¿Qué necesitamos para ser más felices?


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¿Qué necesitamos para ser más felices? …Más de algunas virtudes.

Cuando pensamos en una persona “como debe ser”, no hablamos de otra cosa que de virtudes. Las virtudes son hábitos buenos que determinan nuestra personalidad o modo de ser. Nos agrada la gente que es honesta, trabajadora, ordenada, generosa, templada (sin excesos de ningún tipo), optimista, prudente, comprometida etc. ¿Cómo lograrlo?

Surcos en el alma

Por insignificante que parezca, cada acto que realizamos deja una huella en nuestra alma, y esta huella, a su vez, facilita que repitamos ciertos actos. Por ejemplo: si he realizado muchas veces actos de laboriosidad, se genera en mí una predisposición a seguirlos repitiendo (en este caso, tengo la virtud o buen hábito de la laboriosidad). Los actos buenos repetidos una y otra vez nos hacen personas virtuosas y los actos malos producen hábitos malos o vicios.
Estos surcos o virtudes no son fáciles de conseguir. Una persona ordenada, por ejemplo, no es la que es capaz de un acto aislado de orden (de eso es capaz cualquiera), sino aquella en la que poner las cosas en su sitio es una constante.
El ordenado, por haber repetido cientos de veces y con esfuerzo actos de orden, tiene ya, como algo que forma parte de su personalidad, la VIRTUD del orden. Los actos de orden fluyen en él de manera natural, y son ya un constitutivo de su forma de ser: ES ORDENADO.

Libertad humana

Hoy en día se pondera mucho la libertad. Pero no se piensa lo suficiente lo anteriormente expuesto. ¿Somos libres? Por supuesto. Pero, debemos tener en cuenta que lo que finalmente hacemos cada día, trae, necesariamente, CIERTAS consecuencias. Las cosas menudas del día a día, repetidas una y otra vez, tienen un efecto en mí; las más simples: levantarme o no a la hora, cerrar o no el NETFLIX para empezar lo que tengo que hacer, soltar o no una frase destemplada, comer o no lo que ya mi cuerpo no necesita, tomar o no el cuarto trago, pagarle o no al policía ante el que me pasé la luz roja, guardar o no bien y limpios los utensilios de trabajo, llegar puntual o no a mis citas, escuchar o no con atención y cariño al prójimo, tener o no paciencia ante un inconveniente o retraso, etc. etc. etc. Estas cosas simples y cotidianas son las que en realidad modelan nuestra personalidad, no los Masters que tengamos. Ojo, no somos sólo nuestros conocimientos, sino nuestro comportamiento principalmente.

VIRTUDES MADRE: PRUDENCIA, JUSTICIA, FORTALEZA Y TEMPLANZA.

Grandes pensadores griegos hablaban ya hace 2500 años de 4 virtudes básicas de las que se podían deducir todas las demás. Si nos esforzamos un poco más por vivirlas, generaremos mucho bien en nosotros y nuestro entorno, nuestras familias y nuestro país.

Veamos la primera. La PRUDENCIA consiste en “optar por lo bueno y los medios necesarios para ello”. Resulta que, como el bien siempre es más o menos arduo, necesitamos meterle cabeza, tanto a descubrirlo, como a encontrar la mejor manera de llegar a él (para hacer mal las cosas francamente no hace falta pensar mucho). Por eso, tienen relación con esta importante virtud, varias disposiciones del alma: el Estudio, (nadie nace sabiendo), la Reflexividad (no siempre lo mejor es lo que primero se destaca ante la mirada), la Humildad (para aceptar que necesitamos aprender, oír a los demás etc.), el Optimismo (para poder perseverar en el esfuerzo), la Magnanimidad (el tener un corazón generoso y capaz de acometer grandes empresas en aras del bien común), entre otras.
Contrariamente a lo que se piensa, la prudencia no se relaciona con una cautela excesiva que lleva a la inacción. El prudente actúa, luego de haber deliberado.

La segunda virtud cardinal de este esquema es la JUSTICIA. Se trata de la virtud que regula nuestras relaciones con los demás. Clásicamente se la define como “dar a cada quien lo que le es debido”. Y ¿de dónde surge esta noción de que existen asuntos que son “debidos” a las personas? Pues, claramente, del reconocimiento del radical valor de cada persona por el sólo hecho de serlo. La persona justa es capaz de ver al otro como un ser que es objeto de los mismos derechos que ella, al margen de la posición social, raza, sexo u otras diferencias.
Somos criaturas eminentemente sociales. Hechos “para” el encuentro y el cariño con otras personas. ¿Quién puede vivir solo? ¿Quién se basta a sí mismo? Absolutamente nadie. Es por eso que, si lo pensamos bien, no debemos quedarnos en la estricta Justicia sino que hay que ir más allá de lo estrictamente justo hasta ser generosos y buscar el bien del otro.

