La separación entre la Iglesia y el Estado

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Debate sobre el Estado laico

iglesia-catolicaUn peligro latente para la sociedad peruana es la barrera artificial que algunos progresistas y liberales intentan crear entre el Estado y la Iglesia, un tema que se trae torcidamente al debate electoral. Se trata, para la alianza liberal-progresista de una barrera infranqueable, sin caminos de contacto, sin puertas de comunicación, que busca dividir hasta la enemistad al Estado y la Iglesia. En el fondo, lo que este grupo pequeño pero bien organizado desea es destruir cualquier punto de contacto entre la política y el hecho religioso, sosteniendo que una y otra no solo no deben mirarse, también deben golpearse cuando entren en contacto.
Esto, por supuesto, no resiste el menor análisis jurídico ni científico. La realidad religiosa puede influir positivamente en la configuración de un Estado de Derecho donde la libertad sea un bien jurídico reconocido. La política no puede existir de espaldas a la sociedad. Mucho menos el Estado. Cuando un Estado vive de espaldas a la sociedad entonces vivimos en medio de una dictadura. La religión es un componente fundamental de toda sociedad, por lo tanto, el Estado no puede vivir de espaldas a la religión. Ninguna sociedad se explica sin el hecho religioso. Reconocer esto no implica imponer las creencias mayoritarias a las minorías. Pero tampoco es posible defender la visión radical y contraria que pretende que unas minorías impongan su particular visión del mundo en detrimento de una población mayoritaria que respeta y comparte la religión.
El Estado y la Iglesia deben de cooperar siempre. El Estado y la Iglesia no deben enfrentarse. La Iglesia tiene la misión de proclamar la verdad, no solo la verdad religiosa. La Iglesia tiene que defender TODA LA VERDAD y existe, ¡claro que sí!, una verdad política, una verdad jurídica y como madre y maestra, la Iglesia está en todo su derecho, el de la libertad religiosa, de pronunciarse sobre todo lo humano. San Agustín tenía razón cuando dijo que la Iglesia habla todas las lenguas y las que no habla las hablará. El lenguaje político, el lenguaje estatal es un idioma que los católicos debemos dominar porque la civilización nos interesa, la política nos atañe y el Estado nos preocupa. En realidad, la crisis moral que atraviesa el Perú se debe al olvido del idioma estatal, a la postergación del lenguaje político por parte de los cristianos. El Estado entregado a pseudo-tecnócratas que idolatran el mercado o a filo-marxistas que rinden pleitesía a la lucha de clases es un Estado amputado en su esencia valorativa. Solo el cristianismo es capaz de iluminar las realidades temporales de la política y precisamente por eso, la Iglesia tiene el deber de pronunciarse sobre el descarrilamiento de los políticos y la creciente inoperancia del Estado.

No nos engañemos. Los enemigos de la Iglesia quieren copar el Estado y convertirlo en un instrumento de sus fines temporales. El vacío de poder siempre es cubierto por los grupos mejor organizados. Precisamente por eso los cristianos tienen que organizarse libremente para defender que todas las realidades humanas pueden y deben ser iluminadas por el Evangelio, restaurando la cooperación entre la Iglesia y el Estado siempre dentro de sus respectivas esferas de independencia. Esta cooperación franca y decidida es la base del verdadero Perú. lo conozca, lo depure y comprenda ya que afectará a los miembros del grupo o seguidores. Y será su estilo de liderazgo el estímulo que mueva a cada uno de sus colaboradores ante diferentes circunstancias.
Cuando alguien asume el rol de líder dentro de una empresa, mucho de sus estilos de liderazgo dependen de como maneje sus habilidades, tanto técnicas, como humanas y conceptuales. En cuanto a la habilidad técnica nos referimos a la capacidad para poder utilizar en su favor o para el grupo, los recursos y relaciones necesarias para desarrollar tareas específicas y afrontar problemas.

 Autor: Martín Santiváñez Vivanco

Cuaresma, Mensaje del Papa Francisco

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La misericordia de Dios trasforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es  siempre un milagro el que la misericordia divina  se irradie en la vida  de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo  que la tradición de la iglesia  llama las obras de misericordia corporal y espiritual. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo  y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo.

Por eso, expresé mi deseo de que “el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras  de misericordia corporal y espiritual. Será  un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante  el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (ibíd., 15)

 

Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo  empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino para sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre  mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16, 20-21), y que es  figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio  delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoniaco “seréis como Dios” (Gen. 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas,  como han mostrado los totalitarismos de siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

Sólo en este amor está la respuesta a la sed  de felicidad y de amor infinitos que el hombre engañándose cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que a causa de un cerrase cada vez más herméticamente a Cristo, quede  el pobre llamando a la puerta de su corazón, y así, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno.

He aquí, pues, que resuenan  de nuevo para ellos,  al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: “tienen a Moisés y a los Profetas que los escuchen” (Lc 16,29).

 

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (Lc 1,48),  reconociéndose con la humilde esclava del Señor (Lc1, 38).

 

Papa Francisco

Extracto de su mensaje por Cuaresma

 

Una palabra que hace maravillas

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Cada día es una oportunidad para que pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios…

La Anunciación del Ángel a la Virgen María

Fiat. Hágase. Con esta palabra Dios creó el mundo, con todas sus maravillas. La tierra y el cielo, los astros, las aguas, las plantas, los animales, el hombre. “Y vio que era bueno” (cf. Gn 1). El hombre canta con el salmista al contemplar la creación: ¡Grandes y admirables son tus obras Señor! Esta primera creación, Dios la realizó sin depender de nadie. Por amor lo quiso así y creó con su libre voluntad.

