La Iglesia es mi Madre y la amo con locura

Lamentablemente los abusos sexuales cometidos dentro de la Iglesia han generado en diversos ámbitos comentarios que expresan -con una mezcla de dolor y desprecio- el repudio de los feligreses tanto hacia los abusos cometidos por malos sacerdotes como también por el ocultamiento de esos abusos por parte la Jerarquía. Ha quedado una especie de mancha oscura que será difícil de quitar y que lamentablemente – para muchos – pareciera justificar ese triste dicho: “Cristo, sí; Iglesia, no”.   Y qué hacer ante este grave resquebrajamiento de la moral, dentro de nuestra Iglesia?

Lo primero y antes que nada: no dejemos de amar a nuestra Madre la Iglesia. Porque ella con gran dolor pero también con ese amor de Madre, como no ha de acoger a todos sus Hijos???
Me parece que este concepto debe ser la brújula que nos oriente para no confundirnos y para no hacerles el juego a todos sus enemigos.
En este sentido cobran renovado valor las cinco fundamentaciones  que José Luis Martin Descalzo nos expusiera en su artículo  La Iglesia es mi Madre y la amo con locura:                  

 1. Amo a la Iglesia porque salió del costado de Jesucristo.

¿Cómo podría no amar yo aquellos por lo que Jesús murió? ¿Y cómo podría amar a Jesucristo sin amar, al mismo tiempo, aquellas cosas por las que Él dio la vida? La Iglesia, buena, mala, mediocre, santa y pecadora fue y sigue siendo la Esposa de Jesucristo. (…)

2. Amo a la Iglesia porque ella y sólo ella me ha dado a Jesucristo y cuanto sé de Él.

Ella no es Jesucristo, ya lo sé. Él es el absoluto, el fin; ella, sólo el medio. (…) Ella es la  única esposa que Jesucristo conquistó con su sangre y en cuyo seno renacemos para la gloria, con cuya leche nos amamantamos, cuyo pan de vida nos fortalece, la fuente de la misericordia con la que nos sustentamos (san Agustín).     Cómo podría no amar yo a quien me transmite todos los legados de Jesucristo: la Eucaristía, la Palabra, la Comunidad de mis hermanos, la Luz de la esperanza, la entrañable Misericordia?  Pero su historia es triste, está llena de sangres derramadas, de intolerancias impuestas, de legalismos empequeñecedores, de maridajes con los poderes de este mundo, de jerarcas mediocres y vendidos… Sí, sí, es cierto. Pero también está llena de santos.

3. Amo a la Iglesia porque está llena de santos.

La Iglesia es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que gracias a sus santos la compañía no ha quebrado. Es cierto, los santos son la Iglesia, son los que justifican su existencia, son los que no nos hacen perder la confianza en ella.
Ya sé que la historia de la Iglesia no ha sido un idilio. Pero, a fin de cuentas, a la hora de medir a la Iglesia a mí me pesan mucho más los sacramentos que las cruzadas, los santos que los Estados Pontificios, la Gracia que la Inquisición… ¿Estoy diciendo con esto que amo a la Iglesia invisible y no a la visible? No, desde luego. Pienso que tenía razón Bernanos al escribir: La Iglesia visible es lo que nosotros podemos ver de la invisible y que como nosotros tenemos enfermos los ojos sólo vemos las zonas enfermas de la Iglesia.
Nos resulta más cómodo. Si viéramos a los santos, tendríamos la obligación de ser como ellos. Nos resulta más rentable tranquilizarnos viendo sólo sus zonas oscuras, con lo que sentimos, al mismo tiempo, el placer de criticarles y la tranquilidad de saber que todos son tan mediocres como nosotros.

4. Amo también a la Iglesia porque es imperfecta.

No es que me gusten las imperfecciones de la Iglesia, es que pienso que sin ellas hace tiempo que me habrían tenido que expulsar a mí de ella. A fin de cuentas, la Iglesia es mediocre porque está formada por gentes, como tú y como yo. Por fortuna, la Iglesia es como una casa de familia donde existe el desorden que hay en todas las casas, siempre hay sillas a las que falta una pata, las mesas están manchadas de tinta, los tarros de confite se vacían misteriosamente en las alacenas, todos lo conocemos bien por experiencia.
En rigor tengamos, pues, cuidado, con todas estas críticas, no sea que nuestras críticas y fallos se conviertan en heridas de la Iglesia.

5. Amo a la Iglesia porque es mi Madre

Ella me engendró, ella me sigue amamantando. San Atanasio se agarraba a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo. El filósofo Orígenes, decía que la Iglesia ha arrebatado mi corazón; ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos.
Amo a la Iglesia, estoy con sus torpezas, con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos, con su túnica llena de pecados y manchas.
Amo a sus santos y también a sus necios.
Amo a la Iglesia, quiero estar con ella.
Oh, madre de manos sucias y vestidos raídos,
cansada de amamantarnos siempre,
un poquito arrugada de parir sin descanso.
No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja
nos lleven a otros puertos.
Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos, sino tu sangre derramada al traernos.
Pero eso cada arruga de tu frente nos enamora
y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.
Y hoy, al llegar cansados, y sucios, y con hambre, no esperamos palacios, ni banquetes, sino esta casa, esta madre, esta piedra donde poder sentarnos.

(*)El autor José Luis Martín Descalzo (1930 – 1991) fué un Sacerdote, escritor y periodista.
Este artículo es una adaptación basada en la publicación Id y Evangelizad nº 61.