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Que esperamos de la buena Política

politicaÉtica: Qué esperamos de la “buena” política

 De todas las actividades humanas, la política, por lejos, es la más relevante y excelsa, pues se dedica a realizar acciones y promover leyes para lograr el bien de todos los ciudadanos.

Quien se dedica a la política está llamado, por la naturaleza de su cargo, a generar políticas públicas de corto, mediano y largo plazo, tendientes a que todos y cada uno de los ciudadanos logre la máxima realización de su vida personal, familiar y social. Ello a través tanto de su esfuerzo personal y de las condiciones que la sociedad ofrece para la consecución de tales nobles fines.

La política como servicio a los ciudadanos

El político logra acceder al espacio que le permite generar influencia a través del voto de los ciudadanos, a los que se debe. Desde este punto de vista, es mucho lo que los ciudadanos esperan de quien se dedica a la política.

En primer lugar, que tenga clara consciencia del impacto que tiene para las personas su actuar y la urgencia de que esté solo inspirado en mejorar la situación de vida de la población y no por intereses personales.

Quien se dedica a la política debe estar libre toda presión de cualquier grupo económico o ideológico que quiera imponer sus intereses personales a los intereses de la comunidad.

Las virtudes que se esperan en el buen político

Quien se dedica a la política debe ser una persona creíble y para ello debe estar dispuesto al escrutinio público de su vida. Sería muy contradictorio que tuviera un discurso en el ámbito de político y otro, con los hechos, en la vida privada. Al hombre y la mujer que se dedica a la política se les exige virtudes superiores porque con su actuar rige el destino de muchas personas.

Debe tener una mirada de conjunto de la sociedad de tal manera de no dejarse llevar por la urgencia, o bien por la conveniencia política de cara a la mera obtención de votos. Ello exige convicciones profundas y bien arraigadas, que se defienden incluso en contra de su propio beneficio. Es decir, se le exige coherencia.

Las formas de la política                                                                                               

Quien se dedica a la política debe tener y vivir principios pre políticos fundamentales para poder ejercer su cargo de buena manera.

La cortesía, un lenguaje adecuado, amplios conocimientos de la materia que se está tratando, saber escuchar, saber encontrarle la razón incluso al contrincante político, así como nunca usar la fuerza ni atentar contra la buena fama de otros, son valores que han de estar siempre presentes, pues constituyen la base desde la cual se puede ejercer el derecho a opinar, disentir y actuar en consecuencia.

El hecho de que muy pocos jóvenes se quieran dedicar a la política es muy grave y debiese llevar a un profundo análisis de lo que está ocurriendo en el mundo político que lleva las riendas del país.

Les dejo una pregunta para reflexionar. La “buena política” es un pilar fundamental para el desarrollo del país, ¿cómo atraer a nuevas personas, particularmente los jóvenes, a hacer del servicio a los demás, a través de la política, una forma de vida?

Autor Monseñor Fernando Chomali, Arzobispo de Concepción

 

Informalidad de la Economía contribuye a la corrupción

Lucha contra la corrupción – VIII Cumbre de las Américas

 

—¿Qué ansía el corrupto de esta región: dinero o poder? 
Hay un fenómeno de ambición económica detrás de la corrupción, pero el poder también es atractivo. La corrupción no es un fenómeno que tiene que ver con nuestra cultura, raza, región o desarrollo económico. Corrupción hay en todos los países, la diferencia entre unos y otros es cómo reaccionan las instituciones y la sociedad ante un hecho de corrupción.

—La corrupción existe desde siempre, ¿pero es mayor en estos tiempos? 
No sé si hay más corrupción, sino que es más visible ahora. Lo que estamos viviendo es un fenómeno distinto, que trasciende las fronteras de un país y afecta a todos en la región. Odebrecht ha declarado que ha entregado fondos para financiamientos de campaña a todos los países de la región.

—¿Por qué no hemos sido capaces de afrontar este mal?
Bueno, ha habido avances en las regiones en materia de legislación, se han creado oficinas anticorrupción o las comisiones de ética. El problema es que necesitamos poner en práctica esas instituciones y aplicar esas leyes. Muchas veces se crean las oficinas anticorrupción o se nombran fiscales anticorrupción solo para decir: “Miren, ahora ya tenemos fiscal”, pero ese funcionario no tiene presupuesto, ni tecnología, ni independencia y tampoco las herramientas procesales, entonces solo es figura decorativa. Es hora de implementar lo que está escrito. Los compromisos no deben ser palabras tiradas al aire.

—¿Es más difícil luchar contra la corrupción en un país con instituciones débiles y mucha informalidad, como el Perú? 
La informalidad de la economía es otro factor que contribuye a la corrupción porque el dinero que se mueve no está bancarizado. Hay que generar instituciones fuertes con independencia. Luchar contra la corrupción es como jugar al ajedrez: las piezas negras también juegan y hay muchos intereses que tratan de paralizar los avances. Se debe estar atento porque hay leyes de amnistías, sobreseimientos y perdones presidenciales.

