Permiso, gracias y perdón


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Lo que se hace en casa no se queda allí, sale, aumentado, a todos los ambientes donde estamos presentes y donde nos desplegamos. 

En su reunión con las numerosas familias que el último fin de semana de octubre llenaron la Plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Francisco ha recordado tres palabras claves para la convivencia tanto en ésa célula básica de la sociedad, así como en todo el conjunto de la sociedad: permiso, gracias y perdón.

Imaginemos por un instante una sociedad donde en lugar de atropellar al otro, porque no conocemos la utilidad de la palabra ‘permiso’, se le trate con atención y reverencia; donde en lugar de meter el carro para ganar la luz roja, aunque se ponga en peligro a los demás, se ceda el paso con cortesía y paciencia; o donde uno escucha a la persona que nos está hablando en vez de distraerse con el celular.

Imaginemos una sociedad donde no se olvide dar las gracias con calidez y sinceridad cuando alguien nos hace un favor o, simplemente, a quien nos acompaña en la vida, por su presencia, por su amistad y su apoyo, en lugar de darlo todo por descontado o, peor aun, por merecido.

Una sociedad donde las personas están dispuestas a pedir perdón o a ofrecer disculpas si han cometido un error, en vez de buscar justificaciones para rehuir la responsabilidad de sus actos o, como ocurre con frecuencia, de argumentar que fue involuntario (como si algún error fuera voluntario).

Esos pequeños grandes detalles en la vida cotidiana harían posible relaciones humanas más amables, más sanas y transparentes, menos violentas y suspicaces que las que sufrimos cuando están ausentes.

Y aunque, como se ha dicho, son aplicables a todo tipo de relación, practicarlas en la familia es fundamental para que también sea posible hacerlas vida en el mundo. La familia es el lugar natural donde se debe entrenar el pedir permiso, el dar gracias y el pedir perdón, algo que en muchos hogares de hoy no se practica tanto como sería recomendable.

De una familia donde sí se practican, es altamente probable que salgan personas que apliquen lo mismo en los otros tipos de relaciones humanas que cada día experimentan fuera de casa: entre amigos, en el colegio y la universidad, en el centro de trabajo, en la calle o en la comunidad.

Las consecuencias de no practicarlas las vemos ahora en todas partes. Ellas son las marcas de los fracasos de una sociedad que no apuesta de manera decidida por el núcleo donde se forman las personas, que además de padres o hijos son también ciudadanos.

Lo que se hace en casa no se queda allí, sale, aumentado, a todos los ambientes donde estamos presentes y donde nos desplegamos.

El ‘bullying’ en los colegios, el maltrato en los centros de trabajo, la manera agresiva en que manejamos resultan de esas carencias.

Cuando John Lennon cantaba “Imagine” se sentaba frente al piano y lo tocaba alucinando utopías imposibles. Imposibles, sobre todo, porque dependían más del resto de la humanidad que de uno mismo.

Es bonito cantarlo con emoción, pero no sirve de mucho perder el tiempo soñando que no existen naciones ni cielo ni infierno ni religión, porque más allá de lo que imaginemos, ellos seguirán allí, inmunes a nuestra ilusión.

Es más realista, y más simple también, tratar de ensayar esas tres claves para la convivencia: permiso, gracias y perdón. Es decir, menos que dependa de los demás y más acción personal.

 

31 Octubre 2013.

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