente para defender que todas las realidades humanas pueden y deben ser iluminadas por el Evangelio, restaurando la cooperación entre la Iglesia y el Estado siempre dentro de sus respectivas esferas de independencia. Esta cooperación franca y decidida es la base del verdadero Perú. lo conozca, lo depure y comprenda ya que afectará a los miembros del grupo o seguidores. Y será su estilo de liderazgo el estímulo que mueva a cada uno de sus colaboradores ante diferentes circunstancias.
Cuando alguien asume el rol de líder dentro de una empresa, mucho de sus estilos de liderazgo dependen de como maneje sus habilidades, tanto técnicas, como humanas y conceptuales. En cuanto a la habilidad técnica nos referimos a la capacidad para poder utilizar en su favor o para el grupo, los recursos y relaciones necesarias para desarrollar tareas específicas y afrontar problemas.

 Autor: Martín Santiváñez Vivanco

Una palabra que hace maravillas

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Cada día es una oportunidad para que pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios…

La Anunciación del Ángel a la Virgen María

Fiat. Hágase. Con esta palabra Dios creó el mundo, con todas sus maravillas. La tierra y el cielo, los astros, las aguas, las plantas, los animales, el hombre. “Y vio que era bueno” (cf. Gn 1). El hombre canta con el salmista al contemplar la creación: ¡Grandes y admirables son tus obras Señor! Esta primera creación, Dios la realizó sin depender de nadie. Por amor lo quiso así y creó con su libre voluntad.

Al hombre lo creó “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y le dio el don de la libertad. Lo hizo capaz de responder ‘sí ’ o ‘no’ a su voz. Y el hombre pecó, se dejó engañar por la serpiente y le volvió la espalda a su Dios. Entonces, de nuevo movido por el amor, Dios emprendió la obra de una nueva creación, una segunda creación: decidió salvar al hombre del pecado. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16).

El fiat de María fue la segunda creación, la obra redentora del hombre, provoca en nosotros un asombro aún mayor que la primera. Porque ahora Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podía hacerlo así. Prefirió contar con la colaboración de sus criaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. ¡Atrevimiento sublime de Dios que quiso depender de la voluntad de una criatura! El Omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Al ‘sí’ de Dios, siguió el ‘sí’ de María. Nuestra salvación dependió en este sentido de la respuesta de María.

San Lucas, en el capítulo 1 de su Evangelio, traza algunas características del asentimiento de la Virgen. Un fiat progresivo, en el que el primer paso es la escucha de la palabra. El ángel encontró a María en la disposición necesaria para comunicar su mensaje. En la casa de Nazaret reinaban la paz, el silencio, el trabajo, el amor, en medio de las ocupaciones cotidianas. Después la palabra es acogida: María la interioriza, la hace suya, la guarda en su corazón. Esa palabra, aceptada en lo profundo, se hace vida. Es una donación constante, que no se limita al momento de la Anunciación. Todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios: un ‘sí’ pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario. El fiat de María es generoso. No sólo porque lo sostuvo durante toda su vida, sino también por la intensidad de cada momento, por la disponibilidad para hacer lo que Dios le pedía a cada instante.

Como Dios quiso necesitar de María, ha querido contar con la ayuda que nosotros podemos prestarle. Como Dios anhelaba escuchar de sus labios purísimos “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un ‘sí’ generoso. Del fiat de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María nos ilumina y nos guía. Nos da la certeza de que aunque a veces sea difícil aceptar la voluntad de Dios, nos llena de felicidad y de paz.

Cuando Dios nos pida algo, no pensemos si nos cuesta o no. Consideremos la dicha de que el Señor nos visita y nos habla. Tengamos siempre presente la entrega a Dios de María, nuestra Madre, que con tan sencilla palabra: fiat, dicha con amor, permitió a Dios obrar maravillas, que han significado el mayor regalo Suyo a toda la humanidad. Con esta actitud celebremos con fe y alegría el nacimiento de Jesús, renovándolo espiritual y vivencialmente entre nosotros.

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Con los mejores deseos para el próximo año, reciban un afectuoso saludo del Consorcio de Empresarios Católicos

Fuente: Catholic.net, Adaptación: COEC

¿Casarse? ¡La gran decisión!

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MATRIMONIO

 

La boda dura un día y el matrimonio toda la vida ¿Cual es la clave para tomar adecuadamente esta decisión fundamental en la vida?

