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APRENDER DEL FRACASO

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Me invitaron a participar y fui. Todos emprendedores digitales. Uno más exitoso que el otro. Se llenaron la boca de logros durante la hora y media que duró la reunión. Los yernos perfectos. El sueño de cualquier madre para una hija. Era como ver un perfil de Facebook o LinkedIn, pero en vivo y en directo.

Me pregunté por qué no mencionaron los fracasos, ¿acaso en todo les fue tan bien? Lo triste es que veo el mismo fenómeno en los apoderados cuando preguntan en el WhatsApp del curso por la tarea de sus hijos para evitarles cualquier problema. El mundo 2.0 nos enseña que siempre debemos mostrar nuestra mejora cara. No lo dice explícito, pero nos obliga a esconder cualquier atisbo de fracaso. Y nosotros adoptamos la cultura exitista. Nos preocupamos tanto que incluso le enseñamos a nuestros hijos que debemos hacer sus cosas antes que ellos fracasen.

Ese es el problema. ¿Cómo una persona puede aprender del otro o hacer algo mejor si NUNCA le va mal? Nosotros no cambiamos cuando todo está bien. En el mundo 2.0 la imagen –el cómo nos ven- es tan relevante que nos está robando nuestra identidad –el cómo nos vemos-. Y para mejorar no es suficiente saber cómo nos vemos. Tenemos que enfocarnos en nuestra identidad. Debemos educar para convivir con fracasos, no a esconderlos.

La tecnología nos lleva hacia esa dirección. Intenta facilitar lo que se nos hace difícil. Tiene a evitar en lo que tenemos más posibilidades de fracasar. Piense en Tinder, el sistema perfecto para conocer a alguien sin antes tener que pasar por la posibilidad que nos digan NO. Tinder elimina el sudor, el temor del invitar a salir y el posterior rechazo… es decir, el cara a cara a veces tan duro y estresante del encuentro personal. Además si la persona es rechazada, el golpe al ego es muchísimo menor que recibirlo en directo. Fue solo un mensaje. Una solicitud. Pero por otra parte si no hay rechazo, ¿cómo cambiamos?

Hay cientos de historias de personas que lograron crecer y desarrollarse solo después de un fracaso. Emprendedores que nunca hubieran logrado prosperar de no ser por las caídas anteriores. Cuando alguien fracasa se da cuenta que no siempre tiene razón, y en ese espacio de entendimiento, comienza a validar y aceptar las ideas de terceros. Y al incorporar las ideas ajenas, también crece. No es el centro del universo. Se hace humilde.

Hay muchos ejemplos en los que puede observarse un crecimiento personal tras la derrota. Pero hay uno que es universal. Épico. Es una historia bíblica. Habla sobre la formación del primer líder de una nación. Es la historia de Moisés, que increíblemente rechaza la palabra de Dios por temor al fracaso. La Biblia cuenta que Dios se le aparece a través de una zarza milagrosa, que se quemaba pero sin combustión, y le pide que rescate al pueblo judío que había sido esclavizado por el Faraón en Egipto. Moisés se niega. Él estaba seguro que no sería capaz de lograr su liberación. Estaba seguro que fracasaría. Primero le dice que no es capaz. Luego que no habla bien. Después que no le van a creer. Posteriormente que no lo van a escuchar. Finalmente le pide que mande a otro. Pero Dios en cambio, después de un proceso de “coaching divino”, termina convenciéndolo. Le asegura que él lo va a acompañar, sube su autoestima y Moisés acepta.

Va a Egipto. Se reúne con los líderes. Llegan donde el Faraón ypide que los libere. Sin embargo pasa exactamente lo que él creía que iba a suceder: fracasa. Pierde. Se transforma en un looser para los ojos ajenos. Peor aún. El Faraón no solo se niega a liberar al pueblo, sino que además los explota aún más aumentando su cuota de trabajo diario. Terrible. Cualquier persona con baja tolerancia a la frustración habría dejado todo ahí. El Salvador aparentemente era un fiasco. La única tarea que tenía no solo deja de cumplirla, sino que además la empeora. Imaginen la reunión con los líderes después de eso. Sentados todos en el Directorio, los mira a los ojos y les dice: “Señores, el Faraón no los va a liberar. Y además dijo que ahora iban a tener que trabajar más. Lo siento”.

