La Gestión del Talento

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Con la amortización se reducen los beneficios de hoy para ganar los beneficios de mañana. Con los años las empresas han aprendido que los beneficios futuros tienen su base en la calidad de sus activos. Y la calidad de los activos se deteriora con el tiempo. Por eso amortizan.

Las personas deberíamos hacer lo mismo para gestionar nuestro talento. El talento pierde valor con el tiempo. Una persona que no invierta en la mejora de sus talentos, de sus activos inmateriales, es como una empresa que no amortiza. En el caso de la empresa sus beneficios serán engañosos; en el caso de la persona, sus ingresos actuales serían poco sostenibles y por tanto igualmente falsos. La razón es la misma. En pocos años, esos activos, los de la empresa o los de la persona perderán valor y serán incapaces de producir beneficios o los ingresos actuales según sea el caso. La medida de la calidad de los talentos personales está en el valor de los mismos en el mercado. Y en el mercado el valor de los activos se pone en el contexto de lo que otros ofrecen y de lo que los clientes valoran.

Los activos inmateriales que forman parte del talento de las personas son sus conocimientos, competencias, actitudes y sistema de creencias. Los cuatro necesitan inversión para mantener su valor o para acrecentarlo. Los cuatro corren el peligro de deteriorarse con los años si no se invierte en ellos. Los cuatro tienen un potencial de mejora casi ilimitado si se gestionan inteligentemente.

Arquímedes popularizó en la Grecia clásica el efecto palanca por el cual el impacto de la fuerza sobre una palanca venía condicionado por la cercanía del punto de apoyo al objeto que se quería mover. Aplicando el efecto palanca a los talentos personales vamos a considerar que tanto los conocimientos como las competencias son la fuerza y las actitudes y el sistema de creencias el punto de apoyo que puede multiplicar el impacto de la fuerza.

CONOCIMIENTOS

El conocimiento ligado a la profesión se queda obsoleto en pocos años si no se regenera. La mejora del conocimiento tiene tres grandes enemigos. El primero es la autocomplacencia. Es el gusto por la ignorancia. El placer de no preocuparse por actualizarse, de no aprender para no complicarse la vida, de acudir a las reglas del pasado para decidir sobre el futuro. Para hacer frente a la autocomplacencia nada mejor que el inconformismo, la capacidad de cuestionarse lo logrado con las miras en mejorarlo, la manera de vivir en donde late la preocupación de cuánto mejor puedo llegar a ser.

El segundo enemigo de la regeneración del conocimiento es la falta de rigor. El inconformismo abre muchas cuestiones que requieren una respuesta. Sin metodología, la conciencia de una incompetencia genera ansiedad. Con metodología, las cuestiones que abre el inconformismo tienen un cauce que genera progreso.

Una persona que quiera invertir en su conocimiento además de cultivar su inconformismo debe adquirir el hábito de buscar metodología para acelerar el aprendizaje.

El tercer enemigo del conocimiento es la falta de enfoque, la dispersión. Difícilmente se puede llevar el conocimiento a una fase profunda y bien enraizada en el modo de pensar habitual sin concentrar los esfuerzos en algunas pocas áreas. Aquello que se aprende pero no se utiliza se acaba olvidando. La acumulación de conocimientos sobre una materia acaba dando paso a un nivel muy superior de calidad de pensamiento.
La mejora del conocimiento requiere de horas de reflexión y de una manera de plantearse el aprendizaje en donde el inconformismo, el rigor y la concentración en el enfoque sean las notas dominantes.

COMPETENCIAS

Las competencias a las que nos referíamos son destrezas en el comportamiento valiosas desde el punto de vista profesional. Si los conocimientos son saber de algo, las competencias son saber hacer ese algo. También las competencias pierden valor con el tiempo si no se hace algo por mejorarlas. Para una empresa resulta muy valioso que sus directivos mejoren la calidad de sus competencias. Al final el grado de eficacia y los logros de cohesión de un grupo de personas se asientan sobre la calidad de las competencias de sus directivos.

Las competencias se mejoran cuando se conoce el punto de partida, se tiene claro el lugar dónde se quiere llegar y se controla el proceso para evitar desviaciones serias. Hay competencias ligadas a la eficacia personal como la pro actividad, desarrollo personal, gestión del tiempo, resolución de problemas, integridad o autogobierno que son el fundamento de las competencias de carácter más profesional como la visión de futuro, gestión de recursos, orientación al cliente, red de relaciones efectivas y negociación. No sin mencionar otra lista de competencias extremadamente valiosas para la gestión de personas como son la comunicación y la empatía, el liderazgo, la delegación, el trabajo en equipo y la habilidad para entrenar a otros.

Ninguna de las competencias se mejora si no se practica. Por eso un libro, un seminario o un curso son sólo el inicio. Las competencias se desarrollan con la práctica y la ayuda de un entrenador externo o al menos con un plan personal de mejora en donde haya objetivos, mediciones, metodología, etc. Las competencias son hábitos en el comportamiento, destrezas en el trabajo, que requieren de un proceso de gestación relativamente lento. El tiempo que supone medirlas y mejorarlas es la amortización requerida para capitalizar ese gran activo.

A nadie se le oculta la importancia de tener actitudes positivas para realizar un trabajo con brillantez. Ni el lastre que supone para cualquier tarea tener una actitud negativa.

Las actitudes tienen un origen cognitivo (información en el subconsciente) y pueden, a través de su repetición, generar un hábito o predisposición más o menos permanente en el sentir. También las actitudes pueden mejorarse si uno mismo se empeña en ello.