Al hombre lo creó “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y le dio el don de la libertad. Lo hizo capaz de responder ‘sí ’ o ‘no’ a su voz. Y el hombre pecó, se dejó engañar por la serpiente y le volvió la espalda a su Dios. Entonces, de nuevo movido por el amor, Dios emprendió la obra de una nueva creación, una segunda creación: decidió salvar al hombre del pecado. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16).

El fiat de María fue la segunda creación, la obra redentora del hombre, provoca en nosotros un asombro aún mayor que la primera. Porque ahora Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podía hacerlo así. Prefirió contar con la colaboración de sus criaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. ¡Atrevimiento sublime de Dios que quiso depender de la voluntad de una criatura! El Omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Al ‘sí’ de Dios, siguió el ‘sí’ de María. Nuestra salvación dependió en este sentido de la respuesta de María.

San Lucas, en el capítulo 1 de su Evangelio, traza algunas características del asentimiento de la Virgen. Un fiat progresivo, en el que el primer paso es la escucha de la palabra. El ángel encontró a María en la disposición necesaria para comunicar su mensaje. En la casa de Nazaret reinaban la paz, el silencio, el trabajo, el amor, en medio de las ocupaciones cotidianas. Después la palabra es acogida: María la interioriza, la hace suya, la guarda en su corazón. Esa palabra, aceptada en lo profundo, se hace vida. Es una donación constante, que no se limita al momento de la Anunciación. Todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios: un ‘sí’ pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario. El fiat de María es generoso. No sólo porque lo sostuvo durante toda su vida, sino también por la intensidad de cada momento, por la disponibilidad para hacer lo que Dios le pedía a cada instante.

Como Dios quiso necesitar de María, ha querido contar con la ayuda que nosotros podemos prestarle. Como Dios anhelaba escuchar de sus labios purísimos “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un ‘sí’ generoso. Del fiat de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María nos ilumina y nos guía. Nos da la certeza de que aunque a veces sea difícil aceptar la voluntad de Dios, nos llena de felicidad y de paz.

Cuando Dios nos pida algo, no pensemos si nos cuesta o no. Consideremos la dicha de que el Señor nos visita y nos habla. Tengamos siempre presente la entrega a Dios de María, nuestra Madre, que con tan sencilla palabra: fiat, dicha con amor, permitió a Dios obrar maravillas, que han significado el mayor regalo Suyo a toda la humanidad. Con esta actitud celebremos con fe y alegría el nacimiento de Jesús, renovándolo espiritual y vivencialmente entre nosotros.

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Con los mejores deseos para el próximo año, reciban un afectuoso saludo del Consorcio de Empresarios Católicos

Fuente: Catholic.net, Adaptación: COEC

Jubileo Extraordinario de la Misericordia

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misericordia

“Yo perdono… pero no olvido”. Esta frase quizá la hemos escuchado más de una vez en labios de una persona que ha sufrido a causa de otro. Con frases como ésta los cristianos, equivocadamente,  buscamos esquivar el compromiso evangélico de perdonar a nuestros enemigos. No nos engañemos: si  el mandato evángelico no nos compromete a asumir una acción por dificil  y sacrificada  que sea no estamos imitando a Jesús. Perdonar al que nos ofende no es nada fácil. Sin embargo, esta obra de misericordia se halla al centro del mensaje de Jesús de Nazaret.

Es comprensible que si queremos tomar en serio esta invitación de la Iglesia sintamos internamente algo de incomodidad y rebeldía. ¿Acaso la Iglesia nos invita a permitir que otros nos hagan el mal sin oponer resistencia? ¿Se trata verdaderamente de dejar que nos golpeen en una mejilla sin quejarnos y que nos limitemos a responder con una sonrisa mientras giramos el rostro para que nos golpeen del otro lado? ¿Sería ir contra el Evangelio si en lugar de perdonar a nuestros agresores nos defendemos y los acusamos ante las autoridades para que se haga justicia?

Para entender las palabras de Jesús es necesario comprender a Jesús mismo. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana encuentra su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. En la “plenitud del tiempo” (Gal. 4,4) Cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, el Padre  envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. “Quien lo ve a Él, ve al Padre” (Cfr. Jn 14,9) Jesús de Nazaret, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios.

Siempre tenemos la necesidad de contemplar el misterio de la Misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que nos une con Dios y al hombre. Porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre, no obstante, el limite de nuestro pecado.

Al Señor le tocó vivir en una época en que sus paisanos estaban sometidos al dominio del imponente Imperio romano. Jesús vivió en un pueblo subyugado; para los hebreos criticar y ofender a los dominadores era lo más normal. Al Maestro le tocó ver cómo el corazón de tantas personas estaba contaminado, lleno de odio y resentimiento hacia los altaneros invasores.Jesús constató, con gran tristeza, que su pueblo, su gente, vivía esclavizado, no ya por un enemigo que se había infiltrado injustificadamente y los había sometido con violencia. Vivían una esclavitud aún más terrible y penosa, la esclavitud del espíritu.

En este contexto se puede comprender por qué Jesús insistió tanto en el perdón a los que nos hacen el mal. Para los oyentes de su mensaje esos “que nos hacen el mal” tenían un nombre y un rostro muy concreto. La intención de Jesús nunca fue la de provocar una revolución política. Su revolución era más ambiciosa, más profunda, más bella. La revolución del amor. Cuando Cristo invita a perdonar a los que nos hacen el mal su intención no es la de promover la injusticia, invitándonos a soportar pasivamente el mal que nos hagan. A lo que invita es a liberar el corazón del odio y del rencor. Ante la injusticia que padecemos tenemos dos opciones: o guardamos rencores o perdonamos de verdad. Quien odia vive triste, traumado, insatisfecho; quien perdona vive en paz, es libre, y puede alcanzar más fácilmente la felicidad.