—¿La corrupción es un tema prioritario para la ciudadanía? Pareciera que todo se normaliza
Una tendencia es la manifestación popular contra la corrupción. La gente se ha dado cuenta de que es la víctima final de estos actos. Desde la sociedad civil tenemos que encontrar los mecanismos para que la energía de la gente se manifieste también cuando pasa el momento de la indignación. Mecanismos como el uso de redes, de plataformas tecnológicas de transparencia contribuyen a que la ciudadanía esté atenta.

—En Brasil hubo manifestaciones contra la corrupción el año pasado y ahora las hay a favor de Lula. Roba pero hace obra…
Hasta que no se cambie ese mensaje no vamos a cambiar los candidatos que tenemos. Cuando digamos: “Vamos a votar por gente honesta, transparente y no vamos a tolerar la corrupción”, en ese momento empezaremos a tener otro tipo de políticos. Los políticos no vienen del planeta ‘Corruptón’, son nuestros vecinos, alumnos, colegas.

—¿Por qué cruzan la frontera?
La ambición de poder, de quedarse, la tentación de “Si todos lo han hecho, ¿por qué yo no, ahora que estoy en el poder?”. La justificación de “No robo para mí, robo para el partido”, o “Robo para la campaña”. Todos estos mecanismos generan los incentivos perversos que hacen que muchos se mantengan en esquemas de corrupción.

—La corrupción continuará en los próximos años, según el 80% de peruanos.
No creo que la corrupción termine. Esta cumbre tiene el reclamo de que hay que revisar el financiamiento de la política. La relación dinero-política es el tema clave. Creo que con el Caso Lava Jato los empresarios recibieron el mensaje.

 

Lucha contra la corrupción – VIII Cumbre de las Américas, Lima – Perú
Autor: Delia  Ferreira, Presidenta de Transparencia Internacional

Adoro te, devóte, latens déitas

adoro te devote

Adoro te devote es uno de los cinco himnos que Santo Tomas de Aquino compuso en honor de Jesús en el Santísimo Sacramento a solicitud del Papa Urbano IV  con motivo de haber establecido por primera vez la Fiesta del Corpus Christi en 1264. El himno se encuentra en el Misal Romano como una oración de acción …

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.
En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.
¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.
Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

Original latino:
Adóro te, devóte, latens déitas,   quæ sub his figúris vere latitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit,   quia te contémplans totum déficit.
Visus, tactus, gustus in te fállitur,   sed audítu solo tuto créditur;
credo quidquid dixit Dei Fílius:   nil hoc verbo veritátis vérius.
In Cruce latébat sola déitas,  at hic latet simul et humánitas; ambo tamen credens atque cónfitens,   peto quod petívit latro pœnitens.
Plagas, sicut Thómas, non intúeor,  Deum tamen meum te confíteor; fac me tibi semper magis crédere,  in te spem habére, te dilígere.

¡ O memoriále mortis Dómini!  Panis vivus, vitam præstans hómini;  præsta meæ menti de te vívere,  et te illi semper dulce sápere.
Pie pellicáne,  Iesu Dómine,  me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere    totum mundum quit ab omni sælere.
Iesu, quem velátum nunc aspício,  oro, fiat illud quod tam sítio; ut te reveláta cernens fácie,   visu sim beátus tuæ gloriæ.
Amen.

 Meditación: Un Dios escondido                                                                                                                                                                                       Autor: Monseñor Francisco Fernández-Carvajal                                                                                                                                           Adaptación: Editor Coec

Magnanimidad

???????????? La magnanimidad es una disposición hacia dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad. El ánimo grande, la magnanimidad, es el valor que convierte a un simple ser humano en un héroe.

No debemos confundir una grandeza de ánimo con una motivación extraordinaria e impulsiva para realizar algo, los valores se practican independientemente del buen humor y entusiasmo con que recibimos el día y de la simpatía que tengamos por las personas.

En el momento que vivimos estamos propensos a conformarnos con lo que somos: calculadores y egoístas, orientando nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes materiales y a la búsqueda de riqueza… para lograr esto último no hace falta magnanimidad porque la ambición es suficiente. Un ánimo grande se caracteriza por la búsqueda de su perfección como ser humano y la entrega total de su persona para servir a los demás desinteresadamente.

Un ánimo grande aleja de sí toda envidia y resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia, y sobre todo, la alegría y los buenos modales son rasgos característicos de su personalidad.