El matrimonio visto a través de los siglos 
“En el siglo II dijeron los gnósticos: no os caséis porque la carne, que es materia, es mala. En el siglo III dijeron los maniqueos: el matrimonio es invención del demonio. En el siglo IV dijeron los priscilianistas: el matrimonio es incentivo de la concupiscencia. En el siglo V dijeron los pelagianos: el matrimonio es malo porque propaga el pecado original” (Torres, A.) Pero ya en el sexto día de la creación dijo Dios: “Procread y multiplicaos” (Gen. 1, 28), y Dios fundó el matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gen. 2, 24).

Tomó Jesús este matrimonio y, en los días de su convivencia con los hombres, lo elevó a la categoría suprema de sacramento. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC canon 1055, 1). El matrimonio es un sacramento instituido por Cristo y como tal es una llamada a vivir con El y en El. De tal forma al ser un llamado, una vocación, es la manera de llegar a El a través del esposo si se es mujer y de la esposa si se es hombre. El matrimonio es un camino cuya meta es llegar al Cielo y presentarse ante Dios siendo responsables uno de la salvación del otro.

Casarse es darse
La boda dura un día y el matrimonio toda la vida, parece que muchos ni lo piensan. Se prepara la Iglesia, el coro, las flores, el automóvil, el jardín o salón, el grupo musical, el fotógrafo, el video, el vestido, se piensa en todo y se cuida hasta el detalle más pequeño… todo debe estar listo con anterioridad para ese gran día, y vaya que lo es. Pero ¿qué pasa con los preparativos para los días, meses, años, décadas después de la boda? ¿Qué acaso los novios, futuros esposos no son realmente conscientes de que el matrimonio requiere aún mucha más preparación para hacer frente a todas las situaciones que se presentaran y que consigo lleva?

¡Cuántos jóvenes piensan al salir de la Iglesia: “En fin, ya nos hemos casado, ya conseguimos nuestro propósito, se acabó todo, ya sólo nos toca cosechar alegría!” No saben que todo empieza entonces, que no han llegado sino que parten. Ignoran que deberán casarse cada día para lograr ser “uno”. No creen que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no se ofrecen, en Dios y por Dios, un amor infinito.

¡Cuántos y cuántos problemas surgen cuando no se tiene en claro lo que es el matrimonio! Este, al igual que la vida es lucha, sacrificio, entrega. Responder al llamado del matrimonio no es nada fácil, no se trata de jugar a la casita, se trata de edificar un hogar que con el fuego del amor moldeé los corazones y la vida de los seres que lo habitan de tal manera que encuentren el camino verdadero de la felicidad. Casarse es aceptarse mutuamente, unirse a otro, en los tres planos del ser: el físico, el sensible, el espiritual; es convertir al otro en el centro de su vida y juntos convertir a Dios en el centro de su matrimonio. La palabra clave del matrimonio es “donación”, darse, entregarse por completo, sin reservas de ninguna especie. Pero para darse es preciso poseerse, poseer el propio cuerpo, el corazón y espíritu. El amor es infinito por lo que nunca acabarás de amar, ni de darte, ni de poseerte, pues la conquista del espíritu nunca termina; por tanto, nunca habrás acabado de casarte.

No es fácil conquistarse, poseerse, darse, amar… de verdad, pero al casarte tendrás junto con la persona que elegiste, toda la vida para ayudarse mutuamente a amar.

Es triste… si vemos a nuestro alrededor,  encontramos muchas parejas, muchos matrimonios y pocos amores. Como menciona Michel Quoist “Encuentras muchas parejas, que caminan – la mano en la mano- porque es fácil unir los cuerpos; encuentras menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura; encuentras muchísimas menos uniendo estrechamente lo más íntimo que en ellos hay, puesto que poquísimos casaron su alma”.

Amar es dialogar, es abrirse al otro
Y es que casar el alma es comunicarse confidencialmente, todas las ideas, reacciones, impresiones, dudas, arrepentimientos, proyectos, sueños, alegrías, desánimos… todo el mundo interior de cada uno; es ser un libro abierto para el otro: es mediante la confidencia sincera como podrán unirse: Quien permanece cerrado en sí mismo, no podrá amar.
Cuesta trabajo, sin embargo, has de entregar cuanto está en ti y no se ve desde fuera. Decidirse a amar es decidirte a romper tu autonomía individual, es aceptar la invasión de tu soledad.