Hace tiempo asistí al curso de psicología en que se hablaba sobre la “terapia del perdón”. No me sorprendió para nada que la conferencista afirmara que a veces las terapias consistían simplemente en ayudar al paciente a desahogar los rencores que guarda y en ayudarle a perdonar. De manera que la obra de misericordia “perdonar a los que nos ofenden” es un acto de misericordia hacia el prójimo, pero también hacia nosotros mismos.

Quien dice Yo perdono… pero no olvido, da a entender que perdona sólo de palabra, pero en su interior guarda rencores. Esa persona, en lugar de ser libre, encadena voluntariamente su corazón en el pilar del odio. La obra de misericordia “Perdonar al que nos ofende” no es una invitación a dejarnos hacer el mal sin defendernos cuando sea necesario. Hay que poner los medios para evitar el mal y para que se haga justicia. Aquí se trata de no dejar contaminar nuestro corazón con rencores dañinos y de volar libres con las alas del amor.

Por esto el Papa ha anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia  como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes. El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de este año, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Después del pecado de Adán y Eva,  Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal.    Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia  siempre será mas grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona.

 Fuente: Catholic.net , adaptación COEC.

A imagen y semejanza de Dios

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dios

Una vez que había creado las infinitas estrellas, la tierra con sus montañas, mares, bosques y todo tipo de animales, Dios, según la Sagrada Escritura, formó su obra culmen diciendo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se muevan sobre ella.” (Gen 1,27)

A imagen de Dios no quiere decir que Dios tiene semejanza física con el hombre. Dios no tiene piernas, manos canas ni una barba blanca. Cuando la Biblia habla del hombre a imagen de Dios, se refiere al hecho de que el hombre tiene un alma espiritual. Está por encima de los otros seres vivientes que habitan en la tierra. El hombre no es una cosa, sino una persona. El Hombre, por tanto, puede pensar; puede amar a otras personas; puede componer una sinfonía; puede escoger el bien; todas las cosas que ni un perro, ni una lagartija ni ningún otro animal puede hacer. Pero, aunque podamos hacer todas estas cosas, debemos preguntarnos ¿por qué Dios nos hizo así?

Ciertamente Dios, que sabe todo, no necesita que nosotros pensemos, ni que le toquemos alguna sinfonía, pues los ángeles cantan mucho mejor que nosotros. La razón es que Dios nos ha hecho a su imagen para conocerle y amarle. De todas las criaturas visibles, sólo el hombre es “capaz de Dios.” De todas las cosas de este mundo, sólo el hombre está llamado a vivir con Dios en el mundo más allá. Y siendo a Imagen de Dios, el hombre está llamado a amar: primero a Dios y luego a todo el que tiene semejanza con Dios, es decir, a cada persona humana, pues cada persona está hecha a imagen de Dios.

Santa Catalina de Siena, platicando con Dios un día sobre la creación del hombre, exclamó: “Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno.” Cada uno de nosotros debe llegar a la misma conclusión y decir a Dios: “Por amor me creaste a tu imagen para que yo sea capaz de gustarte para siempre en el cielo.”

La imagen de Dios es Cristo. Él nos ha revelado cómo es Dios. A la petición que Felipe hace a Jesús en la última cena de que “muéstranos al Padre y nos basta”, Jesús replica: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, ¿cómo dices tú muéstranos al Padre? (Jn 14,8-11).

Por otro lado, cuando se dice que el hombre es imagen de Dios, se quiere indicar con ello que tanto el hombre como Dios tienen algo en común y es el conocimiento, el amor, la libertad; con otras palabras, el alma.

Sin embargo, por el pecado el hombre nace con una imagen deformada. Cristo, al redimirnos, no solo rehízo esta imagen desfigurada por el pecado, sino que nos ha dejado dones para embellecerla aún más: nos dejó la gracia, a la Iglesia y en ella a los sacramentos. Por eso el momento de la crucifixión es la mayor muestra de amor, de libertad. El hombre se conoce mejor a esta luz. Y muchas realidades que eran incomprensibles como el sufrimiento humano y la muerte se comprenden y aclaran gracias a que Cristo se encarnó, nos redimió y resucitó. Por eso se comprende que al final del evangelio Jesús ordene a los discípulos que vayan por todo el mundo y bauticen en nombre de la Trinidad y enseñen lo que Él ha mandado (Mt 28, 19 y ss).

Se puede encontrar material sobre este tema en la Gaudium et Spes Cap. 12 y 24, Nuevo Catecismo 356 y ss.

Entre las criaturas ocupa un lugar especial el hombre, sobre el cual Dios sopló su aliento, es decir, dejó una huella especial. El hombre es imagen de Dios por ser espiritual, con capacidad para pensar y para amar, para darse y para imitar, en la medida de sus posibilidades, la generosidad de un Dios que no deja de amar, que no puede despreciar nada de lo que ha hecho, porque es “amigo de la vida” (Sb 11,26).

No es correcto, por lo tanto, preguntar cuál es la imagen de Dios, pues no existe nada anterior a él. Sin embargo, podemos descubrir algo de su “rostro” al ver a cada hombre, pues, desde que Cristo vino al mundo, todo gesto de amor que hagamos al otro está hecho a Él (“a mí me lo hicisteis”, Mt 25,40).

Autor: P. Clemente González, Fuente: es.catholic.net

Para profundizar:
Catecismo de la Iglesia Católica nn. 355-373, 1701-1709
Gaudium et spes, 12-22

El Hombre: Un ser de encuentro

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  El hombre es un ser de encuentro, que configura su vida personal, la desarrolla y perfecciona creando encuentros. “La palabra y el amor son los verdaderos vehículos de su relación, de su movimiento hacia el tú”.  La palabra viva, llena de sentido, es aquella que crea encuentros. 

