San José Patrono de los trabajadores


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I. El trabajo, un don de Dios...

La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se
limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo
trabajo humano honrado.
Con todo, permanece inalterado el hecho de que la propia labor
está relacionada con el Creador y colabora en el plan de redención de
los hombres. Las condiciones que rodean al trabajo han hecho que
algunos lo consideren como un castigo, o que se convierta, por la
malicia del corazón humano cuando se aleja de Dios, en una mera
mercancía o en «instrumento de opresión», de tal manera que en
ocasiones se hace difícil comprender su grandeza y su dignidad. Otras
veces, el trabajo se considera como un medio exclusivo de ganar
dinero, que se presenta como fin único, o como manifestación de
vanidad, de propia autoafirmación, de egoísmo..., olvidando el
trabajo en sí mismo, como obra divina, porque es colaboración con
Dios y ofrenda a Él, donde se ejercen las virtudes humanas y las
sobrenaturales.
Durante mucho tiempo se despreció el trabajo manual como medio
de ganarse la vida, considerándolo como de poco valor o envilecedor.
Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista divide a
los hombres «por lo que ganan», por su capacidad de obtener un
mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado. «Es
hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don
de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en
diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas
tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de
la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión
de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los
demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia;
medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al
progreso de toda la Humanidad». Esto es lo que nos recuerda la
fiesta de hoy, al proponernos como modelo y patrono a San José, un
hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia
para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre
manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, «la materia sale
del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen».
Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras
manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.

II. Sentido humano y sobrenatural del trabajo.

El Evangelio de la Misa  nos muestra, una vez más, cómo a Jesús
le conocen en Nazareth por su trabajo. Cuando vuelve Jesús a su
tierra, sus vecinos decían: ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es
su madre María?... En otro lugar se dice que Jesús siguió el oficio del
que le hizo las veces de padre aquí en la tierra, como ocurre en tantas
ocasiones: ¿No es este el carpintero, hijo de María?.... El trabajo
quedó santificado al ser asumido por el Hijo de Dios y, desde
entonces, puede convertirse en tarea redentora, al unirlo a Cristo
Redentor del mundo. La fatiga, el esfuerzo, las condiciones duras y
difíciles, consecuencia del pecado original, se convierten con Cristo en
valor sobrenatural inmenso para uno mismo y para toda la humanidad.
Sabemos que el hombre ha sido asociado a la obra redentora de
Jesucristo, «que ha dado una dignidad eminente al trabajo
ejecutándolo con sus propias manos en Nazareth».
Cualquier trabajo noble puede llegar a ser tarea que perfecciona a
quien lo realiza, a la sociedad entera, y puede convertirse, con todas
sus incidencias, en medio para ayudar a otros a través de la comunión
que existe entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que
es la Iglesia. Pero para esto es necesario no olvidar el fin sobrenatural,
además del humano, que deben tener todos los actos de la vida,
incluso los que se presentan como más duros y difíciles: «el
condenado a galeras bien sabe que rema con el fin de mover un
barco, pero para reconocer que esto da sentido a su existencia,
tendría que profundizar en el significado que el dolor y el castigo tiene
para un cristiano; es decir, tendría que ver su situación como una
posibilidad de identificarse con Cristo. Ahora bien, si por ignorancia o
por desprecio no lo logra, llegará a odiar su “trabajo”. Un efecto similar
puede darse cuando el fruto o el resultado del trabajo (no su
retribución económica, sino lo que se ha “trabajado”, “elaborado” o
“hecho”) se pierde en una lejanía de la que casi no se tiene noticia».
¡Cuántos cada mañana, por desgracia, se dirigen a su «trabajo» como
si fueran a galeras! A remar para un barco que no saben a dónde va,
ni siquiera les importa. Solo esperan el fin de semana y la paga
mensual. Ese trabajo, evidentemente, no dignifica, no santifica,
difícilmente servirá para desarrollar la propia personalidad y ser un
bien para la sociedad.

Pensemos hoy, junto a San José, en el amor y aprecio que tenemos a nuestra tarea, el cuidado que ponemos en acabarla con perfección, la puntualidad, el prestigio profesional, el sosiego –no reñido con la urgencia– con que lo llevamos a cabo, la consideración y el respeto que tenemos por todo trabajo, la laboriosidad...

III. Si nuestro quehacer está humanamente bien hecho,

podremos decir con la liturgia de la Misa de hoy: Señor, Dios nuestro,
fuente de misericordia, acepta nuestra ofrenda en la fiesta de San
José obrero, y haz que estos dones se transformen en fuente de
gracia para los que te invocan.
La obra bien hecha es la que se lleva a cabo con amor. Apreciar la
propia profesión, el oficio al que nos dedicamos es, quizá, el primer
paso para dignificarlo y para elevarlo al plano sobrenatural. Debemos
poner el corazón en lo que tenemos entre manos, y no hacerlo
«porque no hay más remedio».
San José nos enseña a amar el oficio en el que empleamos tantas
horas: el hogar, el laboratorio, el arado o el ordenador, el traer y llevar
paquetes o el cuidar de la portería de aquel gran edificio... La
categoría de un trabajo reside en su capacidad de perfeccionarnos
humana y sobrenaturalmente, en las posibilidades que nos ofrece de
sacar la familia adelante y de colaborar en obras buenas en favor de
los hombres, en la ayuda que a través de el préstamos a la sociedad...
San José tuvo delante a Jesús mientras trabajaba. A veces le pedía
que le sostuviera una madera mientras aserraba y, otras, le enseñaba
a manejar el formón o la garlopa... Cuando estaba cansado miraba a
su hijo, que era el Hijo de Dios, y aquella tarea adquiría un nuevo vigor
porque sabía que con su trabajo estaba colaborando en los planes
misteriosos, pero reales, de la salvación. Pidámosle hoy que nos
enseñe a tener esa presencia de Dios que él tuvo mientras ejercía su
oficio.
No olvidemos a Santa María, a la que vamos a dedicar, con mucho
amor, este mes de mayo que hoy comenzamos. No olvidemos ofrecer
cada día alguna hora de trabajo o de estudio, más intensa, mejor
acabada, en su honor.

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