La historia posterior es conocida. Vienen las 10 plagas. Milagros para unos, castigo divino para otros. Y efectivamente el Faraón libera a los esclavos. Lo que no es tan conocido es que luego de su fracaso, la Biblia describe a Moisés como la persona más humilde que jamás haya existido. ¿Cuál es la relación? El liderazgo bíblico no se basó en la imagen. Moisés no lideró al pueblo con cientos de miles de seguidores en Twitter. Con millones de amigos en Facebook. Mostrando el ángulo perfecto en Instagram. Los intereses más adecuados en LinkedIn. El status más conveniente en WhatsApp. Los lideró después de haber conocido el fracaso más grande que una persona puede sentir. Y eso probablemente lo llevó a salir de su mundo. A empatizar con sus seguidores. A escuchar lo que el resto tenía que decir. A ser un líder, pero poniéndose en el lugar de los demás.

Del fracaso se aprenden muchas cosas. Humildad. Empatía. Tolerancia. Aceptación. Nos hace crecer. El mundo 2.0 es increíble. Tiene un potencial asombroso. Compartir lo que uno piensa. Organizar y movilizar a miles -sino millones- de personas. Pero si lo centramos solo en imagen, en el cómo me proyecto y no cómo soy, en vez de ayudarnos a salir de nuestro mundo nos encierra aún más. Tenemos la posibilidad de crecer, no la desechemos por un par de likes, followers o views. Cultivemos nuestra identidad, la imagen puede esperar, y el fracaso no es necesariamente negativo. Eduquemos a nuestros hijos para que ellos convivan con esa posibilidad, no con la imagen perfecta. Porque si les enseñamos a basar su autoestima en lo que los demáspiensan, lo más probable es que la pierdan.

Autor: Daniel Halpern, PhD en Información  y Ciencias de la comunicación

El autor es profesor de la Facultad de Comunicaciones e investigador del ThinktankTrenDigital. Sus artículos han sido publicados en prestigiosas revistas académicas como Computers in Human Behavior y Behaviour and InformationTechnology. Junto a TrenDigital, Halpern ha sido pionero en la investigación digital en Chile estos últimos años.

 

¿Casarse? ¡La gran decisión!

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MATRIMONIO

 

La boda dura un día y el matrimonio toda la vida ¿Cual es la clave para tomar adecuadamente esta decisión fundamental en la vida?

El matrimonio visto a través de los siglos 
“En el siglo II dijeron los gnósticos: no os caséis porque la carne, que es materia, es mala. En el siglo III dijeron los maniqueos: el matrimonio es invención del demonio. En el siglo IV dijeron los priscilianistas: el matrimonio es incentivo de la concupiscencia. En el siglo V dijeron los pelagianos: el matrimonio es malo porque propaga el pecado original” (Torres, A.) Pero ya en el sexto día de la creación dijo Dios: “Procread y multiplicaos” (Gen. 1, 28), y Dios fundó el matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gen. 2, 24).

Tomó Jesús este matrimonio y, en los días de su convivencia con los hombres, lo elevó a la categoría suprema de sacramento. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC canon 1055, 1). El matrimonio es un sacramento instituido por Cristo y como tal es una llamada a vivir con El y en El. De tal forma al ser un llamado, una vocación, es la manera de llegar a El a través del esposo si se es mujer y de la esposa si se es hombre. El matrimonio es un camino cuya meta es llegar al Cielo y presentarse ante Dios siendo responsables uno de la salvación del otro.