¡Qué difícil! Abrir el corazón y desnudar el alma, permitir que otro descubra nuestro yo, que llegué hasta ahí donde no todo es hermoso, donde se encuentran nuestros miedos, dudas, defectos. ¡Qué difícil! Sobretodo si no nos damos cuenta de que es así donde el otro empieza a amar de verdad pues descubre, conoce y acepta al otro como ser humano y decide amarlo así como es y como puede llegar a ser.
Si quieres amar has de resignarte a tu transformación, pues el amor te da una nueva manera de ver, sentir, obrar, comprender, rogar; una manera totalmente distinta y complementaria que te enriquece y que enriquece a quien has elegido amar para la eternidad.

Cásate con toda la persona 
Es la donación cotidiana de amor la que fecunda al hombre y a la mujer, no en el plano plenamente físico sino en todos los planos. No podemos olvidar que la ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Del mismo modo, afirma Michel Quoist, tu amor debe elevarse progresivamente en calidad ya que si te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo; si te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro; pero si te casas con “un hombre” si eres mujer y con “una mujer” si eres hombre, más aún con “un hijo o hija de Dios” entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito que se coloca más allá de ellos mismos lo que permite a un hombre y a una mujer a eternizar su amor y así cada uno será apto para el amor y serán para el otro inagotables.

Casarse es un acto de voluntad
“El consentimiento matrimonial consiste en “un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”: “Yo te recibo como esposa” – “Yo te recibo como esposo”. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos “vienen a ser una sola carne” (CIC no.1627)
“El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento” (CIC no. 1628)

Si casarse y amarse es una decisión, es un acto de voluntad ¿por qué no tomar esa decisión diaria? y renovar así el compromiso de amor dado.
Amar es una aventura, quien decide y compromete en un instante todo su futuro para vivir y amar a otro ser humano por siempre ha contraído la gran tarea de amar y amar hasta que duela como afirma la Madre Teresa; no se vale “amar” mientras sienta bonito, se trata de la decisión de AMAR siempre, pase lo que pase, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Es el amor verdadero el que dará paz, alegría, tranquilidad, seguridad, confianza y felicidad verdadera. Si sientes el llamado a formar una familia con aquel o aquella a quien Dios a puesto en tu camino y con quien tu has elegido, no tengas miedo, hazlo, pero sé consciente de que es una decisión de amor para toda la vida.

 

Autor  María  del Rosario G. Prieto Eibl

 

 

Levántate, no tengas miedo!!

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Reseña Perú 21 que el milagro clave para la canonización de Juan Pablo II fue el de Floribeth Mora, una mujer de 50 años desahuciada en 2011 por un aneurisma. Le llevaba rezando al difunto Papa desde 2005 y, cuando se enteró de que le quedaba un mes de vida, según el diagnóstico de la ciencia, le pidió al beato no morir. Y, dicho y hecho, en plena ceremonia de beatificación, hace apenas tres años, Juan Pablo II le concedió el milagro vía satélite: ¡Levántate, no tengas miedo! Y, pues, ella se levantó y ya estaba curada, ante el asombro de los médicos incapaces de encontrar una explicación científica ante lo que parecía “inevitable”.

La fe no se discute. Quien lo hace es un tonto. Por eso es que yo creo, es decir, tengo fe de que el milagro clave para la canonización de Juan Pablo II haya sido su liderazgo político y espiritual en la derrota del comunismo. Ese sí que fue un milagro.

Juan Pablo II llegó a la sede de San Pedro en 1978. Yo tenía trece años y era la primera vez que sentí la conmoción de que se muriera un gran personaje. Fue también la primera vez que caí en cuenta de que, como decía mi madre, tenía “una sensibilidad especial” pues no recuerdo que a mis condiscípulos el hecho de la muerte de Paulo VI los haya alterado demasiado. Como en mi corta vida no había visto más Papa que ese, su desaparición de la escena internacional me hizo cobrar conciencia de que los grandes personajes no solo se morían en los libros de Historia. Para mí fue todo un acontecimiento.

Luego fue elegido Papa Juan Pablo I. Ya nadie lo recuerda, pues su pontificado duró apenas 33 días. Fue una tragedia que, más que conmoción, causó desconcierto y, luego, chismografía barata para teorías de la conspiración. Entonces, en octubre de 1978, ascendió Juan Pablo II. Venía de Polonia, un satélite comunista de la Unión Soviética y cuya capital era el símbolo de la coalición militar comunista más grande del planeta: el Pacto de Varsovia.