El origen cognitivo de las actitudes se llama auto ideal y auto eficacia que no son si no información profunda almacenada en la memoria de largo plazo que tenemos las personas. Esa información es producto de la experiencia vivida pero también del diálogo interior en el que las facultades intelectuales crean en el consciente una realidad virtual.

Las posibles combinaciones del auto ideal y auto eficacia condicionan la autoestima que viene a ser un fenómeno muy cercano al de las actitudes.
La autoestima es el sistema inmunológico de las actitudes. Cuando es alta, es muy improbable que las actitudes se estropeen por circunstancias del entorno.

Las personas con una autoestima alta son muy resistentes a entornos agresivos. Saben ser ellos mismos, vivir con naturalidad y sin grandes necesidades en circunstancias malas. Una autoestima alta es como la salud, nunca mucha es demasiada. Por el contrario, una persona con una baja autoestima es muy vulnerable anímicamente a las condiciones externas. Con gran facilidad, un desequilibrio en las condiciones externas o algún tipo de agresión repercute negativamente en sus actitudes.

Una autoestima sana es el producto de una buena alineación entre expectativas de vida (auto ideal) y percepciones profundas sobre su marcha actual (autosuficiencia). A esa buena alineación habría que añadirle, como nueva condición, el contenido mayoritariamente animante e ilusionante tanto de los proyectos como de las realidades.

A sensu contrario, una autoestima baja se puede producir con cualquier desajuste entre realidades y proyectos o por un contenido mayoritariamente desanimante de los mismos. Las actitudes mejoran en relación directa con la mejora de la autoestima personal.

SISTEMA DE CREENCIAS

Las creencias son las certezas personales con las que opera nuestro cerebro. El sistema de creencias vendría a ser el conjunto de certezas a través de las cuales, miramos, evaluamos y sentimos nuestro entorno. Evidentemente, las creencias impactan muy profundamente sobre el comportamiento. Uno de los elementos centrales del sistema de creencias, es la identidad personal, la noción sobre quién es uno y el papel que tiene que cumplir en esta vida.

Un sistema de creencias es tanto mejor cuantas menos dificultades ponga para solucionar desde uno mismo las cuatro necesidades emocionales básicas de las personas. Seguridad, variedad, singularidad y conexión son los referentes emocionales básicos de las personas. Sentimos bien la realidad cuando están presentes. Cuando faltan, o se nos agrede en esas áreas, lo pasamos mal. Cuando la manera de pensar dificulta el logro de esas necesidades básicas, las personas se vuelcan fuera para encontrar soluciones. Con frecuencia esa manera de actuar genera dependencias indeseadas.

Un buen sistema de creencias cumple dos condiciones. La primera es no complicar demasiado —con excesivas reglas— el logro de las necesidades emocionales básicas en las circunstancias en las que vive esa persona. La segunda es impulsar a esa persona a nuevas metas. La ventaja de un buen sistema de creencias es que hace fácil disfrutar de las cosas que uno tiene y permite una sana independencia personal de las circunstancias externas. Tanto la persona en la que uno se convierte, como el tipo de contribuciones que se hacen a lo largo de una vida profesional y las recompensas que se reciben, tienen en el sistema de creencias una importante variable explicativa.

Cuando se imita el sistema de creencia de personas de éxito, se tiene una probabilidad alta de replicar sus logros en términos de hábitos personales, contribuciones realizadas y recompensas recibidas.

Si cambian las circunstancias externas, por ejemplo, si se asumen nuevas responsabilidades, se debería llevar el sistema de creencias a nuevas cotas. Muchas veces la falta de adecuación del sistema de creencias a las exigencias del momento actúa como cuello de botella en el progreso personal.

Tanto las actitudes como el sistema de creencias son la palanca de los conocimientos y las competencias. Si se pudiera medir en horas la inversión necesaria para mantener en forma la calidad de estos cuatro activos inmateriales que forman el talento personal, la inversión no bajaría de las 15 horas semanales. Es el coste de invertir en el futuro para que los ingresos del mañana se incrementen. Es trabajar menos en los ingresos de hoy para invertir en mejorar los activos con los que lograr los ingresos de mañana. Nunca la inversión en la gestión del talento había sido tan necesaria.

Luis María Huete, profesor del IESE

Juan Serrano, socio consultor de The ISA Group

La Felicidad Existe

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QUE ES LA FELICIDAD

La felicidad es un sueño por todos perseguido, y es una tendencia natural del hombre intentar encontrarla. En ocasiones, se siente perdido. Otras veces, recupera las fuerzas. Pero siempre tratará de buscar la felicidad o ansiará encontrarla. Para don José María Contreras, autor de La llave de la felicidad, uno de los grandes problemas en la actualidad es que vivimos «en el mundo del tener, no en el del ser», y «la felicidad pertenece al terreno del ser, no al del tener». Hoy en día parece que es más el que más tiene. Pero diversos estudios demuestran que verdaderamente el dinero no da la felicidad.

Según un estudio repetido por el Centro de Investigación de Opiniones en los últimos cincuenta años en Estados Unidos, la felicidad de los norteamericanos no ha aumentado a pesar de que ha mejorado su nivel económico.

Otro interesante informe, publicado por el profesor Richard Layard, demuestra que, según los datos de la Encuesta Mundial de Valores, felicidad y dinero no van necesariamente de la mano. En países como Colombia y Venezuela, con una renta per capita que apenas supera los 5.000 dólares anuales, el grado de satisfacción supera con creces el 80%, un dato muy superior al de Japón, que, sin embargo, tiene una renta anual per capita que supera en cinco veces a la de Colombia.