Casarse es darse
La boda dura un día y el matrimonio toda la vida, parece que muchos ni lo piensan. Se prepara la Iglesia, el coro, las flores, el automóvil, el jardín o salón, el grupo musical, el fotógrafo, el video, el vestido, se piensa en todo y se cuida hasta el detalle más pequeño… todo debe estar listo con anterioridad para ese gran día, y vaya que lo es. Pero ¿qué pasa con los preparativos para los días, meses, años, décadas después de la boda? ¿Qué acaso los novios, futuros esposos no son realmente conscientes de que el matrimonio requiere aún mucha más preparación para hacer frente a todas las situaciones que se presentaran y que consigo lleva?

¡Cuántos jóvenes piensan al salir de la Iglesia: “En fin, ya nos hemos casado, ya conseguimos nuestro propósito, se acabó todo, ya sólo nos toca cosechar alegría!” No saben que todo empieza entonces, que no han llegado sino que parten. Ignoran que deberán casarse cada día para lograr ser “uno”. No creen que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no se ofrecen, en Dios y por Dios, un amor infinito.

¡Cuántos y cuántos problemas surgen cuando no se tiene en claro lo que es el matrimonio! Este, al igual que la vida es lucha, sacrificio, entrega. Responder al llamado del matrimonio no es nada fácil, no se trata de jugar a la casita, se trata de edificar un hogar que con el fuego del amor moldeé los corazones y la vida de los seres que lo habitan de tal manera que encuentren el camino verdadero de la felicidad. Casarse es aceptarse mutuamente, unirse a otro, en los tres planos del ser: el físico, el sensible, el espiritual; es convertir al otro en el centro de su vida y juntos convertir a Dios en el centro de su matrimonio. La palabra clave del matrimonio es “donación”, darse, entregarse por completo, sin reservas de ninguna especie. Pero para darse es preciso poseerse, poseer el propio cuerpo, el corazón y espíritu. El amor es infinito por lo que nunca acabarás de amar, ni de darte, ni de poseerte, pues la conquista del espíritu nunca termina; por tanto, nunca habrás acabado de casarte.

No es fácil conquistarse, poseerse, darse, amar… de verdad, pero al casarte tendrás junto con la persona que elegiste, toda la vida para ayudarse mutuamente a amar.

Es triste… si vemos a nuestro alrededor,  encontramos muchas parejas, muchos matrimonios y pocos amores. Como menciona Michel Quoist “Encuentras muchas parejas, que caminan – la mano en la mano- porque es fácil unir los cuerpos; encuentras menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura; encuentras muchísimas menos uniendo estrechamente lo más íntimo que en ellos hay, puesto que poquísimos casaron su alma”.

Amar es dialogar, es abrirse al otro
Y es que casar el alma es comunicarse confidencialmente, todas las ideas, reacciones, impresiones, dudas, arrepentimientos, proyectos, sueños, alegrías, desánimos… todo el mundo interior de cada uno; es ser un libro abierto para el otro: es mediante la confidencia sincera como podrán unirse: Quien permanece cerrado en sí mismo, no podrá amar.
Cuesta trabajo, sin embargo, has de entregar cuanto está en ti y no se ve desde fuera. Decidirse a amar es decidirte a romper tu autonomía individual, es aceptar la invasión de tu soledad.

¡Qué difícil! Abrir el corazón y desnudar el alma, permitir que otro descubra nuestro yo, que llegué hasta ahí donde no todo es hermoso, donde se encuentran nuestros miedos, dudas, defectos. ¡Qué difícil! Sobretodo si no nos damos cuenta de que es así donde el otro empieza a amar de verdad pues descubre, conoce y acepta al otro como ser humano y decide amarlo así como es y como puede llegar a ser.
Si quieres amar has de resignarte a tu transformación, pues el amor te da una nueva manera de ver, sentir, obrar, comprender, rogar; una manera totalmente distinta y complementaria que te enriquece y que enriquece a quien has elegido amar para la eternidad.

