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Adoro te, devóte, latens déitas

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adoro te devote

Adoro te devote es uno de los cinco himnos que Santo Tomas de Aquino compuso en honor de Jesús en el Santísimo Sacramento a solicitud del Papa Urbano IV  con motivo de haber establecido por primera vez la Fiesta del Corpus Christi en 1264. El himno se encuentra en el Misal Romano como una oración de acción …

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.
En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.
¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.
Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

Original latino:
Adóro te, devóte, latens déitas,   quæ sub his figúris vere latitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit,   quia te contémplans totum déficit.
Visus, tactus, gustus in te fállitur,   sed audítu solo tuto créditur;
credo quidquid dixit Dei Fílius:   nil hoc verbo veritátis vérius.
In Cruce latébat sola déitas,  at hic latet simul et humánitas; ambo tamen credens atque cónfitens,   peto quod petívit latro pœnitens.
Plagas, sicut Thómas, non intúeor,  Deum tamen meum te confíteor; fac me tibi semper magis crédere,  in te spem habére, te dilígere.

¡ O memoriále mortis Dómini!  Panis vivus, vitam præstans hómini;  præsta meæ menti de te vívere,  et te illi semper dulce sápere.
Pie pellicáne,  Iesu Dómine,  me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere    totum mundum quit ab omni sælere.
Iesu, quem velátum nunc aspício,  oro, fiat illud quod tam sítio; ut te reveláta cernens fácie,   visu sim beátus tuæ gloriæ.
Amen.

 Meditación: Un Dios escondido                                                                                                                                                                                       Autor: Monseñor Francisco Fernández-Carvajal                                                                                                                                           Adaptación: Editor Coec

Magnanimidad

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???????????? La magnanimidad es una disposición hacia dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad. El ánimo grande, la magnanimidad, es el valor que convierte a un simple ser humano en un héroe.

No debemos confundir una grandeza de ánimo con una motivación extraordinaria e impulsiva para realizar algo, los valores se practican independientemente del buen humor y entusiasmo con que recibimos el día y de la simpatía que tengamos por las personas.

En el momento que vivimos estamos propensos a conformarnos con lo que somos: calculadores y egoístas, orientando nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes materiales y a la búsqueda de riqueza… para lograr esto último no hace falta magnanimidad porque la ambición es suficiente. Un ánimo grande se caracteriza por la búsqueda de su perfección como ser humano y la entrega total de su persona para servir a los demás desinteresadamente.

Un ánimo grande aleja de sí toda envidia y resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia, y sobre todo, la alegría y los buenos modales son rasgos característicos de su personalidad.

¡Qué grandeza de espíritu tiene quien sabe perdonar sinceramente!, sin detenerse a considerar la naturaleza de la ofensa o el mal recibido, comprende y olvida para vivir en armonía con sus semejantes, sabe que al liberarse de esta pesada carga enseña a los demás a vivir el perdón y está en condiciones de lograr la propia paz interior.

Para el magnánimo no existen tareas de ínfima categoría o el temor a cuidar lo que podría denominarse “buena imagen”, actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal: ayuda a quien goza de menor simpatía en un grupo; saluda con cortesía, cede el paso, o sirve en la mesa al empleado y al amigo por igual; se presta para mover muebles o bultos; asiste con regularidad a sus prácticas religiosas aunque en el medio en que se desenvuelve no sea bien visto.

Toda empresa es un gran reto y las hay de todos tipos, pero las de naturaleza humana son las primeras que deben interesarnos para sacar adelante: los hijos son la empresa para los padres, los alumnos al maestro, los empleados y trabajadores al director de la compañía, el cónyuge, el amigo… ¿Acaso no tenemos deseos de verlos prosperar y ser mejores? El verdadero triunfo de la magnanimidad está en ver por el bienestar de los demás sin medirlos por el beneficio material que puedan retribuir.

Muchas veces pretendemos que las personas mejoren por sí mismas, nos concentramos tanto en sus defectos de carácter, fallas, errores y los convertimos en pretexto para dejar de ayudarlos, nos falta empeño para corregirlos, enseñarles y hacerles entender lo que haga falta para que salgan de esa situación que tanto les afecta. Si son muchos los inconvenientes que vemos en quienes nos rodea, es mucho lo que tenemos que trabajar personalmente en la magnanimidad, para comprender mejor, para servir más…

Sería absurdo pensar que este valor excluye otras realidades de nuestra vida, que también son empresas y retos a alcanzar, como perfeccionar y acrecentar nuestros conocimientos, aspirar a un mejor puesto laboral y alcanzar una posición económica desahogada. ¿Es que estas aspiraciones van en contra de la magnanimidad? Por supuesto que no, se desvirtúan por la intención con que se realizan. Todo aquello a lo que aspiramos, dinero, conocimientos, posición, influencia, deben tener como finalidad un servicio para el prójimo.

Es muy difícil entender el servicio si pensamos únicamente en un beneficio inmediato y personal, lo correcto es enfocar nuestro esfuerzo para traspasar las fronteras del egoísmo: si tengo más conocimientos puedo servir mejor a la empresa o a mi país, porque mejoraré sustancialmente mi trabajo y seré más productivo; al obtener un mejor puesto, estoy en condiciones de llevar a la empresa a un mejor nivel y ofrecer superiores condiciones de empleo; al ganar más, puedo ahorrar, invertir, asegurar el patrimonio familiar y la educación de los hijos.