Los años 70 del siglo XX, en los que viví mi niñez y adolescencia, marcaron el cenit del comunismo capitaneado por la Unión Soviética en el mundo. Estados Unidos había perdido por primera vez una guerra en Vietnam, cuyo fin para los americanos apenas se produjo en 1973, con los acuerdos de paz de París. A la derrota militar de Estados Unidos por los comunistas se sumó el descrédito internacional de los valores de la gran potencia que lideraba el “mundo libre”. El remate fue Watergate y la renuncia de Nixon en 1974. Luego vino el desastre de Jimmy Carter, la caída del sha de Irán y la invasión de Afganistán por la Unión Soviética, en 1980.

Lo que quiero transmitirles es que, cuando Juan Pablo II fue elegido Papa, el primer polaco de la historia tras 455 años de un último Papa no italiano en la sede de San Pedro, la sensación generalizada en el mundo era que el comunismo y la Unión Soviética le estaban ganando la partida a las democracias occidentales y a los Estados Unidos, es más, que el comunismo era indestructible y que lo único que cabía apenas era “contenerlo”. Así por lo pronto lo creyó alguien de las luces intelectuales y políticas de Henry Kissinger, secretario de Estado de Nixon, impulsor de la filosofía de la “Detente”. Y si lo creía Kissinger, ¿qué nos quedaba al resto?

El que no lo creyó fue Juan Pablo II. Dotado de una voluntad de hierro y del don de un carisma fuera de serie, el Papa polaco tuvo la virtud fundamental de conectar con las masas, coto de caza del comunismo. Lo de coto de caza no es una metáfora así como tampoco lo es que Juan Pablo II se haya convertido en pastor de un rebaño universal al que los comunistas pretendían esclavizar con la carnada de la “liberación de los pueblos”. Chocó directamente con ellos en sus 104 viajes alrededor del mundo, y denunció sin ambages su régimen de terror y su desprecio por los derechos humanos. La fe en un mundo mejor dejó de ser patrimonio de los comunistas, socialistas y “revolucionarios” de todos los pelajes y, a partir de entonces, su reinado de embustes tuvo los días contados.

En 1989 cayó el muro de Berlín, “símbolo del progreso de los pueblos”. Y, dos años después, un 25 de diciembre de 1991, se arrió, sin pena ni gloria, la bandera roja de la hoz y el martillo en el Kremlin, poniéndole fin a 70 años de un “destino” que se decía “inevitable”.

Que el comunismo haya muerto un día de Navidad y que un Papa, salido de las entrañas de su alianza militar, haya sido su peor enemigo y testigo de su ruina es para mí un hecho extraordinario. “No tengas miedo: ¡levántate!” fue el milagro que venció al comunismo. Tanto como el de la fe de Floribeth Mora, sentenciada a lo “inevitable”.

 

Autor: Ricardo Vásquez Kunze, Desayuno con diamantes

 

Mujer: ¿Quién eres?

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La mujer es un misterio insondable: interioridad rica y oculta, complicada y maravillosa. Un misterio de grandeza por su capacidad de don, entrega, anhelo de perfección, aprecio y conservación de la vida.

Tu dignidad

A diferencia de los animales, el ser humano posee por esencia una naturaleza racional. La actividad que el ser humano realiza es una manifestación de las facultades que posee por su alma espiritual. Digno es lo que tiene valor en sí mismo y por sí mismo. La persona por el simple hecho de ser persona es un ente amable, es decir, a una persona se la respeta, se la aprecia, se la ama, en cuanto es persona; solo por ser persona. Así, tu mujer, por ser persona posees una dignidad única que ha de ser respetada siempre. El fundamento de la dignidad humana es el sujeto permanente, más para los cristianos, la última raíz de la dignidad humana reside en su carácter de imagen de Dios, llamado por El a participar de su gloria: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (Gaudium et Spes, n. 19). Hay igualdad absoluta en la dignidad del hombre y de la mujer, pues la dignidad radica en la persona en cuanto es persona.

¿Cómo eres mujer?