Para el profesor Ed Diener, de la Universidad de Illinois, y para su hijo Robert, que han estudiado la felicidad en los distintos países, hay un factor que hace que los iberoamericanos sean más felices que el resto, independientemente del nivel de riqueza en el que vivan. Según un estudio realizado en los años 90, los países más optimistas son Puerto Rico, Colombia y España, porque «muestran una tendencia al positivismo que posiblemente está enraizada en sus normas culturales, que tienen que ver con el valor de considerar que los aspectos de la vida son buenos en general». En cambio, en los países del este de Asia ocurre precisamente lo contrario: «Hemos comprobado que tienden a poner más énfasis en las áreas peores de su vida a la hora de computar su satisfacción».

Tampoco los antiguos miembros de la Unión Soviética y los Estados de la órbita soviética se muestran especialmente felices. En Ukrania, el grado de felicidad de la gente no llega al 40%. Entre los más infelices se encuentra la población de Zimbabwe, hecho que demuestra que, aunque el dinero no da la felicidad, sí es necesario tener cubiertas unas necesidades básicas. Irlandeses, holandeses y suecos se consideran los más felices del mundo. Y sorprenden datos como el de Nigeria, con un grado de satisfacción que supera el 80%, a pesar de los índices de pobreza que se registran en el país.

Robert Biswas-Diener hizo un estudio en la Universidad de Portland sobre la felicidad en Calcuta, considerada una de las ciudades más pobres del mundo. El resultado fue sorprendente, porque el grado de felicidad de los habitantes de la ciudad rondaba el 60%.
Mientras los datos de los países más pobres son sorprendentes, las cifras de los países más ricos demuestran que muchas personas no son felices.

Indudablemente, en una cultura basada en la teoría de que es más el que más tiene, la felicidad siempre queda lejos porque las personas son incapaces de encontrar motivos de alegría en la vida que llevan. Por eso, aceptar la vida tal y como viene, sin caer en estoicismos pero sí aprendiendo a disfrutar de lo que hay, y, sobre todo agradecer lo que se tiene, son claves importantes a tener en cuenta para ser felices. Como explica la profesor Ruut Veenhoven, de la Universidad Erasmus, en Rotterdam, la felicidad es «cuánto te gusta la vida que vives».

LA FELICIDAD EXISTE

Existe otra forma de experiencia de Dios: la del deseo de felicidad. Nosotros anhelamos realizar nuestra existencia, y sentimos que hay en nosotros un poder creador, y otros valores elevados que nos estimulan. Anhelamos la protección de un amor profundo, verdadero, y queremos saciarnos de felicidad auténtica. Anhelamos expresar estos deseos infalibles con pensamientos, palabras y actitudes. Este anhelo podríamos llamarlo también amor, un amor que busca algo o a alguien digno de él.

Hay cosas que el mismo amor despierta para poder llevarlas a plenitud. Un ansia que, de todos modos, va buscando apasionadamente su felicidad en todo lo que existe. Se acerca a las cosas, las examina y les pregunta: ¿Eres tú? Muchas le responden: ¡No! En su afanosa búsqueda tropieza con personas, obras, cosas que no lo dejan satisfecho. Una tras otra, las pondera todas: cosas, obras y personas, para concluir que nada satisface sus anhelos.

La cosa podría terminar aquí, con una triste resignación, con una desesperación que se engaña a sí misma y se ahoga en sus mismas ansias de felicidad, con una experiencia amarga que se vuelve contra sí mismo. Pero puede ocurrir lo contrario, que, después de haber experimentado el anhelo infinito de felicidad, vea con claridad y sienta que tiene que existir lo que busca, algo que lo supera todo y que el mundo no puede dar. Algo no solamente más grande, mejor y más bello, sino algo desconocido y familiar, un misterio que se adivina más allá de las cosas, de los acontecimientos, de las personas, algo que está allá, arriba…

Revista Alfa y Omega

EL SENTIDO DEL ADVIENTO

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«El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal,  que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico, porque  la insuficiencia de este ánimo festivo  se deja sentir por si sola.  El objetivo de nuestras aspiraciones ha de ser el núcleo del acontecimiento  en lugar de contentarnos con un mero reflejo del mismo, manifestado en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?

La palabra «Adviento» no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo.

Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como El quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en la oscuridad de la noche serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo.

La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. Cuando en la noche santa suene una y otra vez el himno Hodie Christus natus est, debemos recordar que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un «hoy» cada vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer en él las tinieblas del egoísmo (…) el niño ‑ Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.

Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero subrayando: tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (…)».

Alegraos en el Señor

(…) «“Alegraos, una vez más os lo digo: alegraos”. La alegría es fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena nueva. Y sin embargo es ahí donde el mundo se equivoca, y sale de la Iglesia en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente, la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión. En este «Alegraos en el Señor», que el apóstol nos propone, está evidentemente cifrada  toda verdadera alegría, ya que fuera de El no puede haber ninguna. Y de hecho esto es una gran verdad:  toda alegría que se da fuera de él o contra él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento. Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas y destruidas, y se fundamente en la más íntima profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica.

Celebrar el Adviento significa despertar a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Para ello hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo está amparada por una misericordia amorosa, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios.

Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de la Navidad feliz, bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval».