Consideremos que para lograr una grandeza de ánimo es necesario:                                             
Cada día y a lo largo del mismo preguntarse: ¿Para qué hago esto? ¿Quiénes se benefician? ¿Puedo hacerlo mejor?                   
Hacer el propósito de prestar al menos un servicio diariamente en casa, escuela, oficina o a los amigos. No olvides en tu lista: hacer lo que más te disgusta o incomoda y a quien menos te simpatiza.
Hoy mismo decídete a olvidar tus resentimientos, envidias y juicios negativos respecto a los demás.
Comienza hoy a mejorar tus modales y ten más cortesía con todos por igual.
Aprende a soportar las contrariedades con serenidad y a dominar la tristeza que pudiera generarse: comentarios negativos hacia tu persona, sean ciertos o no; el contratiempo profesional o escolar; el negocio que no se realizó…

La magnanimidad es un excelente medio para robustecer nuestra comprensión, el espíritu de servicio, la generosidad, el perdón y el optimismo. Todas nuestras acciones se ennoblecen cuando están al servicio de los demás: el consejo, la ayuda, la compañía y hasta el mismo trabajo, son los medios ordinarios que tenemos al alcance para hacer de nuestras labores y aspiraciones algo grande, algo fuera de lo común, algo que pocos están decididos a hacer.

Autor: Joaquín Muñoz Traver
Adaptado por:  Editor Coec
Publicado el Domingo 26 Noviembre, 2017,  en la Fiesta de Cristo Rey

Clamor de Justicia

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OCLOCRACIA

1.- Anhelo de justicia y de mayor paz en el mundo. Vivir las exigencias de la justicia en nuestra vida personal y en el ámbito donde se desarrolla nuestra vida.

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa… Tú eres mi Dios y protector1, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.En gran parte de la humanidad se oye un fuerte clamor por una mayor justicia, por «una paz mejor asegurada en un ambiente de respeto mutuo entre los hombres y entre los pueblos»2. Este deseo de construir un mundo más justo en el que se respete más al hombre, que fue creado por Dios a su imagen y semejanza, es parte muy fundamental del hambre y sed de justicia3 que debe existir en el corazón cristiano. Y esta justicia comprende el no robar  a todos los demás, tal cual sucede  con las distintas modalidades de  corrupción que existen tanto en nuestro país y como  en muchos otros del  mundo,  v.g. los  negociados en  las obras públicas,  aquellas que justamente por su naturaleza y magnitud nos afectan a todos, es decir afectan al  “bien común”.

En nuestro  caso, este clamor es mucho  más potente y  dramático, porque ésta realidad de corrupción,  existe   en casi todos los niveles de la  administración  nacional es decir en casi todos los niveles de los gobiernos regionales y municipales  del  país.

Toda la predicación de Jesús es una llamada a la justicia (en su plenitud, sin reduccionismos) y a la misericordia. El mismo Señor condena a los fariseos que devoran las casas de las viudas mientras fingen largas oraciones 4. Y es el Apóstol Santiago quien dirige este severo reproche a quienes se enriquecen mediante el fraude y la injusticia: vuestra riqueza está podrida (…). El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a oídos del Señor de los ejércitos 5.

La Iglesia, fiel a la enseñanza de la Sagrada Escritura, nos urge a que nos unamos a este clamor del mundo y lo convirtamos en una oración que llegue hasta nuestro Padre Dios. A la vez, nos impulsa y nos urge a vivir las exigencias de la justicia en nuestra vida personal, profesional y social, y a salir en defensa de quienes –por ser más débiles– no pueden hacer valer sus derechos. No son propias del cristiano las lamentaciones estériles. El Señor, en lugar de quejas inútiles, quiere que desagraviemos por las injusticias que cada día se cometen en el mundo, y que tratemos de remediar todas las que podamos, empezando por las que están a nuestro alcance, en el ámbito en el que se desarrolla nuestra vida: la madre de familia, en su hogar y con quienes se relaciona; el empresario, en la empresa; el catedrático, en la Universidad…

La solución para instaurar y promover la justicia a todos los niveles está en el corazón de cada hombre, donde se fraguan todas las injusticias existentes, y donde está la posibilidad de volver rectas todas las relaciones humanas.
«El hombre, negando e intentando negar a Dios, su Principio y Fin, altera profundamente su orden y equilibrio interior, el de la sociedad y también el de la creación visible. »La Escritura considera en conexión con el pecado el conjunto de calamidades que oprimen al hombre en su ser individual y social»6. Por eso no podemos olvidar los cristianos que cuando, mediante nuestro apostolado personal, acercamos a los hombres a Dios, estamos haciendo un mundo más humano y más justo. Además, nuestra fe nos urge a no eludir jamás el compromiso personal en defensa de la justicia, de modo particular en aquellas manifestaciones más relacionadas con los derechos fundamentales de la persona: el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la buena fama… «Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad»7 .

En nuestro ámbito personal, debemos preguntarnos si hacemos con perfección el trabajo por el que cobramos, si pagamos lo debido a las personas que nos prestan un servicio, si ejercitamos responsablemente los derechos y deberes que pueden influir en el modo de configurarse las instituciones en las que nos encontramos, si trabajamos aprovechando el tiempo, si defendemos la buena fama de los demás, si salimos en justa defensa de los más débiles, si acallamos las críticas difamatorias que pueden surgir a nuestro alrededor… Así amamos la justicia.