Es diferente y debe serlo para no ser un monstruo que imita. La mujer tiene la misma dignidad del hombre, más tiene características específicas que hacen de la mujer, mujer. González, L. en su libro “Formación de Valores” menciona desde características generales, físicas, sensitivas, cognoscitivas, hasta volitivas, religiosas y morales de la mujer. Citemos algunos de estas:

En lo general la mujer es bondadosa, perseverante, con deseos de ser sostenida y acompañada, con deseos de seguridad y de evitar riesgos, su máximo es amar y sentirse amada…

En lo físico, la mujer está hecha para conservar la vida, recogerla, hacerla germinar, florecerla, perfeccionarla, posees instinto maternal y cuidado directo de los hijos, mayor sensibilidad a estímulos afectivos, voz de timbre agudo, complexión fina… En el ámbito sensitivo, la mujer es afectuosa con deseo de ser cortejada, capta lo particular, los detalles, lo pequeño, lo próximo.

En el ámbito cognoscitivo, en la mujer predomina la captación por los sentidos, la intuición, tiende a lo subjetivo y personal, fija su atención en lo concreto, su pensamiento es profundo, vive de experiencias… En el ámbito de la voluntad, la mujer es movida por la compasión y la misericordia, se le convence llegándole al corazón, vive por algo, se enfrenta con gran resistencia al sufrimiento. En el ámbito religioso, la mujer trata de sentir más a Dios, ora con el corazón, es piadosa…En el aspecto moral, es suave, tierna, apegada a sus principios, atenta, dócil, compasiva…. Estos son sólo algunos ejemplos de ciertas características que, según el autor antes mencionado, predominan en la mujer por ser mujer, habrá que cultivarlas y hacerlas florecer ya que se encuentran en lo más íntimo de la belleza de aquella creatura capaz de dar la vida.

¿Cuál es tu misión?

Ser muy femenina para construir el mundo. De acuerdo a las características específicas de tu sexo, por naturaleza, tienes actividades propias de mujer.

Mujer, no puedes quedar descartada de ninguna actividad humana, en ninguno de sus aspectos, ya que por tu propia manera de ser –mujer–, le das aquel sentido vivo, maternal, acogedor y realizador que necesitan las obras de la tierra.

Si quieres cumplir tu misión debes ser “misterio” para el hombre; debes ser una mujer en todo el sentido de la palabra, una mujer de las que por lástima hoy hay pocas: una mujer de carácter, íntegra, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se arredre ante las dificultades.

Una joven de carácter HOY, en un tiempo en que sobran las mujeres de alma quebrada, que no sienten interés por ningún problema espiritual, cuya única preocupación parece ser qué traje usarán y cómo se peinarán.

Una joven de carácter es aquella que tiene principios nobles y permanece firme en ellos, aun cuando esta perseverancia fiel le exija sacrificios; a pesar de millares y millares de ejemplos adversos y malos. Y esto se logra con una voluntad que hay que educar teniendo como fuerza un gran ideal.

Michel Quoist nos hace reflexionar cuando nos dice al hablar sobre la mujer, que lo que ella es para el hombre en la construcción del hogar, lo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. Eres tu la que forma hombres, eres, quien debe recordar al mundo que sería monstruoso si desdeñara el alma humana; tu amor deberá estar presto a todos los sacrificios con tal de redimir y salvar a quien se pierde, debe ser testimonio del poder del amor redentor.

Mujer, has de hacer que el hombre se “CASE” con tus ideas, con tu dulzura, con tu gracia… para dar vida a las organizaciones, a las leyes, a los reglamentos y educar un mundo en el que los hombres puedan desarrollarse y alcanzar la más plena felicidad.

¿Qué quieres ser? ¿Casarte? ¿Ser madre? ¿Será otra tu vocación?

Amar y enseñar a amar. Al realizar la misión de mujer en el matrimonio, la primera responsabilidad es alegrar al hombre que en ti haya puesto su fe. Tu serás su alegría, su paz, su reposo. Sin embargo, no es el único modo de realizar tu misión, hay otros dos caminos: la vida religiosa y el celibato. Cualquiera que sea la vocación a la que respondas, has de tener en cuenta que llevas en tu ser el don maravilloso de dar la vida, has de llevar y engendrar “lo humano”; no olvides nunca que es dándose a los otros en la vida diaria como descubrirás la vocación profunda de tu vida, tu ves al hombre con el corazón, transforma el suyo. Y ante todo mujer, sé siempre mujer y valora serlo, porque ser mujer es la maravilla más grande, es ser el alma de la humanidad, en tus manos está el recordarle al mundo entero que existe el amor y que es por lo único que vale la pena vivir y morir.