¡Qué grandeza de espíritu tiene quien sabe perdonar sinceramente!, sin detenerse a considerar la naturaleza de la ofensa o el mal recibido, comprende y olvida para vivir en armonía con sus semejantes, sabe que al liberarse de esta pesada carga enseña a los demás a vivir el perdón y está en condiciones de lograr la propia paz interior.

Para el magnánimo no existen tareas de ínfima categoría o el temor a cuidar lo que podría denominarse “buena imagen”, actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal: ayuda a quien goza de menor simpatía en un grupo; saluda con cortesía, cede el paso, o sirve en la mesa al empleado y al amigo por igual; se presta para mover muebles o bultos; asiste con regularidad a sus prácticas religiosas aunque en el medio en que se desenvuelve no sea bien visto.

Toda empresa es un gran reto y las hay de todos tipos, pero las de naturaleza humana son las primeras que deben interesarnos para sacar adelante: los hijos son la empresa para los padres, los alumnos al maestro, los empleados y trabajadores al director de la compañía, el cónyuge, el amigo… ¿Acaso no tenemos deseos de verlos prosperar y ser mejores? El verdadero triunfo de la magnanimidad está en ver por el bienestar de los demás sin medirlos por el beneficio material que puedan retribuir.

Muchas veces pretendemos que las personas mejoren por sí mismas, nos concentramos tanto en sus defectos de carácter, fallas, errores y los convertimos en pretexto para dejar de ayudarlos, nos falta empeño para corregirlos, enseñarles y hacerles entender lo que haga falta para que salgan de esa situación que tanto les afecta. Si son muchos los inconvenientes que vemos en quienes nos rodea, es mucho lo que tenemos que trabajar personalmente en la magnanimidad, para comprender mejor, para servir más…

Sería absurdo pensar que este valor excluye otras realidades de nuestra vida, que también son empresas y retos a alcanzar, como perfeccionar y acrecentar nuestros conocimientos, aspirar a un mejor puesto laboral y alcanzar una posición económica desahogada. ¿Es que estas aspiraciones van en contra de la magnanimidad? Por supuesto que no, se desvirtúan por la intención con que se realizan. Todo aquello a lo que aspiramos, dinero, conocimientos, posición, influencia, deben tener como finalidad un servicio para el prójimo.

Es muy difícil entender el servicio si pensamos únicamente en un beneficio inmediato y personal, lo correcto es enfocar nuestro esfuerzo para traspasar las fronteras del egoísmo: si tengo más conocimientos puedo servir mejor a la empresa o a mi país, porque mejoraré sustancialmente mi trabajo y seré más productivo; al obtener un mejor puesto, estoy en condiciones de llevar a la empresa a un mejor nivel y ofrecer superiores condiciones de empleo; al ganar más, puedo ahorrar, invertir, asegurar el patrimonio familiar y la educación de los hijos.

Consideremos que para lograr una grandeza de ánimo es necesario:                                             
Cada día y a lo largo del mismo preguntarse: ¿Para qué hago esto? ¿Quiénes se benefician? ¿Puedo hacerlo mejor?                   
Hacer el propósito de prestar al menos un servicio diariamente en casa, escuela, oficina o a los amigos. No olvides en tu lista: hacer lo que más te disgusta o incomoda y a quien menos te simpatiza.
Hoy mismo decídete a olvidar tus resentimientos, envidias y juicios negativos respecto a los demás.
Comienza hoy a mejorar tus modales y ten más cortesía con todos por igual.
Aprende a soportar las contrariedades con serenidad y a dominar la tristeza que pudiera generarse: comentarios negativos hacia tu persona, sean ciertos o no; el contratiempo profesional o escolar; el negocio que no se realizó…

La magnanimidad es un excelente medio para robustecer nuestra comprensión, el espíritu de servicio, la generosidad, el perdón y el optimismo. Todas nuestras acciones se ennoblecen cuando están al servicio de los demás: el consejo, la ayuda, la compañía y hasta el mismo trabajo, son los medios ordinarios que tenemos al alcance para hacer de nuestras labores y aspiraciones algo grande, algo fuera de lo común, algo que pocos están decididos a hacer.

Autor: Joaquín Muñoz Traver
Adaptado por:  Editor Coec
Publicado el Domingo 26 Noviembre, 2017,  en la Fiesta de Cristo Rey

La misión del Empresario

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Existe la tendencia a pensar que lo material o lo económico nada tiene que hacer con lo espiritual; y viceversa.

Pero no es así. El hombre es cuerpo y alma y Dios es el creador tanto de lo material como de lo espiritual; por lo tanto, en la vida del empresario cristiano no cabe divorciar uno y otro aspecto, ni siquiera ponerlos lado a lado, sino integrarlos plenamente.