2. Los deberes profesionales son un lugar excepcional para vivir la virtud de la justicia.

El dar a cada uno lo suyo, propio de esta virtud, significa en este caso cumplir lo estipulado. El patrono, el ama de casa con el servicio, el jefe, se obligan a dar la justa retribución a las personas que trabajan a sus órdenes de acuerdo con las leyes civiles justas y con lo que dicta la recta conciencia, que irá en ocasiones más allá de las propias leyes. Por otra parte, los obreros y empleados tienen el deber grave de trabajar responsablemente, con profesionalidad, aprovechando el tiempo. La laboriosidad se presenta así como una manifestación práctica de la justicia.
El mismo principio se puede aplicar a los estudiantes. Tienen un deber grave de estudiar –es su trabajo– y han contraído una obligación de justicia con la familia y con la sociedad, que les sostiene económicamente, para que se preparen y puedan rendir unos servicios eficaces.
Los deberes profesionales son, por otra parte, el cauce más oportuno con el que ordinariamente contamos para colaborar en la resolución de los problemas sociales y para intervenir en la construcción de un mundo más justo. El cristiano, en su anhelo de construir este mundo, ha de ser ejemplar en el cumplimiento de las legítimas leyes civiles, porque si son justas son queridas por Dios y constituyen el fundamento de la misma convivencia humana. Como ciudadanos corrientes que son, han de ser ejemplares en el pago de los impuestos justos, necesarios para que la sociedad pueda llegar a donde el individuo personalmente sería ineficaz. Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor. Y lo hacen –dice el mismo Apóstol–, no solo por temor, sino también a causa de la conciencia10. Así vivieron los cristianos desde el comienzo sus obligaciones sociales, aun en medio de las persecuciones y del paganismo de los poderes públicos. «Como hemos aprendido de Él (Cristo) –escribía San Justino Mártir, a mediados del siglo II–, nosotros procuramos pagar los tributos y contribuciones, íntegros y con rapidez, a vuestros encargados»11 . Entre los deberes sociales del cristiano, el Concilio Vaticano II recuerda «el derecho y al mismo tiempo el deber (…) de votar para promover el bien común»12. Desentenderse de manifestar la propia opinión en los distintos niveles en los que debemos ejercer estos derechos sociales y cívicos sería una falta contra la justicia, en algunas ocasiones grave, si ese abstencionismo favoreciera candidaturas (ya sea en la configuración de los parlamentos, en la junta de padres de un colegio, en la directiva de un colegio profesional, en los representantes de la empresa…) cuyo ideario es opuesto a los principios de la doctrina cristiana. Con mayor razón, sería una irresponsabilidad, y quizá una grave falta contra la justicia, apoyar organizaciones o personas –del modo que sea– que no respeten en su actuación los fundamentos de la ley natural y de la dignidad humana (aborto, divorcio, libertad de enseñanza, respeto a la familia…).

3. El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, no puede adherirse, sin contradecirse a sí mismo, a sistemas ideológicos que se oponen a su fe y a su concepción del hombre.

No es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera como esa ideología entiende la libertad individual de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales, y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social»13 . Hoy nos unimos a ese deseo de una mayor justicia, que es una de las principales características de nuestro tiempo14.
Pedimos al Señor una mayor justicia y una mayor paz, pedimos por los gobernantes, como siempre se hizo en la Iglesia15, para que sean promotores de justicia, de paz, de un mayor respeto por la dignidad de la persona. Nosotros, en lo que está de nuestra parte, hacemos el propósito de llevar las exigencias del Evangelio a nuestra propia vida personal, a la familia, al mundo en el que cada día nos movemos y del que participamos. Junto a lo que pertenece en sentido estricto a la virtud de la justicia, cuidaremos aquellas otras manifestaciones de virtudes naturales y sobrenaturales que la complementan y la enriquecen: la lealtad, la afabilidad, la alegría… Y, sobre todo, la fe, que nos da a conocer el verdadero valor de la persona, y la caridad, que nos lleva a comportarnos con los demás más allá de lo que pediría la estricta justicia, porque vemos en los demás hijos de Dios, al mismo Cristo que nos dice: lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis

Autor: Monseñor Francisco Fernández-Carvajal
Adaptación: Editor COEC
1 Sal 42, 1. — 2 PABLO VI, CARTA APOST. OCTOGESIMA ADVENIENS, 14-V-1971. — 3 CFR. MT 5, 6. — 4 MC 12, 40. — 5 SANT 5, 2-4. — 6 S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, INSTR. SOBRE LIBERTAD CRISTIANA Y LIBERACIÓN, 22-III-1986, N. 38. — 7 SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, AMIGOS DE DIOS, 171. — 8 IBÍDEM, 169. — 9 ROM 13, 7. — 10 CFR. ROM 13, 5. — 11 SAN JUSTINO, APOLOGÍA, 1, 7. — 12 CONC. VAT. II, CONST. GAUDIUM ET SPES, 75. — 13 PABLO VI, CARTA APOST. OCTOGESIMA ADVENIENS, 14-V-1971. — 14 CFR. S. C.r PARA LA DOCTRINA DE LA FE, LOC. CIT., 1. — 15 CFR. 1 TIM 2, 1-2. — 16 CFR. MT 25, 40.

Vivir como Cristo nos ha enseñado

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Ser coherentes con lo que pensamos, decimos y actuamos, por amor a Cristo.

Constantemente, Jesucristo nuestro Señor, empuja nuestras vidas y nos invita de una forma muy insistente a la coherencia entre nuestras obras y nuestros pensamientos; a la coherencia entre nuestro interior y nuestro exterior. Constantemente nos inquieta para que surja en nosotros la pregunta sobre si estamos viviendo congruentemente lo que Él nos ha enseñado.