Cásate con toda la persona 
Es la donación cotidiana de amor la que fecunda al hombre y a la mujer, no en el plano plenamente físico sino en todos los planos. No podemos olvidar que la ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Del mismo modo, afirma Michel Quoist, tu amor debe elevarse progresivamente en calidad ya que si te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo; si te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro; pero si te casas con “un hombre” si eres mujer y con “una mujer” si eres hombre, más aún con “un hijo o hija de Dios” entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito que se coloca más allá de ellos mismos lo que permite a un hombre y a una mujer a eternizar su amor y así cada uno será apto para el amor y serán para el otro inagotables.

Casarse es un acto de voluntad
“El consentimiento matrimonial consiste en “un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”: “Yo te recibo como esposa” – “Yo te recibo como esposo”. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos “vienen a ser una sola carne” (CIC no.1627)
“El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento” (CIC no. 1628)

Si casarse y amarse es una decisión, es un acto de voluntad ¿por qué no tomar esa decisión diaria? y renovar así el compromiso de amor dado.
Amar es una aventura, quien decide y compromete en un instante todo su futuro para vivir y amar a otro ser humano por siempre ha contraído la gran tarea de amar y amar hasta que duela como afirma la Madre Teresa; no se vale “amar” mientras sienta bonito, se trata de la decisión de AMAR siempre, pase lo que pase, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Es el amor verdadero el que dará paz, alegría, tranquilidad, seguridad, confianza y felicidad verdadera. Si sientes el llamado a formar una familia con aquel o aquella a quien Dios a puesto en tu camino y con quien tu has elegido, no tengas miedo, hazlo, pero sé consciente de que es una decisión de amor para toda la vida.

 

Autor  María  del Rosario G. Prieto Eibl

 

 

Reflexión para los padres

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¿Nunca han oído la historia de algún antepasado, quizá su papá o abuelo sobre lo difícil que se las vieron cuando se casaron, sin dinero y sin ayuda? A mí me ha tocado y los oigo hablar de ese pasado con un cierto orgullo por salir adelante solos con su valor y la ayuda de su cónyuge.

Son matrimonios sólidos, basados en su amor por el otro y en la convicción de que toda empresa que se quiere sacar adelante implica esfuerzo, y no hay empresa más grande ni más difícil que un buen matrimonio.

Uno podría pensar que si esas personas vieran a algunas de las parejas que se casan ahora, con la casa puesta, el carro en la puerta, el negocio instalado y toda su vida resuelta, dirían que les tocó la mejor época. Pero nada más lejos de esto. Los que pasaron por épocas difíciles y salieron adelante, no quieren olvidar su pasado, sino por el contrario, sienten que fue la base que cimentó lo que han logrado, tanto en lo material como en lo espiritual.

No les quiero decir con esto que fue su mejor etapa, pero sí necesaria. Empezaron solos, con lo que podían en ese momento, sin espejismos, ni subsidios y, aunque esto les causó incomodidades y privaciones, no tomaron una actitud negativa, porque sabían que se tenían el uno al otro.

Además, le encontraron un sentido a su sufrimiento, palabra inadmisible en nuestros tiempos. Y gran parte de la culpa es de los papás. Como siempre -me incluyo- no queremos que nuestros hijos pasen incomodidades.

Desde niños los dejamos a la puerta de la escuela para que no caminen, les simplificamos todo para que no batallen y les dejamos muy claro el mensaje: sufrir y batallar no tiene sentido. Después, cuando estos niños se casan, los papás les quieren resolver hasta el último detalle. Si no podían ir de luna de miel, no importa, sus papás les pagan el viaje… ¡¡¡Faltaba más!!!

Si no podían vivir más que en un departamentito, no importa, sus papás les pueden pagar una casa o un departamento más grande. Si sólo podían tener un carro para los dos, aprendiendo a compartir y a ceder, no hay problema… sus papás les regalan otro para que no se  agobien.