Un empresario es el agente que une y coordina capital y trabajo, maneja la técnica y el comercio para ofrecer y satisfacer las necesidades de bienes y servicios, crea riqueza y fuentes de trabajo; y el ser cristiano, conlleva el reto de realizar todas estas acciones con equidad y justicia.

La empresa no debe ser concebida únicamente como factor de producción y de lucro, sino también como comunidad de personas. De la unión de los trabajadores y empresarios, bajo un marco apropiado y responsable de estado y gobierno,  dependerá en buena parte la realización gradual de una sociedad más justa. La Iglesia y los cristianos tienen el derecho y la obligación de contribuir al logro de este ideal, dando la debida y oportuna orientación en materia de valores.

Es necesario concebir la actividad empresarial como una vocación que nos viene de Dios, que nos exige transformar la realidad -dentro de nuestro ámbito de influencias y decisiones-  que resulte favorable a lo que Dios quiere para todos los hombres, sus hijos.

Al empresario cristiano le corresponde priorizar, entre sus múltiples responsabilidades, la de pagar a sus trabajadores una justa remuneración, moralmente correcta; es decir, entendida como lo suficiente para lograr fundar y mantener dignamente una familia y llegar así a ser artífice de una sociedad justa, pacífica y fraterna. También le toca reflexionar sobre la concepción cristiana de la empresa, profundizando su formación moral e involucrándose con sus pensamientos, iniciativa y responsabilidad a la mejora y orden de la sociedad en la que desarrolla su existencia.

La base de la conducta cristiana no sólo es la ley de la vida civil sino la Palabra de Dios, fuente de la verdad última y guía espiritual a la que no debemos renunciar.

Nuestra misión de empresarios es servir en y al mundo, integrar y enriquecer nuestra vida, pues Dios mismo encuentra su gloria en el hecho de que cada hombre, único e irrepetible, obra de sus manos, viva plenamente. El trabajo humano pertenece al orden económico temporal, pero también a la economía de la salvación divina.

 

Felicidad y Etica

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“¿Y qué gano si me porto bien?” Cuando un adolescente o un joven pregunta esto, quiere que le demos un motivo para portarse bien, para vivir éticamente, para ver si realmente vale la pena no seguir sus gustos sino lo que le dicen o ya sabe   que es correcto. Cuando es un adulto quien hace esta pregunta, quizá lo hace porque los golpes de la vida le llevan a pensar que actuar honestamente no siempre produce felicidad. Incluso, porque cree que los malos, con su aparente victoria y su sonrisa de triunfo, muestran que es posible ser felices en medio del vicio y la injusticia.  Necesitamos demostrar que no hay verdadera felicidad sin vivir éticamente. Lo cual implica tres cosas. Primero, tener una idea clara de lo que es la felicidad. Segundo, comprender bien lo que es la ética. Y tercero, ver que el único camino para ser felices es vivir éticamente.

QUE ES LA FELICIDAD?

La felicidad es algo mucho más profundo y más noble que simplemente satisfacer cualquier deseo o capricho.Definir así la felicidad no evita, sin embargo, un serio problema: cualquier vida humana está continuamente sometida a imprevistos, en todos los niveles, personal y social, corporal y espiritual.Este problema nos hace mirar más allá de la muerte, y preguntarnos por lo que pueda haber detrás de la frontera. De lo contrario, tendríamos que aceptar trágicamente que muchos hombres honestos han sufrido enormes desgracias, mientras muchos malhechores presumen de aparentes “alegrías”. Y que luego, unos y otros se pierden en la nada, como si no hubiese ningún juicio que pusiese las cosas en su sitio, como si no existiese ningún Dios que llene de gozo a los buenos y que “castigue” a los criminales irredentos.No basta, desde luego, con suponer y “esperar” que exista otra vida para completar la idea de felicidad: sobre un punto tan importante hace falta la máxima certeza posible. La misma filosofía ha ofrecido buenos argumentos para mostrar que el hombre es un ser inmortal, que la muerte no absorbe a quienes llegan a la tumba.

Argumentos, hay que reconocerlo, que no todos aceptan, pero eso no les priva de validez. También hay quienes piensan que la violencia puede ser usada cuando a uno le beneficia, y no por ello la idea contraria deja de ser verdadera y defendible desde un punto de vista simplemente racional. Podríamos decir, como una primera conclusión, que la felicidad consiste en la plenitud integral del hombre. Una plenitud que le permite desarrollar armónicamente sus distintas dimensiones, sea como persona individual, sea como persona en sociedad, sea en el tiempo, sea en la eternidad. Cuando la plenitud se consigue, somos felices. En el cuerpo y en el alma, con los bienes materiales y con los amigos verdaderos, con las satisfacciones de una vida plena que pone orden a tendencias no siempre orientadas a lo bueno, y que acrecienta las potencialidades espirituales de quienes buscan lo noble, lo bello.