Estar preparados…

«En el capitulo 13 que Pablo escribió a los cristianos en Roma, dice el Apóstol lo siguiente: “La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes, ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor Jesucristo…” Según eso, Adviento significa ponerse en pie, despertar, sacudirse del sueño. ¿Qué quiere decir Pablo? Con términos como “comilonas, borracheras, amancebamientos y querellas” ha expresado claramente lo que entiende por «noche». Las comilonas nocturnas, con todos sus acompañamientos, son para él la expresión de lo que significa la noche y el sueño del hombre. Esos banquetes se convierten para San Pablo en imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material, permanece en la oscuridad sin verdad, duerme a pesar del ruido y del ajetreo. La comilona nocturna aparece como imagen de un mundo malogrado. ¿No debemos reconocer con espanto cuan frecuentemente describe Pablo de ese modo nuestro paganizado presente? Despertarse del sueño significa sublevarse contra el conformismo del mundo y de nuestra época, sacudirnos, con valor para la virtud v la fe, sueño que nos invita a desentendernos a nuestra vocación y nuestras mejor posibilidades. Tal vez las canciones del Adviento, que oímos de nuevo esta semana se tornen señales luminosas para nosotros que nos muestra el camino y nos permiten reconocer que hay una promesa más grande que la el dinero, el poder y el placer. Estar despiertos para Dios y para los demás hombres: he ahí el tipo de vigilancia a la que se refiere el Adviento, la vigilancia que descubre la luz y proporciona más claridad al mundo».

Juan el Bautista y María

«Juan el Bautista y María son los dos grandes prototipos de la existencia propia del Adviento. Por eso, dominan la liturgia de ese período. ¡Fijémonos primero en Juan el Bautista! Está ante nosotros exigiendo y actuando, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea masculina. Él es el que llama con todo rigor a la metanoia, a transformar nuestro modo de pensar. Quien quiera ser cristiano debe “cambiar” continuamente sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección opuesta. Todo ello se ha de extender también a nuestro modo de comprender la vida en su conjunto. Día tras día nos topamos con el mundo de lo visible. Tan violentamente penetra en nosotros a través de Internet, carteles, propaganda,  la radio, el tráfico y demás fenómenos de la vida diaria, que somos inducidos a pensar que sólo existe lo “visible”. Sin embargo, lo invisible es, en verdad, más excelso y posee más valor que todo lo visible. Una sola alma es, según la soberbia expresión de Pascal, más valiosa que el universo visible. Mas para percibirlo de forma vida es preciso convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo visible y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo invisible. Aceptar esta realidad es más importante que todo lo que, día tras día, se abalanza violentamente sobre nosotros. Metanoia  (Metanoeite): dad una nueva dirección a vuestra mente, disponedla para percibir la presencia de Dios en el mundo, cambiad vuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en vosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, del deber de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino del sacerdote y de cada cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!».
Palabras del Cardenal Joseph Ratzinger sobre el Adviento

 

 

LA EMPRESA LIBRE Y LA IGLESIA CATOLICA

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Considerando las distintas manifestaciones de los “indignados” producidas en todo el mundo, hechos que han suscitado la opinión  del Vaticano, la Iglesia ha planteado una vez más la cuestión de lo que enseña exactamente,  en materia económica.
A propósito la agencia ZENIT comenta una  reciente publicación aparecida  en Australia del libro “El espíritu empresarial en la tradición católica” (*) escrito por el padre Anthony G. Percy, rector del seminario del Buen Pastor en Sydney, Australia.

El libro analiza el desarrollo del pensamiento de la Iglesia sobre el trabajo y el negocio. Comenzando por la evidente necesidad de trabajar que se ve en el Libro del Génesis, a través de los Padres de la Iglesia hasta llegar a las encíclicas sociales del último siglo y más, el libro resume el desarrollo de la reflexión teológica en este tema.

El libro se centra especialmente en la figura del empresario y en su introducción Percy afirma que la Iglesia ha realizado una profunda apreciación de este perfil. Las Escrituras condenan con firmeza la avaricia y el amor al dinero pero no al dinero en sí mismo, destacó.

Ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento contienen un número de referencias al trabajo y a la colaboración del hombre con Dios para hacer fructífera la creación.

Un conjunto de parábolas de Jesús reflexionan sobre la actividad empresarial. El hombre que busca el tesoro en el campo, el mercader que busca perlas finas, la parábola de los talentos y el siervo honesto y el deshonesto son algunas de ellas.

El libro admite que obviamente el significado de estas parábolas es espiritual, pero que al mismo tiempo hay una apreciación por el trabajo humano que implican estas actividades.

Talentos
En la parábola de los talentos los dos sirvientes que multiplican lo que les ha sido entregado son alabados por su energía y perseverancia en la consecución de un beneficio. El criado perezoso que escondió el talento quiso evitar los riesgos y los obstáculos que forman parte del trabajo empresarial.

Este tema no aparece mucho en los escritos de los Padres de la Iglesia, pero esta claro que no consideraban la actividad comercial como incompatible con el Cristianismo, explica el libro. El empresario está llamado, como todos, a usar los recursos naturales del mundo y contribuir al bien común.
Una parte del libro está dedicada a un breve análisis de lo que Tomás de Aquino y otros teólogos han dicho sobre esta cuestión. En general, la tradición teológica católica contempla esta figura como poseedora de un conjunto de virtudes, alguien que es creativo y que disfruta trabajando con los demás, a la vez que modera su amor por el dinero.