Por querer hacerles el camino fácil, se lo hacen cada vez más difícil, por que llegará un momento en que papá y mamá ya no estarán allí, o si están, no podrán resolver otros problemas más serios.

Son estos niños jugando a casarse quienes, a la primera dificultad en su matrimonio deciden mandarlo todo a volar, porque luchar por sacarlo delante cuesta mucho trabajo y ellos no están acostumbrados a luchar. ¿Para qué?, si todo se les ha dado siempre sin hacer esfuerzo.

En el libro “The Road Less Traveled” (El Camino Menos Viajado) de M. Scout Peck comenta que la vida es difícil, y una vez que lo sabemos, entonces deja de serlo…

La vida es una serie de problemas. Aceptándolos y resolviéndolos es como el individuo crece. He ahí la importancia de que nuestros hijos aprendan a resolver sus propios problemas.

Tal vez esté pensando que eso de resolver los problemas de los hijos sólo pasa en las familias acomodadas, que son las únicas que se pueden dar el lujo de mantener otra familia además de la suya. Pero, excluyendo a los que se encuentran en extrema pobreza, se asustaría si supiera cómo ayudan los papás de todo tipo de estratos sociales a sus hijos a no sufrir.

Un chofer que conozco desde niño, trabajó durante toda su vida de sol a sol sin faltar un solo día. Logró acumular un capital estable y comprar su casa y los terrenos de al lado. Ahora que sus hijos se casaron, él le dio un terreno a cada uno y les ayudó a hacer su casa y les da dinero cada vez que puede.

Él sigue trabajando igual, con la misma filosofía de esfuerzo continuo con la que empezó hace casi cuarenta años. Tiene una familia muy bonita, que les costó mucho trabajo a él y a su esposa sacar adelante, y el orgullo se le nota. Sus hijos son trabajadores, pero ni remotamente como él. Lo peor de todo esto, es que no lo hace con mala intención. Si estuviéramos conscientes del daño que hacemos a nuestros hijos al leerles el pensamiento y cumplirles todos sus caprichos, estoy seguro de que no lo haríamos Pero a veces sentimos que es nuestro deber y otras veces queremos que tengan todo lo que nosotros no tuvimos.

Un amigo me comentaba que fue a una cena y un sacerdote les dijo a los ahí presentes, en su mayoría, jóvenes matrimonios de muchachos emprendedores, les estaban dando a sus hijos demasiadas cosas. Uno de ellos le contestó que ellos simplemente querían que sus hijos tuvieran todo lo que ellos nunca pudieron tener. El sacerdote le dijo: “Ustedes tienen lo que tienen, precisamente por lo que no tuvieron”.

Vuelvo a lo mismo, estos niños mal acostumbrados son pésimos a la hora de sacrificarse. Y no me refiero a un gran sacrificio, sino a algo tan simple como ceder en la convivencia diaria. En un matrimonio siempre hay prioridades a la hora de comprar algo. ¿De quién serán las prioridades?, ¿de él?, ¿de ella? Si ninguno acostumbra prescindir de lo que le gusta, ¿cómo le harán? En el mejor de los casos, aprenderán a estirar, aflojar y batallar antes de llegar a un acuerdo. Pero, si el egoísmo está tan arraigado que no hay manera, ¿entonces qué?: llega el divorcio, claro, por incompatibilidad de caracteres, y se acabó. Asunto arreglado.

Desgraciadamente, la incompatibilidad de caracteres es nada menos que la imposibilidad de convivir con los demás, sólo que con el cónyuge se nota mucho más, por que allí sí viven juntos. Eso sólo viene del egoísmo y éste viene de estar acostumbrado a ser el centro de atención, a que la vida gire a su alrededor, y eso desgraciadamente, se enseña en la casa, en donde se prepara a los matrimonios del futuro.