Jesucristo sabe que las mayores insatisfacciones de nuestra vida acaban naciendo de nuestras incoherencias, de nuestras incongruencias. Por eso Jesucristo, cuando hablaba a la gente que vivía con Él, les decía  que hicieran siempre el esfuerzo por unificar, por integrar lo que tenían en su corazón con las acciones  que realizaban.
La mayoría de nosotros  no  quisiera vivir con esas incongruencias entre lo que desearíamos realizar y lo que finalmente realizamos. Sin embargo, a la hora de la hora, cuando empezamos a comparar nuestra vida con lo que sentimos por dentro, acabamos por quedarnos hasta desilusionados de nosotros mismos. Para superar estas incongruencias internas, el camino de la Cuaresma hemos de convertirlo en un camino de conversión, de integración de nuestra personalidad, de modo que todo lo que nosotros hagamos y vivamos esté perfectamente dentro de lo que Jesucristo nos va pidiendo, aun cuando lo que nos pida pueda parecernos contradictorio, opuesto a nuestros intereses personales.

Jesús nos dice: “El que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.  Generalmente esto resulta ser  la contraposición a lo que nosotros generalmente tendemos, a lo que estamos acostumbrados a ver! Los hombres que quieren sobresalir ante los demás, tienen que hacerse buena propaganda, tienen que ponerse bien delante de todos para ser enaltecidos. Por el contrario, el que se esfuerza por hacerse chiquito, acaba siendo pisado por todos los demás. ¿Cómo es posible, entonces, que Jesucristo nos diga esto? Jesucristo nos dice esto porque busca dar primacía a lo que realmente vale, y no le importa dejar en segundo lugar lo que vale menos. Jesucristo busca dar primacía al hecho de que el hombre tiene que poner en primer lugar en su corazón a Dios nuestro Señor, y no alguna otra cosa. Cuando Jesús nos dice que a nadie llamemos ni guía, ni padre, ni maestro, en el fondo, a lo que se refiere es a que aprendamos a poner sólo a Cristo como primer lugar en nuestro corazón. Sólo a Cristo como el que va marcando auténticamente las prioridades de nuestra existencia.

Cristo es consciente de que si nosotros no somos capaces de hacer esto y vamos poniendo otras prioridades, sean circunstancias, sean cosas o sean personas, al final lo que nos acaba pasando es que nos contradecimos a nosotros mismos y aparece en nuestro interior la amargura.

Éste es un criterio que todos nosotros tenemos que aprender a purificar, es un criterio que todos tenemos que aprender a exigir en nuestro interior una y otra vez, porque habitualmente, cuando juzgamos las situaciones, cuando vemos lo que nos rodea, cuando juzgamos a las personas, podemos asignarles lugares que no les corresponden en nuestro corazón. El primer lugar sólo pertenece a Dios nuestro Señor. No debemos olvidar que el primer escalón de toda la vida sólo pertenece a Dios.  Y esto es lo que Dios nuestro Señor reclama, y lo reclama una y otra vez.

Si cometemos esa primera injusticia, de no darle a Dios  el primer lugar de nuestra vida, estamos llenando de injusticia también los restantes estados. Estamos cometiendo una injusticia con todo lo que viene detrás. Estaremos cometiendo una injusticia con la familia, con la sociedad , con todos los que nos rodean y con nosotros mismos.

¿No nos pasará, muchas veces, que el deterioro de nuestras relaciones humanas nace de que en nosotros existe la primera injusticia, que es la injusticia con Dios nuestro Señor? ¿No nos podrá pasar que estemos buscando arreglar las cosas con los hombres y nos estemos olvidando de arreglarlas con Dios? A lo mejor, el lugar que Dios ocupa en nuestra vida, no es el lugar que le corresponde en justicia.
¿Cómo queremos ser justos con las criaturas —que son deficientes, que tienen miserias, que tienen caídas, que tienen problemas—, si no somos capaces de ser justos con el Creador, que es el único que no tiene ninguna deficiencia, que es el único capaz de llenar plenamente el corazón humano?

Claro que esto requiere que nuestra mente y nuestra inteligencia estén constantemente en purificación, para discernir con exactitud quién es el primero en nuestra vida; para que nuestra inteligencia y nuestra mente, purificadas a través del examen de conciencia, sean capaces de atreverse a llamar por su nombre lo que ocupa un espacio que no debe ocupar y colocarlo en su lugar.

Si lográramos esta purificación de nuestra inteligencia y de nuestra mente, qué distintas serían nuestras relaciones con las personas, porque entonces les daríamos su auténtico lugar, les daríamos el lugar que en justicia les corresponde y nos daríamos a nosotros también el lugar que nos corresponde en justicia.

Hagamos de la Cuaresma un camino en el cual vamos limando y purificando constantemente, en esa penitencia de la mente, nuestras vidas: lo que nosotros pensamos, nuestras intenciones, lo que nosotros buscamos. Porque entonces, como dice el profeta Isaías: “[Todo aquello] que es rojo como la sangre, podrá quedar blanco como la nieve. [Todo aquello] que es encendido como la púrpura, podrá quedar como blanca lana. Si somos dóciles y obedecemos, comeremos de los frutos de la tierra”.

Si nosotros somos capaces de discernir nuestro corazón, de purificar nuestra inteligencia, de ser justos en todos los ámbitos de nuestra existencia, tendremos fruto. “Pero si se obstinan en la rebeldía la espada los devorará”. Es decir, la enemistad, el odio, el rencor, el vivir sin justicia auténtica, nos acabará devorando a nosotros mismos, perjudicándonos a nosotros mismos.