Una consideración más detallada se da en las encíclicas sociales, comenzando por la publicación en 1891 de la encíclica de León XIII, Rerum Novarum. La encíclica que rechazó el socialismo y defendió el derecho a la propiedad privada.

La Rerum Novarum también insistió en que el estado no debería controlar al individuo o a la familia, sino que ambos deberían ser libres para poder tener una iniciativa privada en la economía.

En la Quadragesimo Anno, Pío XI se enfrentó con una situación mundial más complicada en 1931, después de la I Guerra Mundial y en medio de la Gran Depresión defendió la propiedad privada, mientras que mantenía la enseñanza tradicional de que debe ser usada por el bien de todos.

A la vez que defendía los mercados libres Pío XI también criticó un excesivo individualismo que ignora la dimensión social y moral de la actividad económica.

Libertad
En un mensaje en la radio para celebrar el 10 aniversario de la Quadragesimo Anno, Pío XI dijo que la gente tenía el derecho fundamental a usar los bienes materiales y participar en el comercio para intercambiarlos.

En un discurso a los banqueros en 1950, Pío XII describió el trabajo como un elemento social y necesario, diciendo que debería ser dirigido hacia el bien común. Llevado a cabo adecuadamente el trabajo puede ser una forma de servir a Dios y de llegar a la santificación personal.

En otra charla, esta vez a los representantes de cámaras de comercio, Pío XII tocó el tema de la vocación de hombre de negocios. Defendió la importancia de la iniciativa privada y su papel en la creación del bienestar material. También los exhortó a tener ante ellos el ideal de servicio y a no traicionar su vocación quedándose sólo en el propio beneficio.

En otros discursos, Pío XII repitió la idea de que el negocio debería servir al bien común. La libertad de la actividad económica se justifica sobre la condición de que sirve a una libertad mayor, explicó.

Dos de los capítulos del libro hablan de las contribuciones que Juan Pablo II realizó a la enseñanza social de la Iglesia. En el primero de estos dedicado al trabajo humano, Percy explicó que en la primera encíclica papal sobre temas económicos, Laborem Exercens, nos deja tres ideas fundamentales: El trabajo tiene un significado objetivo, subjetivo y espiritual.
El trabajo tiene un sentido objetivo externo que implica el trabajo de crear algo. Juan Pablo II lo puso dentro del contexto del don de la creación. Por esto, Percy comentó que la creatividad del empresario es también un don y está sujeto al orden querido por Dios y no algo completamente autónomo.

En la dimensión subjetiva una persona trabaja para construir su humanidad mientras lleva a cabo la acción humana. Hablando a hombres de negocios en Buenos Aires en 1987, Juan Pablo II dijo que el empresario realiza una tarea vital en la sociedad produciendo bienes y servicios. En esta actividad deberían considerar su papel como un servicio a los demás y trabajar para crear una sociedad que sea más justa y pacífica, añadió.

Con respecto a  la dimensión espiritual o  aspecto Salvífico, es decir el tercer tema importante de la Laborem Exercens, Percy comenta que nuestro trabajo personal es un modo de colaborar en el trabajo redentor de Cristo. Por esta razón es una actividad que es a la vez creativa y salvífica.
Refiriéndose a la encíclica de Juan Pablo II Centesimus Annus, el libro destaca que contiene una consideración extensiva sobre la economía de mercado.

El Papa reconoció que el factor humano se ha convertido en algo que predomina más en la economía con el desarrollo de habilidades y tecnología que juegan un papel decisivo en la creación de riqueza. Así el trabajo empresarial es una fuente de riqueza.

El trabajo empresarial con los demás y cooperar libremente para satisfacer las necesidades, Juan Pablo II puso de relieve la importancia de esta orientación a la necesidad de los demás. El trabajo toma al individuo y lo coloca dentro de una comunidad, a través del que se sirve a los demás.

Percy valora la Centesimus Annus como una extensión y desarrollo de la enseñanza teológica y no un radical cambio que algunos consideraron que tenía que ser. El Papa aprobó la economía libre, pero no un punto de vista libertario.

Hay algunos conceptos innovadores en la encíclica, destaca Percy, como la consideración del negocio en la promoción de la comunión de las personas.
Concluyendo, el libro afirma que la Iglesia mantiene la iniciativa privada y el trabajo empresarial en alta consideración. Esta actividad, sin embargo, está llamada a reconocer la dignidad de la persona humana y debe ser puesta al servicio de los demás.
Si más personas y empresarios trabajaran de esta manera ciertamente no estaríamos en la crisis actual.

 

(*)Publicado  en Estados Unidos por Lexington Books y en Australia por Connor Court.

 

 

“Ante la enfermedad la palabra rendición no existe”

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Rafael Cattarini,  sufre una minusvalía del 90% por la Esclerosis Lateral Amiotrófica
Estudiaba dos carreras, tenía muchos amigos, éxito con las mujeres y un largo etcétera común a un chico de 18 años. Pero su vida cambió cuando se le diagnosticó una de las enfermedades más crueles que existen: la Esclerosis Lateral Amiotrófica.   La de Rafael Cattarini es una historia de superación. Ya no puede moverse ni hablar. Pero sigue luchando, dando ejemplo y apoyo los que tiene alrededor. Las respuestas a esta entrevista las ha escrito mediante un ratón especial, conectado a un teclado virtual en el que va señalando lentamente las letras, una a una.

-¿Qué es la esclerosis lateral amiotrófica (ELA)?

-Por una razón que se desconoce, los nervios dejan de transmitir los impulsos eléctricos provocando la atrofia de los músculos de manera progresiva. La consecuencia directa es la pérdida paulatina de movilidad y fuerza de los músculos hasta provocar la muerte.