Así que, la próxima vez que su hijo tenga algún problema, ayúdele si quiere, pero no se lo solucione. No lo subestime, le aseguro que saldrá adelante. Esto será una gran ayuda para su futuro yerno o nuera. Ellos se lo agradecerán.

 Colaboración de  Héctor Huamán                                                                                   Sistemas Abrasivos S.A.

¡Feliz Navidad!

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Una Navidad fuerte, valiente, no apática, en una “familia” tan grande como la humanidad ¡Todos uno! Es una meta. Es una orden: una orden de Aquél a quien todos deberían someterse con alegría. Dios es nuestro Padre. Si los cielos se abrieran y Él nos hablase, mirándonos uno por uno nos diría: “¡Todos uno! ¡Sois hermanos, por lo tanto uníos!”

Un día el cielo se abrió, porque el Verbo se hizo hombre, creció, enseñó, hizo milagros, recogió discípulos, fundó la Iglesia y antes de morir en la cruz le dijo al Padre: “Que todos sean uno”.No se dirigió a los hombres; quizás no le hubiesen entendido. Se dirigió hacia el Padre, porque el vínculo de esta unidad es Dios, y nos obtuvo la gracia de, entre nosotros, poder ser una sola cosa.

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Ahora bien, nosotros los cristianos hablamos mucho de la unidad del Cuerpo místico, de la Iglesia, pero a menudo caemos en el absurdo de saber las cosas, de conocerlas, pero no vivirlas. Sabemos que somos hermanos, sabemos que nos une un vínculo, pero no actuamos como hermanos. Pasamos uno al lado del otro sin mirarnos, sin amarnos. ¿Pero entonces, en qué consiste nuestra fraternidad? Sí, si estamos en gracia, Dios ya nos une, pero eso no es todo lo que quiere de nosotros. Él quiere que abramos los ojos y nos miremos y nos ayudemos mutuamente y nos amemos. Quiere que amemos a los demás como a nosotros mismos. Realmente así, como a nosotros mismos. Pero ¿hoy en día, quién lo hace? Y entonces, ¿por qué Jesús dijo eso? ¿Es posible que sólo los santos vivan el Evangelio? ¿Y los cristianos qué hacen? Tratan, cuando pueden, de no hacer el mal y, cuando tienen ganas, hacer un poco de bien.

Esto no es lo que Jesús quería. Si hoy en día caminaras por una ciudad pagana, y luego lo hicieras por una ciudad cristiana,  casi no percibes la diferencia entre una  y otra.  Porque en las ciudades cristianas no se ven auténticos cristianos, ésos que dan testimonio de su Dios. 

Es culpa nuestra. Nos hemos olvidado de lo esencial. Tenemos los ojos ciegos por los bienes, por los negocios, por los afectos, las ideas personales y el egoísmo. Nada se pospone a Dios. Dios existe. Sí, también está Dios, pero es una de las muchas cosas. Te acuerdas de Él en ciertos momentos, cuando lo necesitamos. Como cristianos, debemos vivir de otra manera. Debemos poner a Dios en su lugar y dejarlo todo por Él. Y Él nos enseñará cómo debemos vivir, y nos repetirá sus palabras: “Amaos”. Esto es todo.

Si cada uno de nosotros traduce estas palabras en vida y ama a quien tiene a su lado como lo haría Jesús, de cada uno de nosotros partirá la chispa de la revolución cristiana, que consiste en obligar, con el amor, a que los hombres se reconozcan como hermanos y se traten como tales. Entonces cambiarían muchas cosas. Mi familia sería la humanidad. Como dijo Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios”. Y pasando por las calles del mundo, nos daríamos cuenta de que los hombres no son sólo hombres, sino hijos de Dios.
¡Todos uno! Hacer de la tierra una sola familia, donde la norma de toda norma es el Amor. Hacer de cada ciudad una ciudad nueva.
Éste es nuestro objetivo. Si no trabajamos para esto, como cristianos podríamos considerarnos fracasados.

Autor: Chiara Lubich (25 diciembre de 1972)