La alegría de la Navidad


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La alegría de la Navidad hunde sus raíces en el hecho que Dios se hace hombre e ingresa en la historia de la humanidad. Y lo hace de un modo natural, sin llamar la atención: nace de mujer y vive en el seno de una familia.

¡Que portento, todo un Dios que se sujeta a las leyes humanas! Pudo iniciar el camino de la redención de manera quizá más espectacular, apareciéndose con todo esplendor y sin embargo “se apropia” de nuestra naturaleza y vive en orden al actuar y obrar propios del hombre: viviendo y creciendo como uno de nosotros.

Si Dios eligió para redimirnos lo cotidiano, lo ordinario, lo corriente y no lo espectacular, aun pudiendo hacerlo, es porque a través del propio tejido y circunstancias de cada historia personal, el hombre se encuentra con Dios y descubre el sentido divino de su existencia.

La escena de Belén, de María, José y el Niño nos habla del amor humano limpio y generoso, de la obediencia de Jesús y de la alegría a pesar de las carencias materiales.
Un regalo de Dios, es poder contemplarlo envuelto en pañales o aprendiendo con interés el oficio de su padre; regalo, también es el mostrarse como niño.

La alegría profunda y verdadera de la navidad brota y se multiplica al sabernos que todos somos participes de la naturaleza divina del niño Jesús… Este ha de ser el origen de nuestra alegría y de todas nuestras manifestaciones externas: que Dios está aquí, de que se ha hecho Hombre en su Hijo.

¡El Padre que nos ama, nos ha enviado a su Hijo! ¡Feliz Navidad!

Coec, Diciembre 2019.

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