-¿Cómo empezó a manifestarse?

-Yo soy un caso atípico y único en el mundo porque tengo síntomas desde los seis años. Lo raro es que esos síntomas avanzaron muy lentamente, permitiéndome llevar una vida normal hasta los 18, momento en el que se desencadenó en su totalidad. Siete años después tengo una minusvalía del 90%, no puedo hablar, caminar, tragar, mover ninguna extremidad y en breve necesitaré un aparato para respirar… Pero sigo vivo y además rompiendo las estadísticas porque, según la teoría, hace dos años que debería estar muerto.

-¿Te acuerdas de cómo fue el proceso?

-Viéndolo en retrospectiva, ahora que conozco cómo actúa la enfermedad y me comparo con la gente sana de mi entorno, entiendo muchas cosas, pequeños detalles que sólo yo percibía, pero que al no producirme ninguna limitación física preocupante, asumía y aprendía a vivir con ellos. Siempre he sido muy observador y tengo una memoria extraordinaria, y si ya en mis primeros recuerdos tenía síntomas, es que quizás nunca he estado sano.

-Conociste tu enfermedad con 18 años;a esa edad, ¿qué vida llevabas? ¿Cuáles eran tus proyectos de futuro?

-Una de las razones por las que mi caso tiene tanta repercusión social es precisamente ‘mi currículum’ antes de la enfermedad y las ideas preconcebidas que la gente se hace sobre ti sin conocerte siquiera. Cuando estudias Ingeniería Aeronáutica y Empresariales a la vez, hablas tres idiomas, eres monitor de esquí y muy bueno en vela, guapo, simpático, de familia acomodada, ligón y encima el rey de copas, automáticamente eres un pijo chulo niño de papá, vacío y falso que vive en un mundo irreal fuera del cual no vales nada porque no sabes lo que es pasarlo mal. Incluso hay gente que cree que finges la enfermedad para llamar la atención… Y yo he venido a demostrar por la vía de los hechos que los que pensaban eso se equivocaban. En la barra del bar todos somos muy machos, pero es en las situaciones extremas donde se ve quién es quién de verdad, sin tapujos. Las palabras hay que refrendarlas con los actos, y eso trato de hacer.

-¿Crees en Dios? ¿Hay un antes y un después de la enfermedad en tu vida espiritual?

-Era creyente, pero menos. Las cosas se han desarrollado de una forma que para mí sólo se pueden explicar mediante la existencia de Dios, por eso mi fe se ha multiplicado desde que estoy enfermo. La gente no cree en Dios porque no sabe verle; buscan un anciano con barba y túnica blanca subido a una nube que les haga ganar la lotería cuando ni siquiera han comprado un boleto… Y naturalmente no lo encuentran. Dios está en cada uno de nosotros, Él está dentro y sale cada vez que tenemos un acto de generosidad hacia los demás.

-¿Qué te ha supuesto la enfermedad? ¿Cómo haces para seguir adelante pese a todos los impedimentos que tienes? ¿Qué te empuja a luchar, a seguir día a día?

-Mis amigos. Ellos son un milagro, un ejemplo de comportamiento, generosidad y entrega. Se supone que son los mayores los que por experiencia en la vida tienen que enseñarnos a los jóvenes cómo comportarnos y qué hacer cuando surgen problemas, pero aquí nadie sabía nada, así que fuimos nosotros los que cogimos las riendas desde el principio y empezamos a escribir las normas y a abrir el camino, y ahora son los mayores los que aprenden de nosotros. Esta enfermedad es un infierno de principio a fin, una pesadilla interminable que no le deseo ni a mi peor enemigo; ni siquiera pasar un día de sufrimiento como los que he tenido que pasar yo porque dudo que lo soportasen; pero también te digo que si yo tengo realmente algo de culpa en cómo la gente se ha podido volver así de generosa y buena con los demás como lo han sido conmigo, es que entonces yo he ganado esta guerra y no la enfermedad. Por haber visto lo que he visto merece la pena estar enfermo. Mis amigos son un regalo de Dios, yo lucho por ellos. Cuando las cosas se empezaron a poner feas, ellos no me dejaron, cerraron filas en torno a mí sacrificando así su comodidad y su libertad por sacarme adelante (¿acaso no es eso Dios? ¿acaso no es lo que Cristo nos enseñó?), y yo ahora no les voy a dejar.
-¿Dónde está Dios en una enfermedad como ésta? ¿Por qué te ha ‘tocado’ a ti?
-Porque puedo con ello. “Curé la ceguera con una vejiga de pez, se supone que soy el encargado de curar las almas de los humanos, me llamo Rafael” (la misión del Ángel Rafael, según el Libro de Tobías). Mi vocación desde pequeño es ser militar, soy un luchador nato y si Dios me manda a esta batalla, Él sabrá por qué lo hace. Él me manda cada vez más dificultades para que superándolas dé ejemplo a los demás y así les ayude a ser mejores. Él me pone a prueba todos los días para ver hasta dónde aguanto, pero a veces se le olvida que soy español: para mí la palabra “rendición” no existe.

AUTORIDAD Y AUTORITARISMO

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La autoridad condenada al fracaso
Hay personas que logran ganarse una posición de gran respeto por la vía de la fuerza o el miedo: tienden a utilizar un poder coercitivo para lograr lo que se proponen. Su eficacia a corto plazo suele ser alta, pero no es fácil de mantener por mucho tiempo, pues produce una sumisión tensa y provoca actitudes de resistencia que pueden llegar a ser enormemente activas e ingeniosas.