 

 

 

La Conversión

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La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida. La predicación pública de Nuestro Señor Jesucristo empezó con una llamada a la conversión: “se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc. 1, 15) Más adelante irá explicando las características del Reino, pero desde un principio se advierte que hace falta una postura nueva de la mente para poder entender el mensaje de salvación.

¿Cómo hacer un programa para  reformar nuestra  vida? ¿Como hacer para dejar de ser lo que somos y para ser más semejantes a Cristo?

Buscar ser  más semejantes a Cristo ha de ser el más  profundo afán de nuestra vida cristiana.Para hacer de tan sublime afán un ideal alcanzable debemos comenzar por  hacer un análisis de nuestra vida y descubrir  cuáles son los defectos que más nos alejan de él.  ¿Cuantos buenos  propósitos nos hemos hecho a lo largo de nuestra vida? Propósitos en sí buenos pero, ¿tocan realmente mi vida? Y después de pasado un tiempo, ¿cuántos de esos compromisos los hemos ido quebrantando? Y no porque no tuviéramos buena voluntad. 

No nos ha faltado ni buena voluntad, ni carácter. Lo que sucede es que hemos fallado en el método. Si queremos en verdad llegar a una verdadera conversión en Jesucristo, lo que necesitamos es descubrir nuestro defecto dominante, hacer un plan para atacarlo y poner manos a la obra. Esto se llama hacer un programa de vida, un verdadero programa para reformar nuestra vida y lograr ser un hombre o una mujer nueva. Esto no es  fácil, requiere de una técnica, de unas herramientas y de constancia en el trabajo.

 

Mírate en un espejo

Sí, no tengas miedo. Hombre o mujer, joven o adolescente, ¿qué más da? Cuando tienes unos kilos de más, cuando quieres alcanzar una mejor figura, un mejor rostro, no te da pena y te miras al espejo. Ahí, frente a frente descubres lo que está bien, o eso que está mal. Y decides comenzar ¡cuánto antes, por favor! Una dieta, un tratamiento de belleza o un régimen físico para estar y sentirte mejor. Y eso lo logras sólo si eres capaz de verte en el espejo y ver la realidad de las cosas.

Con la vida del espíritu sucede lo mismo. Debes mirarte en el espejo y contemplar a un hijo o una hija de Dios. Y debes ver el contraste. Esa imagen que ves en el espejo quizás no es la imagen ideal de un hijo de Dios. Contemplas una persona que puedas estar alejada de Dios o que está en camino de acercarse a él, pero ¿qué le hace falta? Te das cuenta que estás lleno de defectos, de actitudes que no corresponden a las de un buen cristiano. Vicios que se han arraigado con el tiempo y que forman ya parte de una personalidad, pero una personalidad que se aleja del camino de Dios. ¿Qué puedes hacer?

 No puedes pasarte la vida entera frente al espejo y lamentar tu situación y decir simplemente: “Eso de ser hijo de Dios no es para mí”. No puedes conformarte con pensar que si Dios te hizo de esa manera deberás continuar así durante toda la vida. Esa es la historia de muchos católicos, que llamados a una vida mejor, a una vida de verdadera santidad, se conforman con ir tirando, con no ser malos y no son capaces de lanzarse a las alturas. Se parecen un poco al polluelo de águila, que herido a la mitad del camino, lo encuentra un campesino y lo lleva a su granja. Lo mete en el corral de las gallinas y espera un poco de tiempo a que se cure. El polluelo se adapta a la vida de las gallinas, come como las gallinas, hace todo igual que las gallinas. Y en el momento en que debe levantar el vuelo a las alturas, a mirar al sol de frente, no es capaz de hacerlo, se queda en tierra picando la tierra, buscando su alimento entre lombrices y granos de trigo.

 Como católicos estamos llamados a alcanzar las alturas de la santidad: ¡ser santo! Así, entre signos de admiración. Esa imagen que debes contemplar en el espejo es la de un verdadero santo, la de una verdadera santa. En medio de la vida cotidiana, santificándote con tu esposa y tus amigos, con tus parientes, con tu novio, en todas partes. ¿Te miras al espejo y no te reconoces como santo?

 

Descubre tu defecto dominante

 Si no somos santos, no te disculpes ni busques pretextos. Hay un refrán que dice “cuando los defectos se inventaron, se acabaron los tontos”. Tu mismo podrías hacerme aquí una lista de pretextos: no soy santo porque no he sido llamado a la santidad, no soy santa porque no me dan los medios, no soy santo porque me da miedo, no soy santo porque otros no me dejan ser santo. Y así la lista podría seguir al infinito.