Jesucristo sigue insistiendo en que seamos capaces de ser congruentes con lo que somos; congruentes con lo que Dios es para nosotros y congruentes con lo que los demás son para con nosotros. En esa justicia, en la que tenemos que vivir, es donde está la realización perfecta de nuestra existencia, es donde se encuentra el auténtico camino de nuestra realización.
Pidámosle al Señor, como una auténtica gracia de la Cuaresma, el vivir de acuerdo a la justicia: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Autor  P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
Adaptado por Editor Coec.

El empresario hacia la perfección personal

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Es un encargo divino, que los talentos y capacidades personales fructifiquen en beneficio de los demás y propio. empresariosVIPEl hombre creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra y cuanto en ella contiene, y de orientar a Dios la propia persona y en el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.

La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, responde a la voluntad de Dios, encontrándose la actividad empresarial dentro del proyecto de Dios para los hombres.

El empresario se desarrolla dentro de un contexto de competitividad y calidad, que supone un constante perfeccionamiento personal de sus capacidades para sobrevivir y conservar su presencia en el mercado. Esto requiere del empresario un exigente perfil de cualidades personales y de valores morales.

Disciplina, creatividad, capacidad de iniciativa y espíritu emprendedor: he aquí las herramientas con las cuales el empresario de hoy debe enfrentarse al trabajo. Siguiendo al Papa Juan Pablo II, el trabajo directivo debe ser mirado «con atención y positivamente», toda vez que en él se manifiesta la libertad de la persona en el campo económico.

«La diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales; la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, son necesarias para el trabajo común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de la fortuna».

Junto a estas cualidades, aún más importantes figuran la integridad, la transparencia, la honestidad en la palabra empeñada, la sinceridad en honrar los plazos y los pagos convenidos… los criterios cristianos, que originan el mayor valor agregado para hacer transacciones duraderas, fructíferas y rentables.

Perfeccionar estas cualidades y criterios cristianos -«Sed perfectos»- permitirá al empresario cumplir con la misión divina de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a la tierra y cuanto en ella contiene.

Entendida dignamente su misión en el campo laboral, como colaborador del Plan de Dios, puede el empresario disfrutar su vida y su trabajo como un adelanto del gozo prometido, porque entonces habrá fructificado los talentos recibidos.

La misión del Empresario

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Existe la tendencia a pensar que lo material o lo económico nada tiene que hacer con lo espiritual; y viceversa.

Pero no es así. El hombre es cuerpo y alma y Dios es el creador tanto de lo material como de lo espiritual; por lo tanto, en la vida del empresario cristiano no cabe divorciar uno y otro aspecto, ni siquiera ponerlos lado a lado, sino integrarlos plenamente.

Un empresario es el agente que une y coordina capital y trabajo, maneja la técnica y el comercio para ofrecer y satisfacer las necesidades de bienes y servicios, crea riqueza y fuentes de trabajo; y el ser cristiano, conlleva el reto de realizar todas estas acciones con equidad y justicia.

La empresa no debe ser concebida únicamente como factor de producción y de lucro, sino también como comunidad de personas. De la unión de los trabajadores y empresarios, bajo un marco apropiado y responsable de estado y gobierno,  dependerá en buena parte la realización gradual de una sociedad más justa. La Iglesia y los cristianos tienen el derecho y la obligación de contribuir al logro de este ideal, dando la debida y oportuna orientación en materia de valores.

Es necesario concebir la actividad empresarial como una vocación que nos viene de Dios, que nos exige transformar la realidad -dentro de nuestro ámbito de influencias y decisiones-  que resulte favorable a lo que Dios quiere para todos los hombres, sus hijos.

Al empresario cristiano le corresponde priorizar, entre sus múltiples responsabilidades, la de pagar a sus trabajadores una justa remuneración, moralmente correcta; es decir, entendida como lo suficiente para lograr fundar y mantener dignamente una familia y llegar así a ser artífice de una sociedad justa, pacífica y fraterna. También le toca reflexionar sobre la concepción cristiana de la empresa, profundizando su formación moral e involucrándose con sus pensamientos, iniciativa y responsabilidad a la mejora y orden de la sociedad en la que desarrolla su existencia.

La base de la conducta cristiana no sólo es la ley de la vida civil sino la Palabra de Dios, fuente de la verdad última y guía espiritual a la que no debemos renunciar.

Nuestra misión de empresarios es servir en y al mundo, integrar y enriquecer nuestra vida, pues Dios mismo encuentra su gloria en el hecho de que cada hombre, único e irrepetible, obra de sus manos, viva plenamente. El trabajo humano pertenece al orden económico temporal, pero también a la economía de la salvación divina.

 

SABER CALLAR, SABER HABLAR

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saber-hablar-y-saber-callar (2)

  I  El silencio de Jesús.                                                                                                                                                                                     

Durante treinta años, Jesús llevó una vida de silencio; solo María y José   conocían el misterio del Hijo de Dios.  Cuando vuelve de nuevo al pueblo donde había vivido, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de sus milagros,  pues solo habían visto en Él una vida ejemplar de trabajo.

 Durante los tres años de su ministerio público vemos cómo se recoge en el silencio de la oración, a solas con su  Padre Dios, se aparta del clamor y del fervor superficial de la multitud que pretende hacerle rey, realiza sus  milagros sin ostentación y recomienda frecuentemente a los que han sido curados que no lo publiquen…

El silencio de Jesús ante las voces de sus enemigos en la Pasión es conmovedor: Él permaneció en silencio y nada respondió1. Ante tantas acusaciones falsas aparece indefenso. Jesús calla durante el proceso ante Herodes y Pilato, y lo contemplamos en pie, sin decir palabra, ante Barrabás y delante de enemigos clamorosos, excitados, vigilantes, sirviéndose de falsos testimonios para tergiversar sus palabras. Está en pie ante el procurador. Y aunque le acusaban los príncipes de los sacerdotes, nada respondió. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo3.