PALABRA Y SOLIDARIDAD HUMANA                                                                                                                         La palabra es una realidad perceptible sensorialmente y, a la vez, abierta al mundo de lo supra sensorial. Es capaz de crear diálogos, “que es la manera más natural de comunicación verbal y la que contiene en germen todas las demás”.  Funda ámbitos de relación y vínculos de solidaridad entre los hombres. Maragall narra cómo, en una ocasión, se perdió en el Pirineo. Avanzaba inquieto  en la “muda inmensidad de las montañas inmóviles” cuando se encontró con un pastor que le indicó el camino: “Aquel canal…”   ¡qué hermosas eran esas dos palabras pronunciadas gravemente entre el viento! ¡Qué llenas de sentido, de poesía! El canal era el camino, el canal por donde se deslizan las aguas del deshielo. Y no era cualquiera, sino «aquel» canal; aquel que él conocía perfectamente entre los demás: era algo ese canal, tenía un alma; era «aquel canal…» Para mí eso es hablar.

 El mismo significado estético presenta el pasaje de Saint-Exupery, en Tierra de hombres, en el que los pilotos perdidos en el desierto de Libia se encuentran con un beduino que los devuelve a la vida. El beduino y el pastor ostentan un gran poder simbólico de lazos de solidaridad y convivencia entre los hombres. “Tú eres el Hombre -dice Saint-Exupery, te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. Nunca nos has visto y ya nos has reconocido. Eres el hermano bien amado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres”.

La convivencia verdadera se funda en la palabra auténtica, que es siempre expresión del amor. Y ésta se fundamenta en el silencio. Palabra y silencio, considerados en el nivel ambital, no se reducen a mera comunicación; constituyen un diálogo, entendido como vehículo de creatividad y campo lúdico de encuentro.

El sentido de la vida se logra creando formas elevadas de unidad, porque el encuentro funda vida espiritual. Esto implica estar a la escucha de toda palabra dicha con amor, responder creativamente a esa apelación y vivir en el seno de la palabra en “toda la majestad de su contenido divino”.

En su Elogio de la palabra, Maragall reflexiona sobre la grandeza de la palabra, su carácter divino, su capacidad de fundar ámbitos de entreveramiento y sus posibilidades de abrirse a la solidaridad humana.

Tener el don de la palabra, ser elocuente, compromete al hombre a responder adecuadamente a esa dignidad que le ha sido concedida por el Creador.

Por ello, el hombre responsable – el que responde adecuadamente a la apelación de lo valioso- no pronuncia palabras vanas, vacías ni groseras, sino que busca recogerse en el silencio profundo de la contemplación, en actitud de acogimiento espiritual, para que broten de él palabras siempre auténticas y llenas de vida, que son las dichas con amor, aquellas que establecen solidarios vínculos de convivencia entre los seres humanos.

 

PALABRAS VACÍAS                                                                                                                                                           Pero hay también palabras vacías, insustanciales, que no fundan vínculos personales sólidos. Están dotadas de significación, no de sentido:    ”¿Cómo podemos hablar fríamente y con tanta abundancia? Por eso nos escuchamos generalmente con tanta indiferencia. Porque la costumbre de hablar demasiado y de oír demasiado nos embota el sentimiento de la santidad de la palabra. Tendríamos que hablar mucho menos y tan sólo por un fuerte anhelo de expresión”.

La palabra vana o grosera que no crea vínculos es inauténtica, degenerativa. El lenguaje sin amor es un antilenguaje, es un abuso del don del lenguaje por parte del hombre:  ”La palabra es cosa sagrada, inviolable. Hablar sólo en plenitud de sentido y pureza de expresión, evitando el sacrilegio de la palabra artificiosa o grosera”.

PALABRA Y SILENCIO                                                                                                                                                     La palabra viva no es sólo una vibración material que encierra un significado; es todo un ámbito lleno de sentido. La palabra auténtica encierra vida verdadera:   ”Y no es la armonía de fuera la deseable, sino la de dentro; que no es por el ruido de las palabras por lo que todos los hombres son hermanos, sino por el espíritu único que las hace brotar distintas en la variedad misteriosa de la tierra”.

Cada palabra dicha con hondura abre en torno a sí un campo de resonancia que es el silencio elocuente. Por el contrario, las palabras vanas, carentes de poder creador de vínculos, se emparejan con el silencio de mudez. En este plano de palabras insustanciales, el silencio está vacío, como las mismas palabras a las que acompaña. Pero cuando dos personas adoptan una actitud creativa y se abren a la grandeza del encuentro, se recogen en silencio reverente ante una realidad o un acontecimiento que producen asombro y sobrecogimiento. La actitud creativa implica silencio, pues requiere una atención holística. El hombre creativo se mueve bajo el impulso de la respuesta a la apelación de realidades  valiosas, que no se agotan en una mirada parcial, piden ser vistas en relieve y en su mutua vinculación:

“Aprended de los pastores y los marineros. ¡Cuánto contemplar unos y otros en silencio la majestad del mundo allí donde el espíritu late con ritmo libre y grande! ¡Cuánta inmensidad han reflejado en sus ojos, cuánta belleza de cielos azules y de prados verdes y de mares mudando a menudo de color como el rostro de una virgen, y de lunas y de soles, y de nieblas grises y lluvias turbias! ¡Cuánto viento han oído y cuántas rítmicas olas, y los truenos que se acercan y se alejan, y el mugir de los bueyes y los gritos misteriosos del espacio! ¡Cuánto olor de agua salada y de hierba fresca, y cómo sus sentidos han sido amorosamente  tocados por todas las cosas puras! Sus facciones están como encantadas y hablan raramente; pero cuando hablan, sus palabras están llenas de   sentido”.

 Editor COEC

Elogio de la Palabra

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El “Elogio de la palabra” fue el discurso inaugural del poeta catalán Joan Maragall al tomar posesión de la Presidencia del Ateneo Barcelonés, en 1903. En ese espléndido opúsculo, el autor expresa su teoría sobre la palabra y la poesía. Esta última sería ampliamente desarrollada en su Elogio de la  Poesía, que vería la luz en 1907.