Ahora nos toca referirnos a la tercera virtud cardinal: la FORTALEZA. Con la prudencia, se moldea la inteligencia para ser capaces de llegar a la verdad y al bien y con la justicia se regulan las relaciones entre los hombres. ¿Es fácil lo anterior? ¿No encontramos en nosotros serias dificultades para acometer el Bien? ¿No nos hemos propuesto muchas veces hacer cosas buenas, con nuestra mejor voluntad, que después hemos abandonado por debilidad, impaciencia, desánimo, dificultad? Aquí es que entra a tallar esta tercera virtud. Dijimos anteriormente que el bien es arduo, y efectivamente lo es. Por eso, en nuestro afán de hacer las cosas bien, tenemos que dar cabida al crecimiento de las principales virtudes relacionadas con la FORTALEZA. Destacando la Paciencia, la Laboriosidad y la Perseverancia.

En cuarto lugar tenemos la virtud de la TEMPLANZA. El ser humano es una criatura con cuerpo y, consecuentemente tiene necesidades materiales. Sin embargo, el hombre tiene que hacer un uso racional y moderado de los bienes sensibles. ¿Quién no ha experimentado que el cuerpo puede pedir más de lo que conviene? ¿Se le puede dar todo lo que pide? ¿No llega incluso a adicciones terriblemente esclavizantes? ¿Puedo a darle toda la comida, el trago, el confort, el sexo o los bienes de consumo, que eventualmente pudiera pedirme?

NADANDO CONTRA LA CORRIENTE

Salir del pantano social que nos succiona y nos hunde es una tarea para líderes fuertes, valientes y magnánimos!! Esta no es una tarea sencilla porque hay que realizarla nadando contra la corriente.
La enseñanza de las virtudes se fundamenta en el ejemplo y en la razón. Aun aceptando como positivo el pluralismo cultural y religioso de una sociedad, esa diversidad no puede significar que todo da lo mismo. Hay cosas mejores que otras.
Sin duda alguna en Occidente hay indicios claros de que, para una cantidad no despreciable de personas, la racionalidad está siendo cada vez más postergada en beneficio de un puro “emotivismo”. Las emociones y no la razón son las que controlan el actuar de muchos jóvenes y no tan jóvenes.
Una parte importante de nuestra juventud ha sido educada en la doctrina de la libertad y los derechos, sin considerar para nada los deberes. Cualquier imposición de normas es considerada como una fastidiosa coacción externa y por eso hay un creciente rechazo a cualquier forma de autoridad.
La pérdida del sentido de autoridad se inicia en la familia. Muchos padres han desnaturalizado las relaciones paterno-filiales, queriendo ser sólo “amigos” de sus hijos. Los amigos pueden ser muchos, pero los padres son únicos e insustituibles como formadores de virtudes.
Muchos padres, además de tener miedo de mandar, han perdido la conciencia respecto de la importancia de crear hábitos:
Qué importa que el niño ande con la camisa del uniforme afuera y la corbata colgando en el bolsillo. Qué importa que el más grande “juerguee” como loco todos los fines de semana. Qué importa la sexualidad prematura, si el niño o niña sabe tomar “las precauciones” del caso.
Vivimos en un nocivo relativismo en lo moral. No hay ninguna norma superior a “a mí me parece” o el famoso “qué tiene”. No obstante, este “a mí me parece” no es el resultado de una deliberación responsable, sino que muchas veces es un engaño a uno mismo para seguir haciendo lo fácil, lo cómodo, lo que no cuesta.
En el entorno individualista y hedonista en que vivimos, lo único que importa es mi bienestar aquí y ahora. Se ha perdido la noción de bien común, a tal punto que sólo pensar en dar la vida por la Patria parece un despropósito. Pareciera que el Gobierno y las Instituciones existen únicamente para satisfacer los derechos y caprichos de cada cual. Por su parte, los medios de comunicación social contribuyen en nada a la formación de las virtudes, exaltando como modelos de vida a personajes muy menores, o presentando en horario para niños programas con toda clase de impudicias, vulgaridades y frivolidades.
Al perder de vista “lo debido” la sociedad empieza a tambalear. Tenemos que retomar las riendas de nuestra vida, tenemos que ser responsables y coherentes si queremos que las cosas mejoren. Se puede…. La Ética, “lo que debe ser”, no es otra cosa que el camino a la Felicidad….Y nuestras virtudes son los aportes más concretos y positivos que podemos ofrecer para beneficio de nosotros mismos, para nuestras familias y para nuestra sociedad país.

Autor Editor COEC

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