El silencio de Dios ante las pasiones humanas, ante los pecados que se cometen cada día en la Humanidad, no es un silencio lleno de ira, ni despreciativo, sino rebosante de paciencia y de amor. El silencio del Calvario es el de un Dios que viene a redimir a todos los hombres con su sufrimiento indecible en la Cruz. El silencio de Jesús en el Sagrario es el del amor que espera ser correspondido, es un silencio paciente, en el que nos echa de menos si no le visitamos o lo hacemos distraídamente.

El silencio de Cristo durante su vida terrena no es en modo alguno vacío interior, sino fortaleza y plenitud. Los que se quejan continuamente de las contrariedades que padecen o de su mala suerte, quienes pregonan a los cuatro vientos sus problemas, los que no saben sufrir calladamente una injuria, quienes se sienten urgidos a dar continuamente explicaciones de lo que hacen y lo que dejan de hacer, los que necesitan exponer las razones y motivos de sus acciones, esperando con ansiedad la alabanza o la aprobación ajena…, deberían mirar a Cristo que calla. Le imitamos cuando aprendemos a llevar las cargas e incertidumbres que toda vida lleva consigo sin quejas estériles, sin hacer partícipes de ellas al mundo entero, cuando hacemos frente a los problemas personales sin descargarlos en hombros ajenos, cuando respondemos de los propios actos sin excusas ni justificaciones de ningún tipo, cuando realizamos el propio trabajo mirando la perfección de la obra y la gloria de Dios, sin buscar alabanzas…4.

Jesús callaba. Y nosotros debemos aprender a callar en muchas ocasiones. A veces, el orgullo infantil, la vanidad, hacen salir fuera lo que debió quedar en el interior del alma; palabras que nunca debieron decirse. La figura callada de Cristo será un Modelo siempre presente ante tanta palabra vacía e inútil. Su ejemplo es un motivo y un estímulo para callar a veces ante la calumnia o la murmuración. En el silencio y en la esperanza se fundará vuestra fortaleza, nos dice el Espíritu Santo, por boca del Profeta Isaías5.

II   Hablar cuando sea necesario, con caridad y fortaleza.   Huir del silencio culpable.

Pero Jesús no siempre calla. Porque existe también un silencio que puede ser colaborador de la mentira, un silencio compuesto de complicidades y de grandes o pequeñas cobardías; un silencio que a veces nace del miedo a las consecuencias, del temor a comprometerse, del amor a la comodidad, y que cierra los ojos a lo que molesta para no tener que hacerle frente: problemas que se dejan a un lado, situaciones que debieron ser resueltas en su momento porque hay muchas cosas que el paso del tiempo no arregla, correcciones fraternas que nunca se debieron dejar de hacer… dentro de la propia familia, en el trabajo, al superior o al subalterno, al amigo y a quien cuesta tratar.

La Palabra de Jesús está llena de autoridad, y también de fuerza ante la injusticia y el atropello: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócrita!, porque exprimís las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones…6. Jamás le importó ir contra corriente a la hora de proclamar la verdad.

San Juan Bautista, era voz que clama en el desierto. Y nos enseña a decir todo lo que deba ser dicho, aunque nos parezca alguna vez que es hablar en el desierto, pues el Señor no permite en ninguna ocasión que sea inútil nuestra palabra, porque es necesario hacer lo que debe hacerse, sin preocuparse excesivamente de los frutos inmediatos, ya que si cada cristiano hablara conforme a su fe, habríamos cambiado ya el mundo. No podemos callar ante infamias y crímenes como el del aborto, la degradación del matrimonio y de la familia, o ante una enseñanza que pretende arrinconar a Dios en la conciencia de los más jóvenes… No podemos callar ante ataques a la persona del Papa o a Nuestra Señora, ante las calumnias sobre instituciones de la Iglesia cuya verdad y rectitud conocemos bien de sobra… Callar cuando debemos hablar por razón de nuestro puesto en la sociedad, en la empresa o en la familia, o sencillamente por la condición de cristianos, podría ser en ocasiones colaborar con el mal, permitiendo que se piense que «el que calla, otorga». Si los católicos hablasen cuando han de hacerlo, si no contribuyeran a la difusión de la prensa o de la literatura que causan estragos en las almas, esas empresas difícilmente podrían sostenerse.

Hablar cuando debamos hacerlo. A veces, en el pequeño grupo en el que nos movemos, en la tertulia que se organiza espontáneamente a la salida de una clase, o con unos amigos o vecinos que vienen a nuestra casa a visitarnos; entre los amigos o clientes…, ante un vídeo indecente en el autobús en el que viajamos…, y desde la tribuna, si ese es nuestro lugar dentro de la sociedad. Por carta cuando sea preciso para animar con nuestro aliento o para agradecer un buen artículo aparecido en un periódico o manifestar nuestra disconformidad con una determinada línea editorial o un escrito doctrinalmente desenfocado. Y siempre con caridad, que es compatible con la fortaleza (no existe caridad sin fortaleza), con buenas maneras, disculpando la ignorancia de muchos, salvando siempre la intención, sin agresividad ni formas cerriles o inadecuadas que serían impropias de alguien que sigue de cerca a Jesucristo… Pero también con la fortaleza con que actuó el Señor.

III  Valentía y fortaleza en la vida ordinaria. Ser coherentes con nuestra fe y con la vocación recibida.