PALABRA Y CREATIVIDAD                                                                                                                                             La realidad humana presenta una estructura elocuente, dialógica.  El hombre vive en una constante y tensa apertura hacia los seres del entorno. Se desarrolla plenamente como tal hombre cuando supera la soledad de retracción egoísta, se compromete con las realidades que lo envuelven y funda ámbitos de encuentro y convivencia. El medio en el  cual el hombre crea esos vínculos de relación con las realidades de su entorno es la palabra. Y el pensamiento humano se da en ese ámbito dinámico abierto por la palabra. Para Maragall, la palabra “es la maravilla mayor del mundo.  Lleva en su seno esa cosa inmaterial desveladora del espíritu: la idea”.  El lingüista Bertil Malmberg llega incluso a afirmar que “la lengua y el pensamiento son, en sentido estricto, lo mismo”. La inteligencia hace posible la creatividad humana, que consiste en la participación comprometida y generosa en una realidad que nos ofrece  posibilidades valiosas.

El lenguaje constituye el vehículo de la creatividad del hombre, del encuentro profundo con su entorno. Merced a  la creatividad, los hombres, sin dejar de ser distintos, dejan de ser distantes y extraños y se hacen íntimos.  La palabra es mucho más que un medio transmisor de un contenido. Adensa los ámbitos que se van creando a lo largo de la vida del hombre. En el lenguaje podemos dar perfiles definidos a ámbitos de realidad que son  muy difusos y de contornos indecisos. Por eso permite la comunicación y constituye el medio en el cual pueden gestarse vínculos interpersonales. Entre dos personas se ha ido creando un campo amoroso. Las miradas son elocuentes, pero sus sentimientos flotan como una niebla hasta que una palabra, tal vez leve, adense y afirme lo que pugnaba por brotar: ”¿No habéis oído cómo hablan los enamorados?  Antes de que hable el amor, ¡qué brotes de vida en todas las ramas del sentido! ¡Cómo quieren hablar los ojos!… y cuando se cruzan sus miradas ardientes, ¡qué silencio!  Y brota por fin una música animada, ¡oh, maravilla!, una  palabra”. La palabra es el medio en el que se lleva a cabo un acto de comunión.

PALABRAS VIVAS                                                                                                                                                            Dios llamó al hombre a la vida, y le dio inteligencia y libertad para  responder a su apelación. Tener el don de la palabra significa estar inserto dinámicamente en un mundo relacional, en el que cada realidad está vinculada con otras muchas que tejen una red inabarcable de acontecimientos. Por eso deberíamos hablar con respeto y reverencia y sólo con palabras auténticas, que son las creadoras de verdadera vida. Para el poeta catalán la palabra es sagrada, pues el hecho de adensar un ámbito de vida supone que ha nacido merced a la luz de la inspiración y refleja algo de la luz infinita que creó el mundo:  ”¡Oh!, ¡qué cosa tan sagrada! Dice San Juan: «En el principio era la palabra, y la palabra estaba en Dios»: y dice que por ella fueron hechas  todas las cosas: y que la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. ¡Qué abismo de luz, Dios mío!”. También Malberg y Ferdinand Ebner sacralizan el lenguaje: “La  aparición de la capacidad lingüística resulta igual a la hominización.

Así la verdad del primer versículo del Evangelio de Juan “En el principio era la palabra” adquiere su confirmación”. “Dios creó al hombre cuando le habló. Lo creó mediante la palabra, en la que estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, como leemos en el prólogo del evangelio de Juan. Que Dios creó al hombre no quiere decir otra cosa que se dirigió a él hablándole. Creándolo le dijo: Yo soy y por Mí eres tú.    En cuanto Dios habló así al hombre y mediante la palabra en la divinidad de su origen plantó en él el yo, creándolo en su relación al tú, llegó el hombre a ser consciente de su existencia y de su relación con Dios”.

“El amor de Dios, que creó al hombre mediante la palabra, en la que estaba la vida, se concretó en la palabra para salvar al hombre, es decir, se hizo aquí patente, hecho histórico en la encarnación de Dios y en la palabra del Evangelio”.  La palabra sólo tiene capacidad de crear vínculos cuando el hombre cumple las exigencias del encuentro: generosidad, disponibilidad, apertura y sencillez de espíritu, estar a la escucha y  responder a la apelación de lo valioso…

La palabra dicha con amor instaura un campo de intercambio creador, de encuentro, y constituye una fuente de sentido: “La palabra auténtica es siempre expresión del amor.  Toda desgracia humana en el mundo viene de que los hombres rara vez aciertan a decir la palabra adecuada.  No hay sufrimiento humano que no pudiera ser desterrado por la palabra precisa y no hay en toda desgracia de esta vida otro consuelo real que el que procede de esta palabra atinada. La palabra sin amor es un abuso humano del don divino de la palabra.  Pero la palabra que es expresión de amor es eterna”.

Autor Joan Maragall, Editado por COEC

¿Casarse? ¡La gran decisión!

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MATRIMONIO

 

La boda dura un día y el matrimonio toda la vida ¿Cual es la clave para tomar adecuadamente esta decisión fundamental en la vida?

El matrimonio visto a través de los siglos 
“En el siglo II dijeron los gnósticos: no os caséis porque la carne, que es materia, es mala. En el siglo III dijeron los maniqueos: el matrimonio es invención del demonio. En el siglo IV dijeron los priscilianistas: el matrimonio es incentivo de la concupiscencia. En el siglo V dijeron los pelagianos: el matrimonio es malo porque propaga el pecado original” (Torres, A.) Pero ya en el sexto día de la creación dijo Dios: “Procread y multiplicaos” (Gen. 1, 28), y Dios fundó el matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y vendrán a ser los dos una sola carne” (Gen. 2, 24).