QUÉ ES LA  ETICA?

Si la felicidad consiste en lograr esa plenitud integral a la que todos estamos llamados, la ética no podrá ser un conjunto de normas, leyes o costumbres que nos aparten de ese objetivo, sino que tiene que orientarnos necesariamente a conseguir ésa meta tan valiosa.   Por desgracia, a lo largo de los últimos 300 años se han elaborado teorías sobre la ética que han dejado de lado un profundo y serio estudio sobre el hombre. En vez de reconocer las dimensiones fundamentales que componen la naturaleza humana, se han limitado a analizar deseos, sentimientos, estados psicológicos de las personas.

En este contexto, algunos han afirmado que es bueno aquello que nos llena de una satisfacción más o menos profunda, que es malo aquello que nos provoca inquietudes o sentimientos de fracaso. Si aceptásemos esto, habría que reconocer que hay tantas visiones éticas como ideas pasan por las cabezas y los corazones de millones de seres humanos que viven de modos muy distintos entre sí.

Otros autores, más que fijarse en el sujeto que actúa, han elaborado sus teorías éticas con la mirada puesta en la sociedad. Según estas teorías, son los demás, los otros, esa “mayoría” que aprueba o condena lo que hacemos, quienes imponen costumbres y normas, quienes dicen lo que es bueno o lo que es malo. Lo cual lleva a un sinfín de problemas, pues a lo largo de los siglos y a lo ancho del planeta, las normas han sido y son sumamente diferentes.

Para los antiguos griegos y romanos era algo aceptable el eliminar a los niños defectuosos, el hacer esclavos a los vencidos, el ver a la mujer como alguien inferior y sometido.   Para muchos modernos, el aborto es visto como un “derecho”, e incluso un deber, cuando se trata de evitar el nacimiento de hijos no deseados. Y los ejemplos se podrían multiplicar casi hasta el infinito.

Ni el subjetivismo ni el sociologismo nos llevan a comprender lo que es la ética. Entonces, ¿qué es la ética? En su definición más profunda, es una disciplina que nos ayuda a orientar nuestros actos libres en orden a conseguir, en la medida de lo posible, la realización completa de nuestra humanidad. Aunque tengamos que sacrificar algún deseo no muy loable, aunque tengamos que enfrentarnos a las ideas de los que viven a nuestro lado.

Esta definición se apoya en una antropología integral: una antropología que no deje de lado lo corpóreo, como en ciertas corrientes “angelistas”. Ni tampoco lo espiritual, como en los materialismos que han querido sofocarnos durante más de 200 años, y que no acaban de desaparecer en las cabezas de algunos pensadores que se declaran “iluminados” en medio de la oscuridad de sus dudas y sus errores…

Con las definiciones de ética y de felicidad que acabamos de esbozar en cierto modo ya estamos en vías de entrever el nexo entre ética y felicidad. Si la felicidad consiste en la plenitud del vivir humano, y si la ética nos ayuda a orientar nuestros actos hacia esa plenitud, entonces la ética nos debería llevar a ser felices. Es decir, quien vive éticamente se pone en marcha para vivir plenamente su condición humana, y en la medida en que lo logra alcanzará la deseada felicidad.

Aquí, sin embargo, hay que reconocer de nuevo que algunos obstáculos nos separan de ésa meta. De modo especial, podemos fijarnos en dos aspectos ya en parte mencionados anteriormente.

El primero consiste en la fragilidad de nuestro cuerpo. Vivimos una existencia temporal en la que la enfermedad, los imprevistos, los peligros de todos los días, ponen en juego nuestra integridad física y nuestras posibilidades de llevar a cabo aquello que desearíamos hacer.                                                                                                    En segundo lugar, constatamos la fragilidad de nuestra voluntad. Hay momentos en los que vemos con claridad que un acto nos conviene, que es bueno, que beneficia a otros. Luego, el cansancio, la pereza, el miedo al fracaso o a las críticas, nos acorralan, y no hacemos aquello que deberíamos y que nos habíamos propuesto.

Los casos son infinitos. Un señor que se había comprometido a visitar a un amigo enfermo termina la tarde en el bar junto a otros  amigos. Un joven que estudia medicina y tiene que pasar un examen vuelve a suspender porque prefirió ir a la discoteca en vez de dedicar la tarde para hacer sus deberes universitarios.                    Un político sabe que determinada decisión le quitará votos pero que ella beneficiaría al país, y al final prefiere ceder al miedo y opta por otra decisión más cómoda que le permita mantenerse en el poder aunque a la larga provocará muchos males sociales. Estos y otros miles de ejemplos muestran la debilidad que nos asalta, sea por miedo, sea por intereses turbios, sea por otros factores.

