NECESITAMOS LA ALEGRÍA


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Los empresarios y directivos de empresa son personas que influyen decididamente en los demás. De ahí nace su responsabilidad de influir positivamente en todas las personas vinculadas de una u otra forma con su actividad.

Las personas que nos rodean funcionan como espejo de nuestras áreas de oportunidad, de nuestras fortalezas, y nuestras debilidades…

Las relaciones interpersonales son indispensables,  la calidad de nuestras relaciones influye en nuestro desarrollo personal y profesional.

El  potenciar el buen humor en las empresas,  las lleva a un  nivel superior que las diferencia ante sus competidores. Si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo ultra-competitivo el buen humor puede ser nuestro mejor aliado.

Los beneficios de la risa y el buen humor en las empresas son muchos, por ejemplo, el liderazgo no se debilita, sino que sale reforzado. Además, está demostrado que los dirigentes capaces de obtener lo mejor de sus colaboradores tienen buen sentido del humor y así favorecen ambientes de trabajo creativos y sin estrés.

 

El buen humor es uno de los signos distintivos del dirigente y en el caso de los empresarios  y dirigentes cristianos, esta actitud de la alegría es un testimonio no solamente importante en el ámbito humano sino también en el ámbito espiritual. Porque la alegría es señal de que estamos amando a Dios y haciendo un gran bien a los demás y a nosotros mismos.

Solía repetir  Paul Claude después  de su conversión:” ¡Decidles, que su única  obligación es la alegría!”. Estar alegres es una forma  de dar gracias a Dios por los innumerables dones de cada día, “pues Dios nos  ha creado para la alegría, nos ha  hecho criaturas alegres, y nuestra alegría es el primer tributo que le debemos, la manera más  sencilla y sincera de demostrar que tenemos conciencia de los dones de la Naturaleza y de la gracia y que los agradecemos”. Dios esta contento con nosotros cuando nos ve contentos, con el gozo verdadero.

Con nuestra alegría hacemos además mucho bien a nuestro alrededor, pues  esa alegría lleva a Dios. Dar alegría a los demás será frecuentemente la mayor muestra de caridad, el tesoro más valioso que damos a quienes nos  rodean. Hemos de ser  como los primeros cristianos. Su vida atraía por la paz  y la alegría con que realizaban las pequeñas tareas de todos los días o por su serenidad ante el martirio.

“Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaban  a quienes los conocían y trataban. Esos fueron los primeros cristianos, y eso hemos  de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y alegría  que Jesús nos ha traído”. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestra alegría.

Esta muestra de caridad grande hacia los demás –la de esforzarnos por alejar la tristeza de nosotros y de remover su causa—ha de manifestarse especialmente con quienes Dios ha puesto más cerca de nosotros. Dios quiere  que el hogar en que vivimos sea un hogar alegre. Nunca hogares  oscuros, hogares tristes, y frecuentemente tensos por la incomprensión y el egoísmo. Cuando en el lenguaje corriente se dice “esa casa parece un infierno”, en seguida se nos viene a la mente un hogar sin amor, sin alegría, sin Cristo.

Si uno sale alegre y optimista desde su hogar, podrá tener la certeza que al llegar a su  trabajo, tendrá  la actitud adecuada para contagiar esa alegría entre  sus colaboradores y colegas.

 

Adaptado de “La tibieza” de Don Francisco Fernández-Carvajal, p. 20

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