Adviento: en la espera del Señor


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Dios todo poderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañado por las buenas obras

Quizá hayamos tenido la experiencia de lo que es caminar en la noche y desplazarnos kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz en la lejanía que representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta apreciar en plena oscuridad las distancias! Lo mismo puede haber un par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, que unos pocos cientos de metros. En esa situación se encontraban los profetas cuando miraban hacia delante, en espera de la redención de su pueblo. No podían decir, con una aproximación de cien años ni de quinientos años, cuando habría de venir el Mesías. Sólo sabían que en algún momento la estirpe de David retoñaría de nuevo,  que en alguna época se encontraría una llave que abriría las puertas de la cárcel; que la luz que solo se divisaba entonces como un punto débil en el horizonte se ensancharía al fin hasta ser  un día perfecto. El pueblo de Dios debía estar a la espera.

Esta misma actitud de expectación desea la Iglesia que tengamos sus hijos en todos los momentos de nuestra vida. Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando al futuro, aunque hayamos ya cumplido el segundo milenio de aquella primera Navidad,  que la liturgia nos presenta inminente. Nos alienta  a que caminemos con los pastores en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén.

Cuando el Mesías llegó, pocos le esperaban realmente. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Muchos de aquellos hombres se habían dormido para lo más esencial de sus vidas y de la vida del mundo.

Estad vigilantes, despertad, porque también nosotros  podemos olvidarnos de lo más fundamental de nuestra existencia.

Convocad a todo el mundo, anunciadlo a las naciones y decid: Mirad a Dios nuestro salvador que llega. Proclamadlo con fuerte voz.

La Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación para que nos preparemos a celebrar de nuevo la Navidad y, a la vez, para que con el recuerdo de la primera venida de Dios hecho hombre al mundo estemos atentos a esas otras venidas de Dios al final de la vida de cada uno de nosotros y al final de los tiempos. Por todo esto, el Adviento es tiempo de preparación y de esperanza.

Celebrar el Adviento significa despertar a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Para ello hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo está amparada por una misericordia amorosa, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios.

Quienes celebren así el Adviento podrán hablar con derecho de la Navidad feliz, bienaventurada y llena de gracia. Y conocerán cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval».

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