 No te compliques y saquemos una conclusión: no eres santo porque no has luchado con inteligencia para alcanzar la santidad. Fíjate muy bien que he subrayado la palabra con inteligencia. Quizás después de un retiro espiritual, de unas jornadas de oración o de un taller de vida cristiana hayas sentido ganas de ser santo, de ser mejor, de acercarte más a Cristo. Eso es muy bueno. Querer es poder, alguien ha dicho por ahí. Pero… ¿has puesto los medios? No basta simplemente con querer. Hay que poner los medios. Y uno de los medios más importantes para ser santo es descubrir tu defecto dominante y trabajar por combatirlo.

 Todos tenemos defectos que debemos atacar para conseguir la santidad: Yo me enojo muy pronto y pierdo el control de mí mismo, hay quien no puede ser caritativo con los demás porque está más allá de sus propias fuerzas, los hay que se quedan a mitad del camino de la santidad porque la pereza les paraliza del todo. Eso es normal. Decir que tenemos defectos equivale a decir que somos humanos, equivale a describir nuestra naturaleza, por lo cual no tiene nada de especial que en el camino de la santidad hayas encontrado esos defectos. Ahora bien, hay muchos defectos que combatir, ¿por cuáles debemos comenzar? Son muchos y de muy variada especie…

En la vida espiritual todos los defectos los podemos agrupar en dos grandes grupos: los defectos cuya raíz están en la soberbia y los defectos que tienen su raíz en la sensualidad. La soberbia no es más que sentirme yo el centro del universo, pensar que yo siempre tengo la razón y que todos deben obedecerme, creer que mi punto de vista es infalible. Algunas manifestaciones de la soberbia son: deseo de estima, vanidad, dureza de juicio, dureza en el trato con los demás, terquedad, altanería, impaciencia, autosuficiencia, desesperación, rencor, juicios temerarios, envidia, crítica, racionalismo, individualismo, insinceridad, ira, temeridad en las tentaciones, apego a los cargos, desprecio de los demás, compararme con los demás, hacer distinción de las personas y no verlas a todas como hijos de Dios, vivir como si Dios no existiera haciéndolo a un lado en la propia vida, susceptibilidad, no saber escuchar, servirme de Dios y no buscar servirlo, ver a Dios más como señor y juez que como Padre y amigo.

De otro lado, tenemos los defectos cuya raíz va a la sensualidad, que es poner nuestra comodidad como el valor supremo de nuestra vida. Algunas manifestaciones de sensualidad son: flojera, pérdida de tiempo, huida de todo lo que suponga sacrificio, concupiscencia de la vista y de la mente, sexualidad desordenada, excesos en el comer y en el beber, deseos desordenados de tener y de consumir, despilfarro, lecturas, conversaciones y espectáculos que fomentan la sensualidad y la vulgaridad.

Aquí tenemos los dos grandes pesos que nos impiden alcanzar la santidad: la soberbia y la sensualidad con una gama de manifestaciones. Cada uno de nosotros tiene manifestaciones de soberbia y de sensualidad. Un ejército no se gobierna lanzando batallones de infantería a diestra y siniestra. Se analiza el enemigo, tratamos de conocer sus armas, su potencial y se lanza el ataque enfocándolo a objetivos muy precisos. Lo primero que debemos hacer es conocer a nuestro enemigo: ¿con quién vamos a enfrentarnos? ¿Con la soberbia o con la sensualidad? No se trata de hacer un elenco exhaustivo de todas esas manifestaciones. Debemos combatir con inteligencia, ya lo hemos dicho. Hacer una lista de todas las manifestaciones que me alejan de Dios no tiene ningún caso. Se necesita descubrir la raíz de esas manifestaciones y lograr llegar a decir: “yo estoy alejado de Dios porque soy un soberbio con tales manifestaciones” o decir también: “yo no soy hija de Dios cuando me dejo llevar por mi defecto dominante que es la sensualidad con estas y estas manifestaciones”. ¿Cómo puedo llegar a esto?

Todas las noches, antes de acostarte, haz un pequeño balance y en una hoja escribe las fallas que hayas tenido en ese día. Debes ser muy sincero y no aparentar nada a ante nadie. Sé humilde y escribe: me enojé con mi hermano, no fui lo suficientemente paciente con mi esposa, se me fueron los ojos al ver tal o cual revista, no escuché a mi compañero de trabajo, traté de imponer mi punto de vista sin escuchar a los demás. Cataloga cada una de las faltas.