Por eso, el camino hacia la felicidad está lleno de baches, de accidentes, de fracasos. Unos, que escapan a nuestro control. Nos llegan, previstos o imprevistos, y parecen truncar proyectos profundamente acariciados. Otros, que pudimos haber evitado, y no lo hicimos porque no quisimos o no supimos vencer perezas, deseos de placer o ambiciones de poder, porque nos dejamos esclavizar por un “triunfo” aparente.                                                                                

 Quien es capaz de orientarse siempre hacia el bien, quien forma su conciencia y la sigue gustosamente, quien antepone la verdad y la justicia a cualquier interés egoísta, podrá quizá no realizar algunos de sus sueños… Pero sentirá en su corazón que, a pesar de todo, ha querido hacer el bien, y ello produce una felicidad profunda, que permite brillar en una cama de dolor, en un campo de exterminio, en una casa mientras se vive abandonado por familiares y amigos, con una luz que es propia de almas grandes.
Autor:      Padre Fernando Pascual L.C. Church Forum
Adaptado por Editor COEC
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SANTIDAD EN EL MUNDO

 SANTIDAD

I. Llamada universal a la santidad.

Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero en el Evangelio de San Mateo nos lo dice específicamente: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos.2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos… El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle…, Cristo nos dice: Sed perfectos…, y nos da las gracias  que necesitamos para lograrlo.  «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» 4 LG39-40  « Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)» 3 No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre…, porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pidámoslo  cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes…

 II.  Ser santos allí donde nos encontramos.        

 No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el  metal es pulido  una y otra vez es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos… La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser… y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias.

Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.  No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo.                                                                Atengámonos a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

 III. Todas las circunstancias son buenas para crecer en santidad y realizar un apostolado   fecundo.

Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos…; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias… Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria… El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado. Siempre se nos ocurrirá como vencer los obstáculos y salir avante porque el amor es ingenioso. Habrá que poner más atención y empeño en la oración personal diaria, en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen…, pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Y así entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia.

En una época donde  lo inútil ocupa un gran espacio  en nuestras vidas, las  que a su vez se ven  agotadas por los imperativos de una  sociedad del rendimiento, es necesario y urgente continuar sembrando con mucha generosidad  y  constancia aunque por ahora no veamos  los frutos… solamente así habrá  más esperanza,  de que lo humano sobreviva a la devastación espiritual de un mundo tecnificado.

 Como dice el Apóstol Santiago: Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazonestened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía.  9

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; siempre será éste,  el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser…

 

 Autor : Francisco Fernández Carvajal
Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec
 
1 Mt 5, 48. — 2 Cfr Mt 7, 28. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 39. — 4 Ibídem, 40. — 5 Liturgia de las Horas, martes de la 11ª semana. Segunda Lectura. — 6 Jn 15, 2. — 7 San Pedro Damián, Cartas 8, 6. —  9 2 Tim 2, 6. — 
 

La Anunciación del Señor

La Anunciación del Ángel a la Virgen María

                                                                                                                                                       

Solemnidad de la Anunciación del Señor, cuando, en la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor anunció a María: Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, la Virgen, y se hizo hombre.                

La última fase de toda la apoteosis salvadora comenzó en Nazaret. Hubo intervenciones angélicas y sencillez asombrosa. Era la Virgen  la destinataria del mensaje. Todo acabó en consuelo esperanzador para la humanidad que seguía en sus despistes crónicos e incurables; se había entrado en la recta final. La iconografía de la Anunciación es, por copiosa, innumerable: Tanto pintores del Renacimiento como el veneciano Pennacchi la ponen en silla de oro y vestida de seda y brocado, dejando al pueblo en difusa lontananza. Gabriel suele aparecer con alas extendidas y también con frecuencia está presente el búcaro con azucenas, símbolo de pureza. Devotas y finas quedaron las pinturas del Giotto y Fra Angélico, de Leonardo da Vinci,  de fray Lippi, de Cosa, de Sandro Botticelli, de Ferrer Bassa, de Van Eyck,  de Matthias Grünewald, y de tantos más.     Pero probablemente sólo había gallinas picoteando al sol y gritos de chiquillos juguetones, estancia oscura o patio quizá con un brocal de pozo; quizá, ajenos a la escena, estaba un perro tumbado a la sombra o un gato disfrutaba con su aseo individual; sólo dice el texto bíblico que “el ángel entró donde ella estaba”.    Y ésta debió ser   la escena que la misma María  refiere  a  San Lucas, el evangelista,  en un en momento de intimidad.

Así fue como lo dijo Gabriel: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Aquel doncel refulgente, hecho de claridad celeste, debió conmoverla; por eso intervino “No temas, María, porque has hallado gracia ante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará por los siglos sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. La objeción la puso María con toda claridad: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” No hacía falta que se entendiera todo; sólo era precisa la disposición interior. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios”.