Tomó Jesús este matrimonio y, en los días de su convivencia con los hombres, lo elevó a la categoría suprema de sacramento. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC canon 1055, 1). El matrimonio es un sacramento instituido por Cristo y como tal es una llamada a vivir con El y en El. De tal forma al ser un llamado, una vocación, es la manera de llegar a El a través del esposo si se es mujer y de la esposa si se es hombre. El matrimonio es un camino cuya meta es llegar al Cielo y presentarse ante Dios siendo responsables uno de la salvación del otro.

Casarse es darse
La boda dura un día y el matrimonio toda la vida, parece que muchos ni lo piensan. Se prepara la Iglesia, el coro, las flores, el automóvil, el jardín o salón, el grupo musical, el fotógrafo, el video, el vestido, se piensa en todo y se cuida hasta el detalle más pequeño… todo debe estar listo con anterioridad para ese gran día, y vaya que lo es. Pero ¿qué pasa con los preparativos para los días, meses, años, décadas después de la boda? ¿Qué acaso los novios, futuros esposos no son realmente conscientes de que el matrimonio requiere aún mucha más preparación para hacer frente a todas las situaciones que se presentaran y que consigo lleva?

¡Cuántos jóvenes piensan al salir de la Iglesia: “En fin, ya nos hemos casado, ya conseguimos nuestro propósito, se acabó todo, ya sólo nos toca cosechar alegría!” No saben que todo empieza entonces, que no han llegado sino que parten. Ignoran que deberán casarse cada día para lograr ser “uno”. No creen que muy pronto se desengañarán el uno del otro si no se ofrecen, en Dios y por Dios, un amor infinito.

¡Cuántos y cuántos problemas surgen cuando no se tiene en claro lo que es el matrimonio! Este, al igual que la vida es lucha, sacrificio, entrega. Responder al llamado del matrimonio no es nada fácil, no se trata de jugar a la casita, se trata de edificar un hogar que con el fuego del amor moldeé los corazones y la vida de los seres que lo habitan de tal manera que encuentren el camino verdadero de la felicidad. Casarse es aceptarse mutuamente, unirse a otro, en los tres planos del ser: el físico, el sensible, el espiritual; es convertir al otro en el centro de su vida y juntos convertir a Dios en el centro de su matrimonio. La palabra clave del matrimonio es “donación”, darse, entregarse por completo, sin reservas de ninguna especie. Pero para darse es preciso poseerse, poseer el propio cuerpo, el corazón y espíritu. El amor es infinito por lo que nunca acabarás de amar, ni de darte, ni de poseerte, pues la conquista del espíritu nunca termina; por tanto, nunca habrás acabado de casarte.

No es fácil conquistarse, poseerse, darse, amar… de verdad, pero al casarte tendrás junto con la persona que elegiste, toda la vida para ayudarse mutuamente a amar.

Es triste… si vemos a nuestro alrededor,  encontramos muchas parejas, muchos matrimonios y pocos amores. Como menciona Michel Quoist “Encuentras muchas parejas, que caminan – la mano en la mano- porque es fácil unir los cuerpos; encuentras menos caminando con el corazón compenetrado, porque es más difícil amarse con ternura; encuentras muchísimas menos uniendo estrechamente lo más íntimo que en ellos hay, puesto que poquísimos casaron su alma”.

Amar es dialogar, es abrirse al otro
Y es que casar el alma es comunicarse confidencialmente, todas las ideas, reacciones, impresiones, dudas, arrepentimientos, proyectos, sueños, alegrías, desánimos… todo el mundo interior de cada uno; es ser un libro abierto para el otro: es mediante la confidencia sincera como podrán unirse: Quien permanece cerrado en sí mismo, no podrá amar.
Cuesta trabajo, sin embargo, has de entregar cuanto está en ti y no se ve desde fuera. Decidirse a amar es decidirte a romper tu autonomía individual, es aceptar la invasión de tu soledad.

¡Qué difícil! Abrir el corazón y desnudar el alma, permitir que otro descubra nuestro yo, que llegué hasta ahí donde no todo es hermoso, donde se encuentran nuestros miedos, dudas, defectos. ¡Qué difícil! Sobretodo si no nos damos cuenta de que es así donde el otro empieza a amar de verdad pues descubre, conoce y acepta al otro como ser humano y decide amarlo así como es y como puede llegar a ser.
Si quieres amar has de resignarte a tu transformación, pues el amor te da una nueva manera de ver, sentir, obrar, comprender, rogar; una manera totalmente distinta y complementaria que te enriquece y que enriquece a quien has elegido amar para la eternidad.

Cásate con toda la persona 
Es la donación cotidiana de amor la que fecunda al hombre y a la mujer, no en el plano plenamente físico sino en todos los planos. No podemos olvidar que la ruta del amor va del cuerpo al espíritu, de lo finito a lo infinito, de lo temporal a lo eterno. Del mismo modo, afirma Michel Quoist, tu amor debe elevarse progresivamente en calidad ya que si te casas con un cuerpo, pronto habrás acabado el descubrimiento y desearás otro cuerpo; si te casas con un corazón, pronto lo habrás agotado y te sentirás atraído por otro; pero si te casas con “un hombre” si eres mujer y con “una mujer” si eres hombre, más aún con “un hijo o hija de Dios” entonces, si quieres, tu amor será eterno; puesto que es lo infinito que se coloca más allá de ellos mismos lo que permite a un hombre y a una mujer a eternizar su amor y así cada uno será apto para el amor y serán para el otro inagotables.