Este tipo de poder es el que ejercen algunas personas –en el trabajo, la escuela, la familia, etc.–, con resultados a largo plazo generalmente deplorables, pues entran con facilidad en una dinámica que alienta la simulación, la sospecha, la mentira y la inmoralidad.

En algunos casos extremos, cuando se lleva al límite esa tensión, produce conflictos personales más graves, pues –como escribió el pensador ruso Alexander Solzhenitsyn– «sólo se tiene poder sobre las personas mientras no se les oprima demasiado; porque si a una persona se le priva de lo que considera fundamental, considerará que ya nada tiene que perder y se liberará de esa sujeción a cualquier precio».

El poder coercitivo suele desaparecer cuando desaparece la capacidad de ejercer las amenazas o el miedo, y entonces surgen con facilidad, como reacción, sentimientos de rechazo, oposición o revanchismo.

Hay otros estilos de autoridad menos despóticos, que consiguen mantener una posición de dominio de una manera más utilitaria, por la vía de la contraprestación y el equilibrio de poderes, y la gente les obedece y les sigue en puntos concretos a cambio de unas ventajas determinadas. La relación que se establece suele ser de simple funcionalidad, y ese equilibrio de fuerzas se mantiene mientras beneficie a ambos, o al menos, mientras continuar así les perjudique menos que romperlo. Es cierto que ofrece una cierta sensación de equidad y justicia, pero es el tipo de situación propia de relaciones laborales o familiares precarias y enrarecidas.

Consecuencia del prestigio es la fuerza
Hay, por último, otras formas de ejercer la autoridad más acordes con la dignidad del hombre. Es la autoridad moral que poseen aquellas personas en las que se confía y a las que se respeta porque se cree en ellas y en la tarea que están llevando a cabo. No es una fe ni una servidumbre ciegas, ni consecuencia del arrastre de un gran carisma personal, sino una reacción consciente y libre que esas personas producen en los demás gracias a su honestidad, su valía y su actitud hacia los otros.

Todos hemos conocido personas que han despertado en nosotros esos sentimientos de adhesión. Quizá esa persona nos sorprendió depositando una mayor confianza en nosotros, nos trató de forma distinta, nos alentó en momentos difíciles, o nos ofreció su ayuda cuando no lo esperábamos. El caso es que generó en nosotros una consideración especial hacia él: una actitud de respeto, de lealtad, de compromiso, de receptividad.

Se trata de algo que también puede producirse ante un personaje que nos presenten los medios de comunicación, o ante figuras que descubrimos en la historia, o ante escritores o artistas de otra época, por ejemplo. Pueden despertar en nosotros una corriente de extraordinaria simpatía o, por el contrario, de profundo rechazo. Estudiar esas figuras y analizar los rasgos que producen esos efectos, será siempre una fuente de ideas interesantes para todo aquel que desee ganar en autoridad moral.

 

 

Autor: Alfonso Aguiló

 

Las Ventanas Rotas

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Para saber

En la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, se realizó  un experimento de psicología social. Dejaron abandonados en la calle dos autos idénticos, misma marca, modelo y color. Uno en el Bronx, una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California. Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio.

Como era de esperarse, el abandonado en el Bronx comenzó a ser maltratado en pocas horas. Perdió las llantas, motor, espejos, radio, etcétera. Todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no, lo destruyeron. En cambio el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito. Sin embargo, el experimento no finalizó ahí. Los investigadores decidieron romper un vidrio del automóvil de Palo Alto. El resultado fue que se desató lo mismo que en el Bronx: el robo, violencia y vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre. ¿Por qué el vidrio roto cambió todo?

Para pensar

Un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de reglas, como que todo vale nada. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

En experimentos posteriores, James Q. Wilson y George Kelling desarrollaron la “teoría de las ventanas rotas”, concluyendo que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Si se rompe el vidrio de una ventana en un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro, y esto es algo que parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito.

Si se cometen “esas pequeñas faltas” como estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad, tirar basura en la calle o pasarse una luz roja y estas pequeñas faltas no son sancionadas, entonces comenzarán a desarrollarse faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.


Autor: José Martínez Colín

AMAR AL MUNDO APASIONADAMENTE

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Este articulo  resume una homilía de San José María Escrivá, durante una misa  en el campus de la universidad de Navarra, celebrada el 8-X-1967, donde aclara una falsa noción de lo espiritual, que ha comportado consecuencias perjudiciales para nuestra religión: cual es  entender  la existencia  cristiana como algo solamente espiritual – o espiritualista.

Explicaba San Josémaría: Cuando celebramos la Sagrada Eucaristía, participamos en el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado. Esta verdad tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría, sin embargo, ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí.

Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del Cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él.

Lo cual sin lugar a dudas sería una visión deformada del Cristianismo, puesto que es la vida ordinaria  el verdadero lugar de nuestra existencia cristiana.

Al respecto, subrayaba: “Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno. Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios”.

“Por el contrario, debéis comprender ahora -con una nueva claridad- que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.”

Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.  No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo”

“Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… Vivir santamente la vida ordinaria, acabo de deciros. Y con esas palabras me refiero a todo el programa de vuestro quehacer cristiano.

Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera -¡ojala no me hubiera casado, ojala no tuviera esta profesión, ojala tuviera más salud, ojala fuera joven, ojala fuera viejo!…-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor: mirad mis manos y mis pies, dijo Jesús resucitado: soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

“Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo -y no sólo el templo- es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

  • a ser lo suficientemente honrados, para asumir la propia responsabilidad personal;
  • a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y
  • a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en intereses personales o partidarios.