Luego vino la comunicación del milagro operado en la anciana y estéril Isabel que gesta en su sexto mes, porque “para Dios ninguna cosa es imposible”.

Fiesta de Jesús que se encarnó -que no es ponerse rojo, sino que tomó carne y alma de hombre-; el Verbo eterno entró en ese momento histórico y en ese lugar geográfico determinado, ocultando su inmensidad.

Fiesta de la Virgen, que fue la que dijo “Hágase en mí según tu palabra”. El “sí” de Santa María al irrepetible prodigio trascendental que depende de su aceptación, porque Dios no quiere hacerse hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.

Fiesta de los hombres por la solución del problema mayor. La humanidad, tan habituada a la larguísima serie de claudicaciones, cobardías, blasfemias, suciedad, idolatría, pecado y lodo donde se suelen revolcar los hombres, esperaba anhelante el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.

Los retazos esperanzados de los profetas en la lenta y secular espera habían dejado de ser promesa y olían ya a cumplimiento al concebir del Espíritu Santo, justo nueve meses antes de la Navidad.

¡Cómo no! Cada uno puede poner imaginación en la escena narrada y contemplarla a su gusto; así lo hicieron los artistas que las plasmaron con arte, según les pareció.

APRENDER DEL FRACASO

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Me invitaron a participar y fui. Todos emprendedores digitales. Uno más exitoso que el otro. Se llenaron la boca de logros durante la hora y media que duró la reunión. Los yernos perfectos. El sueño de cualquier madre para una hija. Era como ver un perfil de Facebook o LinkedIn, pero en vivo y en directo.

Me pregunté por qué no mencionaron los fracasos, ¿acaso en todo les fue tan bien? Lo triste es que veo el mismo fenómeno en los apoderados cuando preguntan en el WhatsApp del curso por la tarea de sus hijos para evitarles cualquier problema. El mundo 2.0 nos enseña que siempre debemos mostrar nuestra mejora cara. No lo dice explícito, pero nos obliga a esconder cualquier atisbo de fracaso. Y nosotros adoptamos la cultura exitista. Nos preocupamos tanto que incluso le enseñamos a nuestros hijos que debemos hacer sus cosas antes que ellos fracasen.

Ese es el problema. ¿Cómo una persona puede aprender del otro o hacer algo mejor si NUNCA le va mal? Nosotros no cambiamos cuando todo está bien. En el mundo 2.0 la imagen –el cómo nos ven- es tan relevante que nos está robando nuestra identidad –el cómo nos vemos-. Y para mejorar no es suficiente saber cómo nos vemos. Tenemos que enfocarnos en nuestra identidad. Debemos educar para convivir con fracasos, no a esconderlos.

La tecnología nos lleva hacia esa dirección. Intenta facilitar lo que se nos hace difícil. Tiene a evitar en lo que tenemos más posibilidades de fracasar. Piense en Tinder, el sistema perfecto para conocer a alguien sin antes tener que pasar por la posibilidad que nos digan NO. Tinder elimina el sudor, el temor del invitar a salir y el posterior rechazo… es decir, el cara a cara a veces tan duro y estresante del encuentro personal. Además si la persona es rechazada, el golpe al ego es muchísimo menor que recibirlo en directo. Fue solo un mensaje. Una solicitud. Pero por otra parte si no hay rechazo, ¿cómo cambiamos?

Hay cientos de historias de personas que lograron crecer y desarrollarse solo después de un fracaso. Emprendedores que nunca hubieran logrado prosperar de no ser por las caídas anteriores. Cuando alguien fracasa se da cuenta que no siempre tiene razón, y en ese espacio de entendimiento, comienza a validar y aceptar las ideas de terceros. Y al incorporar las ideas ajenas, también crece. No es el centro del universo. Se hace humilde.

Hay muchos ejemplos en los que puede observarse un crecimiento personal tras la derrota. Pero hay uno que es universal. Épico. Es una historia bíblica. Habla sobre la formación del primer líder de una nación. Es la historia de Moisés, que increíblemente rechaza la palabra de Dios por temor al fracaso. La Biblia cuenta que Dios se le aparece a través de una zarza milagrosa, que se quemaba pero sin combustión, y le pide que rescate al pueblo judío que había sido esclavizado por el Faraón en Egipto. Moisés se niega. Él estaba seguro que no sería capaz de lograr su liberación. Estaba seguro que fracasaría. Primero le dice que no es capaz. Luego que no habla bien. Después que no le van a creer. Posteriormente que no lo van a escuchar. Finalmente le pide que mande a otro. Pero Dios en cambio, después de un proceso de “coaching divino”, termina convenciéndolo. Le asegura que él lo va a acompañar, sube su autoestima y Moisés acepta.