Casarse es un acto de voluntad
“El consentimiento matrimonial consiste en “un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente”: “Yo te recibo como esposa” – “Yo te recibo como esposo”. Este consentimiento que une a los esposos entre sí, encuentra su plenitud en el hecho de que los dos “vienen a ser una sola carne” (CIC no.1627)
“El consentimiento debe ser un acto de voluntad de cada uno de los contrayentes. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento” (CIC no. 1628)

Si casarse y amarse es una decisión, es un acto de voluntad ¿por qué no tomar esa decisión diaria? y renovar así el compromiso de amor dado.
Amar es una aventura, quien decide y compromete en un instante todo su futuro para vivir y amar a otro ser humano por siempre ha contraído la gran tarea de amar y amar hasta que duela como afirma la Madre Teresa; no se vale “amar” mientras sienta bonito, se trata de la decisión de AMAR siempre, pase lo que pase, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…

Es el amor verdadero el que dará paz, alegría, tranquilidad, seguridad, confianza y felicidad verdadera. Si sientes el llamado a formar una familia con aquel o aquella a quien Dios a puesto en tu camino y con quien tu has elegido, no tengas miedo, hazlo, pero sé consciente de que es una decisión de amor para toda la vida.

 

Autor  María  del Rosario G. Prieto Eibl

 

 

Levántate, no tengas miedo!!

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Reseña Perú 21 que el milagro clave para la canonización de Juan Pablo II fue el de Floribeth Mora, una mujer de 50 años desahuciada en 2011 por un aneurisma. Le llevaba rezando al difunto Papa desde 2005 y, cuando se enteró de que le quedaba un mes de vida, según el diagnóstico de la ciencia, le pidió al beato no morir. Y, dicho y hecho, en plena ceremonia de beatificación, hace apenas tres años, Juan Pablo II le concedió el milagro vía satélite: ¡Levántate, no tengas miedo! Y, pues, ella se levantó y ya estaba curada, ante el asombro de los médicos incapaces de encontrar una explicación científica ante lo que parecía “inevitable”.

La fe no se discute. Quien lo hace es un tonto. Por eso es que yo creo, es decir, tengo fe de que el milagro clave para la canonización de Juan Pablo II haya sido su liderazgo político y espiritual en la derrota del comunismo. Ese sí que fue un milagro.

Juan Pablo II llegó a la sede de San Pedro en 1978. Yo tenía trece años y era la primera vez que sentí la conmoción de que se muriera un gran personaje. Fue también la primera vez que caí en cuenta de que, como decía mi madre, tenía “una sensibilidad especial” pues no recuerdo que a mis condiscípulos el hecho de la muerte de Paulo VI los haya alterado demasiado. Como en mi corta vida no había visto más Papa que ese, su desaparición de la escena internacional me hizo cobrar conciencia de que los grandes personajes no solo se morían en los libros de Historia. Para mí fue todo un acontecimiento.

Luego fue elegido Papa Juan Pablo I. Ya nadie lo recuerda, pues su pontificado duró apenas 33 días. Fue una tragedia que, más que conmoción, causó desconcierto y, luego, chismografía barata para teorías de la conspiración. Entonces, en octubre de 1978, ascendió Juan Pablo II. Venía de Polonia, un satélite comunista de la Unión Soviética y cuya capital era el símbolo de la coalición militar comunista más grande del planeta: el Pacto de Varsovia.

Los años 70 del siglo XX, en los que viví mi niñez y adolescencia, marcaron el cenit del comunismo capitaneado por la Unión Soviética en el mundo. Estados Unidos había perdido por primera vez una guerra en Vietnam, cuyo fin para los americanos apenas se produjo en 1973, con los acuerdos de paz de París. A la derrota militar de Estados Unidos por los comunistas se sumó el descrédito internacional de los valores de la gran potencia que lideraba el “mundo libre”. El remate fue Watergate y la renuncia de Nixon en 1974. Luego vino el desastre de Jimmy Carter, la caída del sha de Irán y la invasión de Afganistán por la Unión Soviética, en 1980.

Lo que quiero transmitirles es que, cuando Juan Pablo II fue elegido Papa, el primer polaco de la historia tras 455 años de un último Papa no italiano en la sede de San Pedro, la sensación generalizada en el mundo era que el comunismo y la Unión Soviética le estaban ganando la partida a las democracias occidentales y a los Estados Unidos, es más, que el comunismo era indestructible y que lo único que cabía apenas era “contenerlo”. Así por lo pronto lo creyó alguien de las luces intelectuales y políticas de Henry Kissinger, secretario de Estado de Nixon, impulsor de la filosofía de la “Detente”. Y si lo creía Kissinger, ¿qué nos quedaba al resto?

El que no lo creyó fue Juan Pablo II. Dotado de una voluntad de hierro y del don de un carisma fuera de serie, el Papa polaco tuvo la virtud fundamental de conectar con las masas, coto de caza del comunismo. Lo de coto de caza no es una metáfora así como tampoco lo es que Juan Pablo II se haya convertido en pastor de un rebaño universal al que los comunistas pretendían esclavizar con la carnada de la “liberación de los pueblos”. Chocó directamente con ellos en sus 104 viajes alrededor del mundo, y denunció sin ambages su régimen de terror y su desprecio por los derechos humanos. La fe en un mundo mejor dejó de ser patrimonio de los comunistas, socialistas y “revolucionarios” de todos los pelajes y, a partir de entonces, su reinado de embustes tuvo los días contados.

En 1989 cayó el muro de Berlín, “símbolo del progreso de los pueblos”. Y, dos años después, un 25 de diciembre de 1991, se arrió, sin pena ni gloria, la bandera roja de la hoz y el martillo en el Kremlin, poniéndole fin a 70 años de un “destino” que se decía “inevitable”.

Que el comunismo haya muerto un día de Navidad y que un Papa, salido de las entrañas de su alianza militar, haya sido su peor enemigo y testigo de su ruina es para mí un hecho extraordinario. “No tengas miedo: ¡levántate!” fue el milagro que venció al comunismo. Tanto como el de la fe de Floribeth Mora, sentenciada a lo “inevitable”.

