Lucha ascética


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I. Muchos combates se libran cada día en el corazón del hombre.

La lucha misteriosa de Jacob con un ángel con figura de hombre a orillas del río Yaboc señala un cambio radical en la vida del Patriarca. Jacob había llevado una conducta demasiado humana, apoyado solo en medios puramente naturales. A partir de este  encuentro  cambiará su actitud y  confiará sobre todo en Dios, que reafirma en él la Alianza con el pueblo elegido.

Pudo así Jacob vencer en el combate solamente por la fuerza que Dios le comunicó. La lección de éste hecho fue  que no le  faltaría la bendición y la protección divina en las dificultades venideras1.  Así lo expresa el libro de la Sabiduría: Le concedió la palma en duro combate para enseñarle que la piedad prevalece contra todo 2.

Esta escena del Antiguo Testamento muestra el combate espiritual que ha de sostener el cristiano ante fuerzas muy superiores a él,  contra sus propias pasiones y tendencias, inclinadas al mal después del pecado de original.

Todos los días hay combates en nuestro corazón, enseña San Agustín. Cada hombre en su alma lucha contra un ejército. Los enemigos son la soberbia, la avaricia, la gula, la sensualidad, la pereza... Y es difícil –añade el santo– que estos ataques no nos produzcan alguna herida4. Sin embargo, tenemos la seguridad de la victoria si echamos mano de los recursos que el Señor nos ha dado: la oración, la mortificación, la sinceridad plena en la dirección espiritual, la ayuda de nuestro Ángel Custodio y, sobre todo, de nuestra Madre Santa María.

Por muchas que sean las tentaciones, las dificultades, las tribulaciones, Cristo es nuestra seguridad. ¡Él no nos deja!,  ¡Él no es neutral!, está siempre de nuestra parte. Todos podemos decir con San Pablo: Todo lo puedo  en Cristo que me conforta... Por muchas que sean las tentaciones, las dificultades, las tribulaciones, Cristo es nuestra seguridad.

¡Él no nos deja!, ¡Él no es neutral!, está siempre de nuestra parte.  Todo lo puedo en Cristo que me conforta, que me da las ayudas necesarias si acudo a Él, a los medios que tiene establecidos.

II. Para seguir a Cristo es necesario el esfuerzo diario, alegre y humilde.

Caminaba un montañero hacia un refugio de alta montaña. El sendero subía más y más, y en ocasiones resultaba difícil dar un paso; el frío azotaba su cara, pero el lugar era impresionante por el gran silencio que allí reinaba y por la belleza del paisaje.

El refugio, sencillo y tosco, resultó muy acogedor. Muy pronto observó que, sobre la chimenea, estaba escrito algo con lo que se identificó plenamente: «Mi puesto está en la cumbre». Allí está también nuestro sitio: en la cumbre, junto a Cristo, en un deseo continuo de aspirar a la santidad en el lugar donde estamos y a pesar de conocer bien el barro del que estamos hechos, nuestras flaquezas y retrocesos. Pero sabemos también que el Señor nos pide ése esfuerzo pequeño y diario, la lucha sin tregua contra las pasiones que tienden a tirarnos para abajo, el no pactar con los defectos, con los errores. Lo que nos hará perseverar en este combate es el amor, el amor profundo a Cristo, a quien buscamos incesantemente6.

La lucha ascética del cristiano ha de ser positiva, alegre, constante, con «espíritu deportivo». La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos.

»La santidad no tiene la rigidez del cartón: sabe sonreír, ceder, esperar. Es vida: vida sobrenatural»7.

En la lucha interior encontraremos también fracasos. Muchos de ellos tendrán poca importancia; otros sí la tendrán, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más al Señor. Y si hubiéramos roto en pedazos lo más preciado de nuestra vida, Dios sabrá recomponerla si somos humildes. Él perdona y ayuda siempre, cuando acudimos con el corazón contrito. Hemos de aprender a recomenzar muchas veces; con una alegría nueva, con una humildad nueva, pues incluso si se ha ofendido mucho a Dios y se ha hecho mucho daño a los demás, si existe un verdadero arrepentimiento y reparación, se puede estar después muy cerca del Señor, en esta vida y luego en la otra, si se lleva una vida acompañada de penitencia, humildad, sinceridad, arrepentimiento..., y volver a empezar.

III.  Recomenzar muchas veces. Acudir a la Virgen Nuestra Madre.

La lucha diaria del cristiano se concretará de ordinario en cosas pequeñas: en fortaleza para cumplir delicadamente los actos de piedad con el Señor, sin abandonarlos por cualquier otra cosa que se nos presente, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo de ese día o de ese momento; en el modo de vivir la caridad, corrigiendo formas destempladas del carácter (del mal carácter), esforzándonos por tener detalles de cordialidad, de buen humor, de delicadeza con los demás; en realizar acabadamente el trabajo que hemos ofrecido a Dios,  con perfección; en poner los medios para recibir la formación que necesitamos...

Esta lucha supone un amor vigilante, un deseo eficaz de buscarle a lo largo del día. Este esfuerzo alegre es el polo opuesto a la tibieza, que es dejadez, falta de interés en buscar a Dios, pereza y tristeza en nuestras obligaciones para con Él y para con los demás.

En este combate siempre contamos con la ayuda de nuestra Madre Santa María, que sigue paso a paso nuestro caminar hacia su Hijo. Este pueblo que cae y lucha por levantarse somos nosotros todos. Y este cambio que se produce cada vez que comenzamos –aunque sea en aspectos que parecen de poca importancia: en el examen particular, en los consejos recibidos en la dirección espiritual, en los propósitos del examen de conciencia– es el más grande que podemos imaginar. ¡Cuánto más cuando se trata de pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia! «La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, el cambio que se puede definir “original”, acompaña siempre el camino del hombre: Es el cambio entre el “caer” y el “levantarse”, entre la muerte y la vida 9.

Cada vez que recomenzamos, que nos decidimos a luchar una vez más, nos llega la ayuda de Santa María, Medianera de todas las gracias. A Ella hemos de acudir con pleno abandono cuando las tentaciones arrecien.

Autor: Francisco Fernández-Carvajal

Adaptado del libro  Hablar con Dios  por Editor COEC

 

1 Primera lectura. Año I. Gen 32, 22-32. — 2 Sab 10, 12. — 3 Ef 6, 12. — 4 San AgustínComentario al Salmo 99. — 5 San Juan CrisóstomoCatequesis bautismales, 3, 9-10. — 6 TanquereyCompendio de teología ascética y mística, n. 193 ss. — 7 San Josemaría EscriváForja, n. 156. — 8 Liturgia de las horas, Antífona Alma Redemptoris Mater. — 9 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 52

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