Va a Egipto. Se reúne con los líderes. Llegan donde el Faraón ypide que los libere. Sin embargo pasa exactamente lo que él creía que iba a suceder: fracasa. Pierde. Se transforma en un looser para los ojos ajenos. Peor aún. El Faraón no solo se niega a liberar al pueblo, sino que además los explota aún más aumentando su cuota de trabajo diario. Terrible. Cualquier persona con baja tolerancia a la frustración habría dejado todo ahí. El Salvador aparentemente era un fiasco. La única tarea que tenía no solo deja de cumplirla, sino que además la empeora. Imaginen la reunión con los líderes después de eso. Sentados todos en el Directorio, los mira a los ojos y les dice: “Señores, el Faraón no los va a liberar. Y además dijo que ahora iban a tener que trabajar más. Lo siento”.

La historia posterior es conocida. Vienen las 10 plagas. Milagros para unos, castigo divino para otros. Y efectivamente el Faraón libera a los esclavos. Lo que no es tan conocido es que luego de su fracaso, la Biblia describe a Moisés como la persona más humilde que jamás haya existido. ¿Cuál es la relación? El liderazgo bíblico no se basó en la imagen. Moisés no lideró al pueblo con cientos de miles de seguidores en Twitter. Con millones de amigos en Facebook. Mostrando el ángulo perfecto en Instagram. Los intereses más adecuados en LinkedIn. El status más conveniente en WhatsApp. Los lideró después de haber conocido el fracaso más grande que una persona puede sentir. Y eso probablemente lo llevó a salir de su mundo. A empatizar con sus seguidores. A escuchar lo que el resto tenía que decir. A ser un líder, pero poniéndose en el lugar de los demás.

Del fracaso se aprenden muchas cosas. Humildad. Empatía. Tolerancia. Aceptación. Nos hace crecer. El mundo 2.0 es increíble. Tiene un potencial asombroso. Compartir lo que uno piensa. Organizar y movilizar a miles -sino millones- de personas. Pero si lo centramos solo en imagen, en el cómo me proyecto y no cómo soy, en vez de ayudarnos a salir de nuestro mundo nos encierra aún más. Tenemos la posibilidad de crecer, no la desechemos por un par de likes, followers o views. Cultivemos nuestra identidad, la imagen puede esperar, y el fracaso no es necesariamente negativo. Eduquemos a nuestros hijos para que ellos convivan con esa posibilidad, no con la imagen perfecta. Porque si les enseñamos a basar su autoestima en lo que los demáspiensan, lo más probable es que la pierdan.

Autor: Daniel Halpern, PhD en Información  y Ciencias de la comunicación

El autor es profesor de la Facultad de Comunicaciones e investigador del ThinktankTrenDigital. Sus artículos han sido publicados en prestigiosas revistas académicas como Computers in Human Behavior y Behaviour and InformationTechnology. Junto a TrenDigital, Halpern ha sido pionero en la investigación digital en Chile estos últimos años.

 

REGALARNOS MÁS POLÍTICOS

Nuestros Obispos católicos del Perú, suelen emitir mensajes interpretando el signo de los tiempos electorales del país. Desde que tengo uso de razón política, en esos mensajes la Iglesia ha sido insistente en orientar que el voto católico no se dirija hacia la ideología liberal, ni tampoco a los socialismos.

Pero, hay una sustancial diferencia en el mensaje episcopal para las próximas elecciones del 10 de abril. Se formula un diagnóstico sobre las deficientes y débiles bases de nuestra sociedad política.

Los Obispos advierten de la anomia social que padecemos. De la deficiencia por la que un inmenso número de peruanos no cumplen las normas sociales de convivencia: las reglas éticas, jurídicas, de urbanidad, de las costumbres, etc… Esta normatividad cuando es de eficaz acatamiento, permite vivir en paz respetando los derechos de los demás. Pero, en contraste, constatamos a diario que hay violencia en los hogares peruanos, contra los niños; así como hay una minoría audaz que decide proyectos de vida y perpetran actos públicos impúdicos por su libérrima orientación sexual; y como en la práctica se da la manipulación del inicio de la vida humana, mediante la facilitación para abortar y la abominable creación de vida humana artificial.

Sociedad en estado de descomposición, con grave pérdida de identidad. Que padece –afirman nuestros Obispos– una crisis de representación política, porque el sistema no satisface, no sirve. Es incapaz de prometer o garantizar la recuperación social para salir de la degradación moral.

Los Obispos del Perú repiten una feliz expresión del Papa Francisco: “¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” Frase que el mismo Francisco la complementa así: “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de (…) sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. (…) la caridad « (…) es (…) también (…) las relaciones sociales, económicas y políticas».

 

  Debemos suscitar la refundación republicana en el Perú, para que la política redima y transforme.

 


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