Si en los momentos en que el Bautista vio en peligro su vida hubiera callado o se hubiera mantenido al margen de los acontecimientos, no habría muerto degollado en la cárcel de Herodes. Pero Juan no era así; no era como una caña que a cualquier viento se mece. Fue coherente con su vocación y con sus principios hasta el final. Si hubiera callado, habría vivido algunos años más, pero sus discípulos no serían quienes primero siguieron a Jesús, no habría sido quien preparara y allanara el camino al Señor, como había profetizado Isaías. No habría vivido su vocación y, por tanto, no habría tenido sentido su vida.

A nosotros, muy probablemente, no nos pedirá Jesús el martirio violento, pero sí esa valentía y fortaleza en las situaciones comunes de la vida ordinaria: para cortar un mal programa de televisión, para llevar a cabo esa conversación apostólica que debemos tener y no retrasarla más… Sin quedarse en quejas ineficaces, que para nada sirven, dando doctrina positiva, soluciones…, con optimismo ante el mundo y las cosas buenas que hay en él, resaltando lo bueno: la alegría de una familia numerosa, el profundo gozo que produce realizar el bien, el amor limpio que se conserva joven viviendo santamente  la virtud de la pureza…

Existe un silencio cobarde, contra el que debemos luchar: el del que enmudece ante quien Dios ha puesto a su lado para que le ayude y le fortalezca en su caminar hacia Dios. Difícilmente podríamos ser valientes en la vida si no lo fuéramos en primer lugar con nosotros mismos, siendo sinceros con quien orienta nuestra alma.

Muchos de nuestros amigos, al ver que somos coherentes con nuestra  fe, que no la disimulamos ni escondemos en determinados ambientes, se verán arrastrados por ese testimonio sereno, de la misma manera que muchos se convertían al contemplar el martirio –testimonio de fe– de los primeros cristianos.  Pidamos  a Nuestra Señora, que nos enseñe a callar en tantas ocasiones en que debemos hacerlo, y a hablar siempre que sea necesario.

1 Mc 14, 61. — 2 San Jerónimo, Comentario sobre el Evangelio de San Marcos, in loc. — 3 Mt 27, 12-14. —  5  Is  30, 15. — 6 Mt 23, 14. — 7 Mt 14, 1-12.

Autor : Francisco Fernández Carvajal

Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec

SANTIDAD EN EL MUNDO

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 SANTIDAD

I. Llamada universal a la santidad.

Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero en el Evangelio de San Mateo nos lo dice específicamente: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos.2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos… El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle…, Cristo nos dice: Sed perfectos…, y nos da las gracias  que necesitamos para lograrlo.  «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» 4 LG39-40  « Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)» 3 No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre…, porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pidámoslo  cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes…

 II.  Ser santos allí donde nos encontramos.        

 No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el  metal es pulido  una y otra vez es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos… La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser… y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias.

Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.  No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo.                                                                Atengámonos a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

 III. Todas las circunstancias son buenas para crecer en santidad y realizar un apostolado   fecundo.

Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos…; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias… Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria… El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado. Siempre se nos ocurrirá como vencer los obstáculos y salir avante porque el amor es ingenioso. Habrá que poner más atención y empeño en la oración personal diaria, en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen…, pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Y así entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia.

En una época donde  lo inútil ocupa un gran espacio  en nuestras vidas, las  que a su vez se ven  agotadas por los imperativos de una  sociedad del rendimiento, es necesario y urgente continuar sembrando con mucha generosidad  y  constancia aunque por ahora no veamos  los frutos… solamente así habrá  más esperanza,  de que lo humano sobreviva a la devastación espiritual de un mundo tecnificado.

 Como dice el Apóstol Santiago: Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazonestened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía.  9

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; siempre será éste,  el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser…

 

 Autor : Francisco Fernández Carvajal
Extractos de “Hablar con Dios”, Adaptado por Editor Coec
 
1 Mt 5, 48. — 2 Cfr Mt 7, 28. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 39. — 4 Ibídem, 40. — 5 Liturgia de las Horas, martes de la 11ª semana. Segunda Lectura. — 6 Jn 15, 2. — 7 San Pedro Damián, Cartas 8, 6. —  9 2 Tim 2, 6. — 
 

La Anunciación del Señor

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La Anunciación del Ángel a la Virgen María

                                                                                                                                                       

Solemnidad de la Anunciación del Señor, cuando, en la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor anunció a María: Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, la Virgen, y se hizo hombre.                

La última fase de toda la apoteosis salvadora comenzó en Nazaret. Hubo intervenciones angélicas y sencillez asombrosa. Era la Virgen  la destinataria del mensaje. Todo acabó en consuelo esperanzador para la humanidad que seguía en sus despistes crónicos e incurables; se había entrado en la recta final. La iconografía de la Anunciación es, por copiosa, innumerable: Tanto pintores del Renacimiento como el veneciano Pennacchi la ponen en silla de oro y vestida de seda y brocado, dejando al pueblo en difusa lontananza. Gabriel suele aparecer con alas extendidas y también con frecuencia está presente el búcaro con azucenas, símbolo de pureza. Devotas y finas quedaron las pinturas del Giotto y Fra Angélico, de Leonardo da Vinci,  de fray Lippi, de Cosa, de Sandro Botticelli, de Ferrer Bassa, de Van Eyck,  de Matthias Grünewald, y de tantos más.     Pero probablemente sólo había gallinas picoteando al sol y gritos de chiquillos juguetones, estancia oscura o patio quizá con un brocal de pozo; quizá, ajenos a la escena, estaba un perro tumbado a la sombra o un gato disfrutaba con su aseo individual; sólo dice el texto bíblico que “el ángel entró donde ella estaba”.    Y ésta debió ser   la escena que la misma María  refiere  a  San Lucas, el evangelista,  en un en momento de intimidad.