 Haz el propósito de revisar todas las noches las fallas que has tenido. Después de un tiempo, tú mismo te darás cuenta si tu defecto dominante es la soberbia o la sensualidad. Seguirás siendo como todos los seres humanos, teniendo defectos de soberbia o de sensualidad, pero habrás descubierto que uno de ellos es el que más te aleja de Dios.

 Ahora conociendo esto, te será más fácil comenzar el camino de la santidad.

 

  Autor: Germán Sánchez Griese
 Adaptado por editor COEC

 

¡Feliz Navidad!

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Una Navidad fuerte, valiente, no apática, en una “familia” tan grande como la humanidad ¡Todos uno! Es una meta. Es una orden: una orden de Aquél a quien todos deberían someterse con alegría. Dios es nuestro Padre. Si los cielos se abrieran y Él nos hablase, mirándonos uno por uno nos diría: “¡Todos uno! ¡Sois hermanos, por lo tanto uníos!”

Un día el cielo se abrió, porque el Verbo se hizo hombre, creció, enseñó, hizo milagros, recogió discípulos, fundó la Iglesia y antes de morir en la cruz le dijo al Padre: “Que todos sean uno”.No se dirigió a los hombres; quizás no le hubiesen entendido. Se dirigió hacia el Padre, porque el vínculo de esta unidad es Dios, y nos obtuvo la gracia de, entre nosotros, poder ser una sola cosa.

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Ahora bien, nosotros los cristianos hablamos mucho de la unidad del Cuerpo místico, de la Iglesia, pero a menudo caemos en el absurdo de saber las cosas, de conocerlas, pero no vivirlas. Sabemos que somos hermanos, sabemos que nos une un vínculo, pero no actuamos como hermanos. Pasamos uno al lado del otro sin mirarnos, sin amarnos. ¿Pero entonces, en qué consiste nuestra fraternidad? Sí, si estamos en gracia, Dios ya nos une, pero eso no es todo lo que quiere de nosotros. Él quiere que abramos los ojos y nos miremos y nos ayudemos mutuamente y nos amemos. Quiere que amemos a los demás como a nosotros mismos. Realmente así, como a nosotros mismos. Pero ¿hoy en día, quién lo hace? Y entonces, ¿por qué Jesús dijo eso? ¿Es posible que sólo los santos vivan el Evangelio? ¿Y los cristianos qué hacen? Tratan, cuando pueden, de no hacer el mal y, cuando tienen ganas, hacer un poco de bien.

Esto no es lo que Jesús quería. Si hoy en día caminaras por una ciudad pagana, y luego lo hicieras por una ciudad cristiana,  casi no percibes la diferencia entre una  y otra.  Porque en las ciudades cristianas no se ven auténticos cristianos, ésos que dan testimonio de su Dios. 

Es culpa nuestra. Nos hemos olvidado de lo esencial. Tenemos los ojos ciegos por los bienes, por los negocios, por los afectos, las ideas personales y el egoísmo. Nada se pospone a Dios. Dios existe. Sí, también está Dios, pero es una de las muchas cosas. Te acuerdas de Él en ciertos momentos, cuando lo necesitamos. Como cristianos, debemos vivir de otra manera. Debemos poner a Dios en su lugar y dejarlo todo por Él. Y Él nos enseñará cómo debemos vivir, y nos repetirá sus palabras: “Amaos”. Esto es todo.

Si cada uno de nosotros traduce estas palabras en vida y ama a quien tiene a su lado como lo haría Jesús, de cada uno de nosotros partirá la chispa de la revolución cristiana, que consiste en obligar, con el amor, a que los hombres se reconozcan como hermanos y se traten como tales. Entonces cambiarían muchas cosas. Mi familia sería la humanidad. Como dijo Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios”. Y pasando por las calles del mundo, nos daríamos cuenta de que los hombres no son sólo hombres, sino hijos de Dios.
¡Todos uno! Hacer de la tierra una sola familia, donde la norma de toda norma es el Amor. Hacer de cada ciudad una ciudad nueva.
Éste es nuestro objetivo. Si no trabajamos para esto, como cristianos podríamos considerarnos fracasados.

Autor: Chiara Lubich (25 diciembre de 1972)