 

Autor: Ricardo Vásquez Kunze, Desayuno con diamantes

 

Mujer: ¿Quién eres?

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La mujer es un misterio insondable: interioridad rica y oculta, complicada y maravillosa. Un misterio de grandeza por su capacidad de don, entrega, anhelo de perfección, aprecio y conservación de la vida.

Tu dignidad

A diferencia de los animales, el ser humano posee por esencia una naturaleza racional. La actividad que el ser humano realiza es una manifestación de las facultades que posee por su alma espiritual. Digno es lo que tiene valor en sí mismo y por sí mismo. La persona por el simple hecho de ser persona es un ente amable, es decir, a una persona se la respeta, se la aprecia, se la ama, en cuanto es persona; solo por ser persona. Así, tu mujer, por ser persona posees una dignidad única que ha de ser respetada siempre. El fundamento de la dignidad humana es el sujeto permanente, más para los cristianos, la última raíz de la dignidad humana reside en su carácter de imagen de Dios, llamado por El a participar de su gloria: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (Gaudium et Spes, n. 19). Hay igualdad absoluta en la dignidad del hombre y de la mujer, pues la dignidad radica en la persona en cuanto es persona.

¿Cómo eres mujer?

Es diferente y debe serlo para no ser un monstruo que imita. La mujer tiene la misma dignidad del hombre, más tiene características específicas que hacen de la mujer, mujer. González, L. en su libro “Formación de Valores” menciona desde características generales, físicas, sensitivas, cognoscitivas, hasta volitivas, religiosas y morales de la mujer. Citemos algunos de estas:

En lo general la mujer es bondadosa, perseverante, con deseos de ser sostenida y acompañada, con deseos de seguridad y de evitar riesgos, su máximo es amar y sentirse amada…

En lo físico, la mujer está hecha para conservar la vida, recogerla, hacerla germinar, florecerla, perfeccionarla, posees instinto maternal y cuidado directo de los hijos, mayor sensibilidad a estímulos afectivos, voz de timbre agudo, complexión fina… En el ámbito sensitivo, la mujer es afectuosa con deseo de ser cortejada, capta lo particular, los detalles, lo pequeño, lo próximo.

En el ámbito cognoscitivo, en la mujer predomina la captación por los sentidos, la intuición, tiende a lo subjetivo y personal, fija su atención en lo concreto, su pensamiento es profundo, vive de experiencias… En el ámbito de la voluntad, la mujer es movida por la compasión y la misericordia, se le convence llegándole al corazón, vive por algo, se enfrenta con gran resistencia al sufrimiento. En el ámbito religioso, la mujer trata de sentir más a Dios, ora con el corazón, es piadosa…En el aspecto moral, es suave, tierna, apegada a sus principios, atenta, dócil, compasiva…. Estos son sólo algunos ejemplos de ciertas características que, según el autor antes mencionado, predominan en la mujer por ser mujer, habrá que cultivarlas y hacerlas florecer ya que se encuentran en lo más íntimo de la belleza de aquella creatura capaz de dar la vida.

¿Cuál es tu misión?

Ser muy femenina para construir el mundo. De acuerdo a las características específicas de tu sexo, por naturaleza, tienes actividades propias de mujer.

Mujer, no puedes quedar descartada de ninguna actividad humana, en ninguno de sus aspectos, ya que por tu propia manera de ser –mujer–, le das aquel sentido vivo, maternal, acogedor y realizador que necesitan las obras de la tierra.

Si quieres cumplir tu misión debes ser “misterio” para el hombre; debes ser una mujer en todo el sentido de la palabra, una mujer de las que por lástima hoy hay pocas: una mujer de carácter, íntegra, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se arredre ante las dificultades.

Una joven de carácter HOY, en un tiempo en que sobran las mujeres de alma quebrada, que no sienten interés por ningún problema espiritual, cuya única preocupación parece ser qué traje usarán y cómo se peinarán.

Una joven de carácter es aquella que tiene principios nobles y permanece firme en ellos, aun cuando esta perseverancia fiel le exija sacrificios; a pesar de millares y millares de ejemplos adversos y malos. Y esto se logra con una voluntad que hay que educar teniendo como fuerza un gran ideal.

Michel Quoist nos hace reflexionar cuando nos dice al hablar sobre la mujer, que lo que ella es para el hombre en la construcción del hogar, lo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. Eres tu la que forma hombres, eres, quien debe recordar al mundo que sería monstruoso si desdeñara el alma humana; tu amor deberá estar presto a todos los sacrificios con tal de redimir y salvar a quien se pierde, debe ser testimonio del poder del amor redentor.

Mujer, has de hacer que el hombre se “CASE” con tus ideas, con tu dulzura, con tu gracia… para dar vida a las organizaciones, a las leyes, a los reglamentos y educar un mundo en el que los hombres puedan desarrollarse y alcanzar la más plena felicidad.

¿Qué quieres ser? ¿Casarte? ¿Ser madre? ¿Será otra tu vocación?

Amar y enseñar a amar. Al realizar la misión de mujer en el matrimonio, la primera responsabilidad es alegrar al hombre que en ti haya puesto su fe. Tu serás su alegría, su paz, su reposo. Sin embargo, no es el único modo de realizar tu misión, hay otros dos caminos: la vida religiosa y el celibato. Cualquiera que sea la vocación a la que respondas, has de tener en cuenta que llevas en tu ser el don maravilloso de dar la vida, has de llevar y engendrar “lo humano”; no olvides nunca que es dándose a los otros en la vida diaria como descubrirás la vocación profunda de tu vida, tu ves al hombre con el corazón, transforma el suyo. Y ante todo mujer, sé siempre mujer y valora serlo, porque ser mujer es la maravilla más grande, es ser el alma de la humanidad, en tus manos está el recordarle al mundo entero que existe el amor y que es por lo único que vale la pena vivir y morir.