Se ve claro que, en este terreno como en todos, no podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen -a la vez- la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable.

Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia- vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo -lo diré de un modo positivo-, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social.

 

Educación Emprendedora

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¿Se ha sentido paralizado por el temor alguna vez? El temor es una de las fuerzas más limitantes que existen. Nos impide avanzar, nos restringe y nos recluye a un área que es mucho menor a la que nos corresponde. A la hora de emprender, es muy importante saber lidiar específicamente con el temor al fracaso. Aprenda junto con sus hijos cómo hacerle frente con éxito. Estarán preparados para vencerlo cuando comprendan cual es el origen del temor al fracaso.

¿Alguna vez se ha sentido preso del temor? Sabía que tenía la oportunidad de actuar, pero no lo hizo, porque, justo en ese momento de querer dar el paso, sus rodillas comenzaron a temblar y se detuvo.

Y la oportunidad pasó y nunca más la volvió a ver.

Sucede todos los días. El temor nos mantiene recluidos en un lugar aparentemente seguro y no nos permite actuar cuando sabemos que debemos hacerlo.

Hay muchos temores:

• Temor a la muerte
• Temor de perder un ser querido
• Temor a la soledad
• Temor para hablar en público
• Temor al rechazo
• Temor al sufrimiento
• Temor a la incertidumbre
• Temor a la escasez.

Sin embargo, el temor más grande a la hora de emprender, es el temor al fracaso.

Muchas personas parecen estar condicionadas para tener miedo. Les resulta difícil dar un paso de fe para desarrollar y lanzar un producto nuevo, ofrecer un servicio a un precio mayor o iniciar un negocio nuevo.

¿Quién nos infunde el temor al fracaso?

Para que usted y sus hijos puedan vencer el temor al fracaso, es importante entender como se gesta a lo largo de sus vidas.

Comienza a una edad muy temprana. Sin saberlo, la sociedad que nos rodea, la mayoría de los padres y muchos establecimientos educacionales nutren el temor al fracaso en los niños en vez de aminorarlo.

¿Cuál es el origen del temor al fracaso?

Nuestra sociedad comúnmente sanciona el fracaso. Los métodos de educación tradicionales generalmente se basan en algún sistema de evaluación que mide los logros de sus alumnos con una escala de puntajes o notas.

Como no todos los alumnos pueden ser sobresalientes en todas las disciplinas, tarde o temprano se tendrán que enfrentar con la triste realidad que su rendimiento en algún área es promedio o insuficiente.

Es triste porque los resultados son interpretados de esa forma. El mensaje subliminal de una mala nota es que el alumno no cumplió con las expectativas del profesor. Se empeora aún más cuando, en respuesta al rendimiento insuficiente, se le exige al alumno estudiar el ramo con mayor profundidad para que se nivele con su curso.

(Lo que es utópico, ya que todos poseemos fortalezas y debilidades diferentes.)

El problema con éste enfoque es la frustración que provoca en el alumno. Dependiendo de la situación particular de cada niño, la experiencia de no rendir en forma satisfactoria generalmente es interpretada como un fracaso que pudo haberse evitado, tanto por los padres como por los profesores.

La respuesta natural del niño es el temor al fracaso y, después de un tiempo, la desmotivación y la pasividad hacia su aprendizaje.

No tiene por qué ser así.

¿Cómo vencer el temor al fracaso en nuestra vida y en la de nuestros hijos?

Es simple. No hay que ver un fracaso como algo negativo.

Winston Churchill dijo: “El éxito es ir de un fracaso en otro sin perder el entusiasmo.”

Cuando un niño descubre su debilidad en algún área de su educación, la actitud correcta debería ser que los padres le ayuden a identificarse con sus fortalezas. Le pueden explicar que es bueno descubrir sus debilidades, ya que eso le permite no perder más tiempo en un área en el cual nunca va a sobresalir.

Como dice el refrán: “No trates de ser pera si eres manzana.”

Dios nos dio a todos talentos y habilidades que debemos desarrollar y pulir, como si fueran diamantes en bruto. Es nuestra responsabilidad como padres la de descubrir y nutrir estos talentos en nuestros hijos, ya que esa habilidad será su aporte a la sociedad. El niño debe identificarse con lo que es, no con lo que no es.

Así tendrá experiencias de éxito en vez de vivir un intento fracasado tras otro y no tendrá miedo al enfrentar una decisión importante en su vida en el día de mañana.

Los adultos temerosos también pueden anular el poder del temor en sus vidas al cambiar la percepción de si mismos.

Enfóquese en sus fortalezas. No mire a la izquierda ni a la derecha, tratando de copiar lo que los demás hacen. Enfóquese en lo que esta delante de sus ojos. Es el plan de Dios, exclusivo y único, para SU vida.

 

Autor: Bettina Langerfeldt

 

Un buen ambiente de trabajo

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La necesidad de establecer vínculos es inherente al ser humano…Todos tenemos modelos de relación que hemos aprendido de tiempo atrás y que probablemente vamos repitiendo sin darnos cuenta…

Las relaciones interpersonales son indispensables,  la calidad de nuestras relaciones influye en nuestro desarrollo personal y profesional. Las personas que nos rodean funcionan como espejo de nuestras áreas de oportunidad, de nuestras fortalezas, y de nuestras debilidades…

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