Así fue como lo dijo Gabriel: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Aquel doncel refulgente, hecho de claridad celeste, debió conmoverla; por eso intervino “No temas, María, porque has hallado gracia ante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará por los siglos sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. La objeción la puso María con toda claridad: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” No hacía falta que se entendiera todo; sólo era precisa la disposición interior. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios”.

Luego vino la comunicación del milagro operado en la anciana y estéril Isabel que gesta en su sexto mes, porque “para Dios ninguna cosa es imposible”.

Fiesta de Jesús que se encarnó -que no es ponerse rojo, sino que tomó carne y alma de hombre-; el Verbo eterno entró en ese momento histórico y en ese lugar geográfico determinado, ocultando su inmensidad.

Fiesta de la Virgen, que fue la que dijo “Hágase en mí según tu palabra”. El “sí” de Santa María al irrepetible prodigio trascendental que depende de su aceptación, porque Dios no quiere hacerse hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.

Fiesta de los hombres por la solución del problema mayor. La humanidad, tan habituada a la larguísima serie de claudicaciones, cobardías, blasfemias, suciedad, idolatría, pecado y lodo donde se suelen revolcar los hombres, esperaba anhelante el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.

Los retazos esperanzados de los profetas en la lenta y secular espera habían dejado de ser promesa y olían ya a cumplimiento al concebir del Espíritu Santo, justo nueve meses antes de la Navidad.

¡Cómo no! Cada uno puede poner imaginación en la escena narrada y contemplarla a su gusto; así lo hicieron los artistas que las plasmaron con arte, según les pareció.

La separación entre la Iglesia y el Estado

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Debate sobre el Estado laico

iglesia-catolicaUn peligro latente para la sociedad peruana es la barrera artificial que algunos progresistas y liberales intentan crear entre el Estado y la Iglesia, un tema que se trae torcidamente al debate electoral. Se trata, para la alianza liberal-progresista de una barrera infranqueable, sin caminos de contacto, sin puertas de comunicación, que busca dividir hasta la enemistad al Estado y la Iglesia. En el fondo, lo que este grupo pequeño pero bien organizado desea es destruir cualquier punto de contacto entre la política y el hecho religioso, sosteniendo que una y otra no solo no deben mirarse, también deben golpearse cuando entren en contacto.
Esto, por supuesto, no resiste el menor análisis jurídico ni científico. La realidad religiosa puede influir positivamente en la configuración de un Estado de Derecho donde la libertad sea un bien jurídico reconocido. La política no puede existir de espaldas a la sociedad. Mucho menos el Estado. Cuando un Estado vive de espaldas a la sociedad entonces vivimos en medio de una dictadura. La religión es un componente fundamental de toda sociedad, por lo tanto, el Estado no puede vivir de espaldas a la religión. Ninguna sociedad se explica sin el hecho religioso. Reconocer esto no implica imponer las creencias mayoritarias a las minorías. Pero tampoco es posible defender la visión radical y contraria que pretende que unas minorías impongan su particular visión del mundo en detrimento de una población mayoritaria que respeta y comparte la religión.
El Estado y la Iglesia deben de cooperar siempre. El Estado y la Iglesia no deben enfrentarse. La Iglesia tiene la misión de proclamar la verdad, no solo la verdad religiosa. La Iglesia tiene que defender TODA LA VERDAD y existe, ¡claro que sí!, una verdad política, una verdad jurídica y como madre y maestra, la Iglesia está en todo su derecho, el de la libertad religiosa, de pronunciarse sobre todo lo humano. San Agustín tenía razón cuando dijo que la Iglesia habla todas las lenguas y las que no habla las hablará. El lenguaje político, el lenguaje estatal es un idioma que los católicos debemos dominar porque la civilización nos interesa, la política nos atañe y el Estado nos preocupa. En realidad, la crisis moral que atraviesa el Perú se debe al olvido del idioma estatal, a la postergación del lenguaje político por parte de los cristianos. El Estado entregado a pseudo-tecnócratas que idolatran el mercado o a filo-marxistas que rinden pleitesía a la lucha de clases es un Estado amputado en su esencia valorativa. Solo el cristianismo es capaz de iluminar las realidades temporales de la política y precisamente por eso, la Iglesia tiene el deber de pronunciarse sobre el descarrilamiento de los políticos y la creciente inoperancia del Estado.

No nos engañemos. Los enemigos de la Iglesia quieren copar el Estado y convertirlo en un instrumento de sus fines temporales. El vacío de poder siempre es cubierto por los grupos mejor organizados. Precisamente por eso los cristianos tienen que organizarse libremente para defender que todas las realidades humanas pueden y deben ser iluminadas por el Evangelio, restaurando la cooperación entre la Iglesia y el Estado siempre dentro de sus respectivas esferas de independencia. Esta cooperación franca y decidida es la base del verdadero Perú. lo conozca, lo depure y comprenda ya que afectará a los miembros del grupo o seguidores. Y será su estilo de liderazgo el estímulo que mueva a cada uno de sus colaboradores ante diferentes circunstancias.
Cuando alguien asume el rol de líder dentro de una empresa, mucho de sus estilos de liderazgo dependen de como maneje sus habilidades, tanto técnicas, como humanas y conceptuales. En cuanto a la habilidad técnica nos referimos a la capacidad para poder utilizar en su favor o para el grupo, los recursos y relaciones necesarias para desarrollar tareas específicas y afrontar problemas.

 Autor: Martín Santiváñez Vivanco